27
Los primeros rayos de sol de esa agradable mañana de abril que se colaban suavemente por la ventana empezaron a acariciar la cara del Dr. Martí, en la que una incipiente barba comenzaba a brotar.
Después de un largo día de guardia y de una dura noche de trabajo había conseguido dormir una triste y corta hora, pero era poco menos de lo que dormía habitualmente.
El agotador trabajo, la adrenalina del quirófano de urgencias, las almohadas, gruesas asesinas de cervicales, y el fuerte olor a lejía de las sábanas tampoco ayudaban al descanso.
El calor de esos iniciales haces de luz le retornó de nuevo a la realidad del hospital.
Sonó el despertador retumbando en las frías y desnudas paredes de blancas baldosas de la habitación del adjunto de anestesia ubicada en el área quirúrgica.
Nunca se acostumbraría a la frialdad de esa habitación sólo equipada con una cama, una mesita de noche sin cajones y una lámpara que apenas alumbraba.
Como siempre, el despertador llegaba tarde.
Él ya estaba despierto. Hizo unos estiramientos en la cama al mismo tiempo que emitía un gutural sonido que parecía ayudarle a desperezarse.
El siguiente paso era intentar sentarse en el borde de su lecho apoyando los pies en el suelo y esperar que su alma lo acompañara y no se quedara un rato más descansando mientras él debía continuar con su rutina diaria.
Aunque estuviera acostumbrado a dormir poco, el cansancio le trataba como a cualquier otra persona.
Consiguió incorporarse y que su consciencia acompañara a su cuerpo hasta el lavabo que tenía junto a la habitación.
Si el cuchitril que llamaban habitación era frío y poco acogedor, el lavabo no lo mejoraba.
Las mismas baldosas blancas de carnicería, un retrete y una pica le dieron la bienvenida.
Hizo sus necesidades apoyado con ambos brazos en la pared ya que la cabeza todavía estaba algo perezosa y cuando hubo acabado se lavó la cara con el agua fría que salía del grifo monomando que coronaba la pica.
Monomando desaprovechado ya que sólo era capaz de ofrecer agua fría.
Volvió a la habitación y se cambió su vestimenta verde de quirófano, con la que había dormido, por el uniforme blanco que era obligatorio llevar para deambular fuera del área quirúrgica.
Cuando estuvo preparado salió por la puerta y se dirigió al despacho del servicio de anestesia para comprobar si allí le esperaba su compañero de guardia y el residente o el equipo que los iba a relevar.
No había nadie. Dio media vuelta y se dirigió hacia el vestuario donde tenía las taquillas y tampoco había nadie allí.
Decidió dirigirse a la cafetería. Cuando estaba llegando a la puerta vio que por el otro extremo del pasillo se acercaba su compañero de guardia.
Este arribó primero a la puerta y la abrió esperando a que Pol llegara para entrar.
—Buenos días, Pol. ¿Cómo acabó tu turno?
—Buenos días, Pere. Ya sabes el dicho: “Nunca te acostarás sin anestesiar una cosa más”.
—Cuando me fui a descansar estabais haciendo una oclusión intestinal. ¿Qué más tuvisteis?
—Pues la típica cesárea urgente en la que el ginecólogo pide que le hagan un electro a la paciente antes de bajar a quirófano.
—¡No me jodas!
—Lo que oyes. En fin. Entre puntos y suturas nos dieron las cinco y no quise molestarte. Ya sabes que yo duermo muy poco y no me importó dejarte dormir un rato más.
—Te lo agradezco. A mí en lo que quedaba de mi turno, después de que según me cuentas tú me cubrieras parte de él, no me han llamado para nada. Para compensarte, te invito a desayunar.
—Muy gracioso. Cuando dejen de pagarnos el desayuno saliendo de guardia, cosa que no creo que tarde mucho en llegar, seguro que no te ofreces a pagármelo —Pere sonrió.
—Que no hombre que no, ya verás como sí te invito. ¿Qué vas a querer?
—Un croissant de chocolate y un café con leche.
—Pues yo me voy a comer un bocadillo de beicon con queso light y una cervecita sin alcohol.
—¿Beicon con queso light? Y, ¿eso cómo se come?
—Pues muy fácil, me como solo la mitad —ambos rieron.
Tras degustar el maravilloso desayuno con el que habían sido agasajados, gentileza del hospital, Pol se despidió de sus compañeros, que se quedaron de tertulia un rato, y se dirigió al vestuario donde se cambió de ropa.
Se puso sus tejanos viejos, pero sin jirones, no como la moda actual de enseñar más piel de la que se esconde, una camiseta “casual wear” y una chaqueta de montaña Ternua.
Sus zapatillas Salomon de trekking conjuntaban con el aire montañero que le caracterizaba.
Se dirigió hacia las escaleras y las descendió de dos en dos.
Los ascensores no le gustaban; eran lentos, se paraban en todos los pisos y existía el riesgo de que se averiaran y le hicieran permanecer en el hospital más tiempo del debido.
Su tiempo libre era suyo y de nadie más, y menos de un artefacto elevador.
Salió del hospital por la puerta giratoria no sin antes saludar al agente de seguridad que custodiaba el acceso al centro sanitario.
—Adiós, Dr. Martí. ¿Ya se va? ¿Sí que ha sido corta la jornada de hoy? —le dijo el agente de seguridad mientras le guiñaba un ojo.
—Bon dia, Manel. Ya sabes que en este hospital hay gente con privilegios —dijo guiñándole el ojo a su vez— y yo siempre he dicho que soy un privilegiado.
—Lo que usted es un cu-rran-te —marcó muy bien cada sílaba para enfatizar su intención— y de los buenos y, además, buena persona.
—Currante, lo justo y lo de buena persona no debo ser yo quien lo diga.
—Por eso lo digo yo. ¿Sabe cuánta gente trabaja en este hospital?
—No sé, ¿más de mil?
—Efectivamente, más de mil, incluso de dos mil. ¿Y sabe cuántos de ellos me saludan cuando pasan por la puerta?
—Pocos, de otra manera no me lo preguntarías.
—Efectivamente de nuevo. Los puedo contar con los dedos de mis dos manos —se las mostró levantándolas en el aire y haciéndolas girar—.
¿Y cuantos de esos saben mi nombre? —Pol negó con la cabeza—.
Pues los podría contar con los dedos de esta mano —le enseñó su mano derecha en la que se apreciaba un muñón donde debería haber estado el dedo anular—, por lo que todo eso me hace pensar que usted es una buena persona .
—Gracias, Manel, pero supongo que para ser buena persona hace falta algo más que eso. Además, yo tengo un pronto muy fuerte que casi nadie conoce. Te faltan datos para asegurar que soy buena persona —le volvió a guiñar el ojo a lo que Manel se le acercó y simuló que le iba a dar una colleja.
—Ande, circule y váyase a descansar que no dice más que tonterías. Hasta mañana, Dr. Martí.
—No, mañana no vengo. Tengo día libre porque tengo unos asuntos que resolver en Zaragoza. Hasta el lunes, espero.
—Pues hasta el lunes y buen viaje.
El Dr. Martí salió finalmente del Hospital del Mediterrani y, como casi siempre que salía de guardia, retornaba a casa dando un paseo que le servía para airearse después de más de veinticuatro horas encerrado en el hospital y para que su cabeza siguiera funcionando, pero de un modo más positivo.
Pensar paseando siempre le hacía tener un punto de vista más optimista de las cosas y de los problemas que le acechaban, pero hoy no iba a ser igual.
Al día siguiente, en Zaragoza, leían la sentencia de su juicio y del veredicto del juez dependía el resto de su vida.
Se dirigió hacia el sur por el paseo marítimo y no conseguía olvidar las palabras que había intercambiado con Manel, el empleado de seguridad del hospital.
Manel decía que él era una buena persona, pero una buena persona no debería encontrarse en su situación.
Al día siguiente debía enfrentarse al dictamen de un juez ante la acusación de homicidio por negligencia.
A una buena persona no le hubieran acusado de eso, simplemente hubieran dicho “Usted es una buena persona y no puede haber hecho eso de lo que la acusan” pero a él lo habían acusado y además lo habían llevado a juicio y él no había hecho nada malo.
Todo había sido culpa del Dr. López de Osuna.
¿Por qué le habían denunciado a él si no tenía la culpa de nada y además era una buena persona?
Cuando llevaba recorridos unos 500 metros del paseo marítimo giró hacia la derecha por la calle Juan de Borbón y subió recto hasta el barrio de Gràcia.
Tras casi media hora de caminata llegó a la calle Sant Lliser, perpendicular a la famosa calle Verdi.
Entró por una estrecha puerta que daba casi directamente a unas también estrechas escaleras por las que subió saltándolas de dos en dos hasta llegar al tercer piso.
Sacó del bolsillo de su chaqueta un llavero del banco de sangre y con una llave más del siglo XIX que del XXI abrió la cerradura que le permitía abrir la puerta y acceder a su pequeño apartamento.
Estaba compuesto por una sala que era cocina-comedor-salita, un pequeño baño con ducha, pero sin bañera, y una habitación en la que cabía una cama de 90, una pequeña mesita de noche y un ridículo armario en el que solo podían caber las pertenencias de un varón no muy preocupado por vestirse bien y a la moda.
También había una silla plegable de madera, de aquellas que antes se usaban en los actos que organizaban los ayuntamientos en los barrios de la ciudad.
Por suerte, la habitación tenía un pequeño balcón exterior que le permitía salir y contemplar el vaivén de la gente que solía frecuentar esa calle y los locales de ocio que la caracterizaban.