27 #2
Se quitó sus Salomon y las metió debajo de la cama.
Se sacó la chaqueta, la camiseta y los calcetines y lo dejó todo arrugado encima de la silla.
Los pantalones no tuvo ánimos de quitárselos y con ellos puestos se tumbó en la cama con intención de dormir un rato, pero sabía que eso no iba a ocurrir.
A su dificultad habitual para conciliar el sueño se añadía que no podía dejar de pensar en el juicio del día siguiente.
—No, no me pueden condenar. Yo hice todo lo que estaba en mis manos para salvar a la Sra.
Pueyo. Advertí al cirujano de que estaba siendo demasiado agresivo en su modo de tratar el tumor.
Le supliqué que lo soltara para evitar una descarga adrenérgica.
Cuando esta se produjo yo actué con celeridad con los fármacos hipotensores y bradicardizantes, pero a veces la medicina es insuficiente para contrarrestar los desórdenes de un cuerpo humano enfermo.
No actué negligentemente, no descuidé a mi paciente, no hice nada que se alejara de lo que de mí se esperaba e hice todo lo que se suponía debía hacer.
No me pueden declarar culpable —susurró mientras trataba de dormirse, y finalmente Pol se durmió agotado.
—¡Suéltela, Dr. López! ¡Suéltela, que la va a matar! —gritó como si un puñal se le estuviera clavando en lo más profundo de su ser.
—¡Dr. Martí, no le permito que me diga lo que debo hacer! —respondió herido en el orgullo por las palabras de su colega.
—¡Si no la suelta, morirá y yo seré cómplice del asesinato, porque esto es un asesinato! —insistió desesperadamente mientras un sudor frío descendía por su espalda.
—¡Nadie morirá si usted hace bien lo que tiene que hacer! —exclamó acusadoramente.
—¡Que la suelte le he dicho! ¡Yo no puedo hacer nada para que no muera si usted no depone su actitud !
—¡Sois todos iguales! ¡No hacéis más que dar por el culo! Ya la suelto, hombre, ya la suelto —el Dr. López soltó su presa proyectando una mirada amenazadora hacia el Dr. Martí.
Pol se despertó súbitamente dando un salto en su estrecha cama.
Sudoroso y con el corazón palpitante se incorporó y quedó sentado mirando hacia el balcón de su habitación.
Había conseguido dormirse, pero mejor hubiera sido no hacerlo.
Mientras estaba despierto era capaz de controlar sus pensamientos, pero dormido las recurrentes pesadillas sobre lo que aconteció aquel dichoso día no dejaban de hacer acto de presencia.
Se levantó y se dirigió hacia la cocina y se preparó un café con leche en su máquina de cápsulas y lo dejó en la mesa para que se enfriara mientras él se daba una ducha.
No quería volver a dormirse, no quería que le reaparecieran las pesadillas.
Si aguantaba una jornada más sin dormir y al día siguiente le declaraban inocente, quizá desaparecerían para siempre.
Se dirigió hacia el baño y abrió el grifo del agua caliente del lavabo y se estiró en el suelo para hacer una plancha de esas modernas que hacen ahora para tonificar los abdominales y no se sabe cuántos músculos más.
Era la manera que tenía de no perder el tiempo mientras esperaba que el agua caliente llegara al baño.
Cuando lo creyó oportuno se incorporó, cerró el grifo del lavabo y entró en la ducha.
Abrió el grifo que dejaba pasar el agua a la alcachofa y comprobó que, efectivamente, el agua ya estaba caliente.
Se mojó todo el cuerpo con el agua caliente, muy caliente, y se la dejó en la cara un buen rato.
Después se enjabonó, se aclaró el cuerpo y volvió a ponerse en agua caliente sobre su cara durante varios minutos.
Se secó, salió de la ducha y fue a prepararse algo de comer, pero no tenía hambre.
Intentó leer, pero no se pudo concentrar en la lectura.
Pensó en hacerse la maleta y decidió hacer caso a su abogado, se llevaría un traje y una corbata.
No le gustaban los trajes y menos las corbatas, pero según su letrado, dar buena imagen siempre era importante.
Tenía previsto coger un taxi que le llevara a la estación de Sants, pero como no iba a poder descansar ni comer, prefirió salir pronto de casa y dar un paseo hasta la estación.
Era temprano, su tren salía a las 17:00 por lo que su arma recurrente, pasear y tomar el aire, tendría que activarse de nuevo.
Cogió su maleta y el portatrajes y bajó las escaleras de su edificio.
Esta vez de una en una. Salió del portal y se dirigió hacia la estación.
No pudo quitarse de la cabeza la imagen del quirófano ni los flashes del juicio que tuvo lugar semanas atrás.
Sin darse cuenta ya había llegado a la estación.
Le quedaba algo más de una hora y decidió echar un vistazo a ver si en una de las librerías de la estación encontraba algún libro interesante que pudiera leer durante el trayecto de casi una hora y media hasta Zaragoza.
Deambuló y ojeó diversos libros y, al final, lo único que compró fueron varias chocolatinas y un refresco de cola que se tomó sentado en un banco de la sala de espera.
Cuando por megafonía indicaron que el control de acceso estaba abierto se dirigió hacia él.
Tras una breve cola mostró su billete y su DNI y accedió a la plataforma de embarque de su A.V.E.
Eran las 18:23 cuando su tren paró en la estación de Delicias.
Descendió de él y se entremezcló con la marabunta que salía del caballo de hierro y se dejó llevar hacia la puerta donde tenía pensado tomar un taxi que le llevara al Hotel Hiberus.
Por suerte para él había muchos esperando clientes y pudo tomar uno.
Aunque su hotel estaba cerca, se sentía cansado.
Salía de guardia, había vuelto a casa andando, había ido a la estación dando un paseo y ahora necesitaba descansar.
Cuando se subió al taxi y el conductor le preguntó cuál era su destino, este hizo una mueca y le puso mala cara cuando lo supo.
Iba a ser una carrera corta y eso no le gustaba.
Pol se disculpó. Cuando, tras pasar por el puente del Tercer Milenio situado en la Avenida de la Exposición 2008 el taxi se paró frente al hotel de Pol, el Dr. le dio al taxista un billete de 50€ y le indicó que se quedara el cambio.
El semblante le cambió tras cobrar la carrera.
Tras hacer el “ check in ” en la recepción subió a su habitación ubicada en la cuarta planta del hotel Hiberus, un establecimiento de 3 estrellas, sin lujos, pero limpio y con todo lo necesario para poder descansar una noche.
Una vez deshecha la maleta y colgado su traje azul marino en la percha del armario, se tumbó en la cama sin quitarse nada de ropa, ni tan siquiera los zapatos.
Cruzó sus manos encima de su abdomen y empezó a observar el estucado techo de su habitación.
Su cabeza empezó a revolucionarse y de un salto se levantó de la cama y decidió que iría a correr un rato por Zaragoza.
Se calzó sus deportivas, siempre le acompañaban allá donde fuera, unos calzones cortos y una camiseta y salió de la habitación.
Dejó las llaves en la recepción y empezó a correr sin un rumbo definido.
Minutos más tarde, cuando el sudor empapaba su camiseta y su frente, se detuvo.
Estaba justo delante del Hospital Policlínico, el lugar donde había trabajado y donde habían ocurrido los acontecimientos que le hacían volver a la capital maña.
Se quedó mirando el escudo que presidía el arco que daba acceso al recinto del hospital y su mente se quedó en blanco .
—¡Suéltela, Dr. López! ¡Suéltela, que la va a matar! —gritó como si un puñal se le estuviera clavando en lo más profundo de su ser.
—¡Dr. Martí, no le permito que me diga lo que debo hacer! —respondió herido en el orgullo por las palabras de su colega.
—¡Si no la suelta, morirá y yo seré cómplice del asesinato, porque esto es un asesinato! —insistió desesperadamente mientras un sudor frío descendía por su espalda.
—¡Nadie morirá si usted hace bien lo que tiene que hacer! —exclamó acusadoramente.
—¡Que la suelte le he dicho! ¡Yo no puedo hacer nada para que no muera si usted no depone su actitud!
—¡Sois todos iguales! ¡No hacéis más que dar por el culo! Ya la suelto, hombre, ya la suelto —el Dr. López soltó su presa proyectando una mirada amenazadora hacia el Dr. Martí.
“Familiares de Vicenta Pueyo, pasen al despacho 4”.
Sonó dos veces este mensaje a través de una fría y metálica voz de mujer por la megafonía del área quirúrgica.
La familia, un señor de unos setenta años, acompañado por sus dos hijos, un varón y una mujer, entraron en el despacho en el que les esperaba el Dr. López de Osuna.
—¿Familiares de Vicenta Pueyo? Siento mucho informarles de que a pesar de que he hecho todo lo posible por salvarle la vida, la Sra.
Pueyo ha fallecido en la mesa quirúrgica.
Yo he hecho todo lo que estaba en mis manos, pero mi colega, el anestesista, no ha estado a la altura ni de la cirugía ni del cirujano y no ha sabido mantener con vida a la pobre Vicenta.
Su familiar ha muerto por la ineptitud del Dr. Martí, su anestesista.
De repente alguien le dio un pequeño golpe en un hombro y le dijo:
—¿Está usted bien?
—¿Cómo dice? —Pol volvió en sí.
—¿Que si se encuentra bien? —le dijo un mendigo que debía tener su centro de operaciones en la puerta del hospital.
—Sí, sí. Sólo estaba pensando en mis cosas —Pol se dio cuenta de que llevaba varios minutos parado delante del hospital ya que el sudor que le empapaba se estaba secando.
Había vuelto a tener una pesadilla sobre aquel nefasto día, pero esta vez despierto.
No podía seguir así, eso tenía que acabar.
Esperaba que la sentencia le fuera favorable y todo terminara allí, que pudiera retomar su vida con normalidad y olvidar al maldito Dr. Luis Javier López de Osuna.
—Oiga, ¿no tendrá algo suelto? No como nada desde hace dos días —le dijo el mendigo.
Pol, volviendo de la ensoñación a la que había vuelto a caer, le respondió que lo sentía mucho pero que no llevaba nada, que sólo había salido a correr un rato.
El mendigo con cara de decepción despareció entre los árboles del jardín que adornaba el hospital.
Pol decidió que ya era momento de volver y retomando el trote se dirigió hacia el hotel.
Cuando llegó recogió la llave en la recepción y subió por las escaleras hasta su habitación.
Se metió en la ducha sin quitarse la ropa y abrió el grifo.
Ajustó la temperatura del agua para que saliera muy caliente y se situó debajo de la alcachofa durante más de 10 minutos.
Cuando ya tuvo suficiente cerró el grifo, colgó el mando de la ducha y empezó a desnudarse.
Estrujó y exprimió los pantalones y la camiseta para quitarles la mayor cantidad de agua posible y los colgó en la barra de la cortina de la ducha para después colgarlos en el radiador de la habitación.
Tenía la esperanza de que al día siguiente estuvieran secos y los pudiera meter en la maleta y llevárselos de vuelta a Barcelona.
Si no era así, los dejaría allí. No podía meterlos mojados en la maleta, y ropa para correr tenía mucha.
Tras secarse con la toalla blanca con el logo del hotel se puso unos pantalones deportivos a modo de pijama, salió del baño hacia la habitación y se sentó en la cama.
Tomó su teléfono móvil y llamó a su abogado.
Sonaron tres tonos y alguien al otro lado del teléfono respondió.
—Hola, Dr. Martí. ¿Ya ha llegado a Zaragoza?
—Hola, Sr Mustienes. Sí, ya estoy en Zaragoza. Instalado en mi hotel y con ganas de que llegue mañana.
—Bueno, intente descansar esta noche y verá como mañana se resolverá todo. Como ya le he dicho en otras ocasiones, la acusación está cogida con pinzas y en el juicio hemos demostrado sobradamente que usted actuó tal y como debía hacerlo y que es inocente.
—Sí, nosotros sabemos que soy inocente, pero ¿lo sabrá el juez? ¿Hará caso de lo que los forenses le han dicho? ¿Tendrá en cuenta los registros de quirófano?
—No tenga la menor duda de que mañana se volverá para Barcelona con una sentencia absolutoria bajo el brazo.
—Espero que usted tenga razón. Nosotros los anestesistas siempre nos ponemos en la peor de las situaciones para que luego no nos coja nada por sorpresa.
Siempre decimos “prepara las cosas para que no las necesites porque si no las preparas seguro que las necesitarás”.
Y con la Sra. Pueyo las tenía preparadas y las necesité, pero no pude hacer gran cosa para salvarle la vida.
—No le dé más vueltas. Mañana se solucionará todo. Confíe en mí.
—En usted confío, pero en la justicia...
—Por cierto, ¿en qué hotel se hospeda?
—En el Hiberus, cerca de los juzgados.
—Pues si le parce bien quedamos mañana a las 12.30 en la calle Ranillas, donde comienza el andador Berta Cáceres y de allí vamos juntos andando hasta los juzgados. ¿De acuerdo?
—Me parece perfecto. Hasta mañana entonces.
—Hasta mañana e intente descansar. Póngase algo de eso que ustedes usan para dormir a la gente —sonrió.
—¿Qué quiere, que me autohaga un Michael Jackson? —sonrieron los dos—. No se preocupe por mi sueño, estoy acostumbrado a dormir poco. Buenas noches.
—Buenas noches.
Pol dejó el teléfono en la mesita y se tumbó en la cama.
Pensó en ir a cenar, pero no tenía mucha hambre y se estaba haciendo tarde por lo que decidió quedarse en su habitación y comerse alguna de las chocolatinas que había comprado en la estación de Sants.
Se comió un par de Mars y el caramelo se le quedó incrustado entre los dientes por lo que decidió levantarse para lavárselos.
Cuando estaba delante del espejo con el cepillo dentro de la boca, detuvo el cepillado y se miró las bolsas que tenía bajo sus ojos.
Se quedó pensando un rato y entre dientes y cepillo soltó un “cómo has envejecido en estos dos últimos años”.
La tensión y el estrés de todo el proceso le habían pasado factura, pero tenía la esperanza de que todo volviera a la normalidad a partir del día siguiente.
Se enjuagó la boca, dejó el cepillo en un vaso y tras apagar la luz salió del baño y volvió a tumbarse en la cama.