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Cuando la inspectora accedió al despacho, ya se encontraban en él sus dos compañeros.
El comisario le comunicó que todo estaba arreglado para su visita a la comisaría de Zaragoza y una vez comentados los últimos aspectos de la investigación, abandonó la comisaría y se dirigió a su Audi Coupé en el que conduciría hasta la capital del Ebro.
Cuatro horas más tarde aparcó delante de la comisaría central de la Policía Nacional en Zaragoza. Tras acceder al interior se dirigió al mostrador donde un agente atendía a los usuarios.
La inspectora se presentó al mismo tiempo que enseñaba su placa de los Mossos d’Esquadra.
—Buenos días. La estábamos esperando, Sra. Sanz —le contestó el agente de la recepción.
—Discúlpeme, pero soy la Inspectora Sans, Sans, con “ese” final —matizó molesta y remarcando claramente su grado y la ese con la que finaliza su apellido.
—Lo siento, inspectora —se disculpó como un puro formalismo—. Ahora aviso de su llegada.
—Muchas gracias.
El agente tomó el teléfono y marcó una extensión. Al cabo de unos segundos alguien descolgó al otro lado.
—Pedro, la catalana está aquí —le dijo a su compañero—. ¿La hago pasar?
—¿La catalana? ¿Así tratan ustedes a los que no son de su pueblo? —le preguntó muy molesta y utilizando la palabra pueblo con toda la intención.
—¿Que no es usted catalana? —preguntó con cierto retintín el agente. «Pues iba a decir la polaca».
—Sí, lo soy, y a mucha honra. ¿Tratan ustedes así a todos los que no son de aquí o solo a mí por ser catalana?
—No se lo tome como algo personal, mujer. Solo era una manera de hablar. «Tratamos así a todos los que vienen a tocarnos los cojones pensando que no sabemos investigar nuestros casos».
—Pues es muy poco acertado por su parte.
—Ahora viene el agente Ferrer a hablar con usted —le dijo obviando la respuesta de la inspectora.
—¿El agente Ferrer? —preguntó sorprendida—. Yo esperaba hablar con el comisario Belsué.
—Disculpe al comisario, pero está muy ocupado como para perder el tiempo con cosas banales.
En ese momento hizo aparición un agente uniformado, de metro setenta aproximadamente, algo pasado de peso, con frente despejada y orejas de soplillo, que repasó de arriba abajo a la inspectora con la mirada.
—Buenos días, soy Pedro Ferrer. ¿En qué puedo ayudarte?
—Soy la Inspectora Laura Sans, de la Comisaría Central de Barcelona de los Mossos d’Esquadra y quería hablar, como ya se indica en la solicitud de colaboración, sobre la muerte del Dr. Luis Javier López de Osuna Fernández.
—Discúlpame, pero no me la había leído. El comisario me dijo que vendrías y me dio la solicitud, pero no le di más importancia —le respondió poniendo sus ojos en los pechos de la inspectora.
—¿Me está mirando los pechos, agente Ferrer?
El agente alzó la mirada, pero no respondió a la pregunta.
—Acompáñame a un despacho y te dejaré ver los informes de la investigación. Sígueme.
La inspectora acompañó al agente a un despacho situado muy cerca de recepción.
En él había una mesa grande con dos ordenadores y un par de sillas.
Tras sentarse a la mesa, el agente introdujo su clave y navegó por los archivos en busca del caso del Dr. López de Osuna.
Tras varios minutos de búsqueda pudo descargar el expediente.
Mientras el archivo se bajaba el agente fue a buscar el material físico que disponían sobre el caso y, cuando la computadora acabó su trabajo, ambos comenzaron a leer los resultados.
—El Dr. López no acudió a su puesto de trabajo el martes 30 de junio de 2020 por lo que el hospital, tras infructuosos intentos de contactar con él, denunció su desaparición.
En su domicilio fue hallado su cadáver, que no presentaba signos de violencia, pero en la flexura de su codo derecho portaba una aguja y una jeringuilla en las que se encontraron restos de cocaína.
En su apartamento —le mostró algunas fotos físicas del legajo de la investigación— no había signos de la presencia de ninguna otra persona y no se echó en falta ningún objeto de valor, a pesar de que tenía una valiosísima colección de instrumental quirúrgico antiguo.
—¿Y qué reveló la autopsia?
—A ver, veamos —dijo mientras hacía avanzar el informe con el ratón —aquí está. Ta ta tá, ta ta tá —emitió sílabas con entonación mientras leía mentalmente .
—Vamos, que murió por un infarto de miocardio provocado por una inyección venosa de cocaína en el marco de un coma etílico —resumió la inspectora viendo que el agente no avanzaba en su lectura del informe.
—Efectivamente, eso es.
—¿Nunca se sospechó que pudiera ser un asesinato?
—Inspectora, las pruebas son concluyentes. ¿Tú hubieras sospechado que alguien lo asesinó?
—La verdad es que no, pero ¿qué sentido tiene inyectarse cocaína estando borracho en el sofá de tu casa si estás solo? Entendería que intentara que se le pasara la cogorza si hubiera estado con alguien y hubiera querido tener sexo, pero ¿estando solo?
—Tienes razón, a veces no entendemos el porqué de las cosas y nos empeñamos en que eso es lo más importante, cuando a veces lo que realmente importa es el cómo y no el porqué.
—Sí, claro. «Ahora se pone filosófico el pesado este que no para de mirarme el culo y las tetas» pensó sin prestar demasiada atención a las palabras del agente de la Policía Nacional.
—Una vez revisadas todas las pruebas no había más opción que cerrar el caso como una muerte fortuita —concluyó el agente.
—Lo entiendo. Por cierto, ¿me podrías dar una copia del informe?
—Lo siento inspectora, pero eso no puedo hacerlo.
—¿Y una foto del apartamento? Veo que esta la tenéis repetida —le solicitó la inspectora señalando una foto en la que se veía el cadáver tumbado sobre un sofá al lado de una vitrina .
—Está bien, cógela —respondió el agente. «Si no estuvieras tan buena no te la iba a dar ni de coña».
—Lo que hay en esa vitrina son los instrumentos quirúrgicos tan valiosos que me has comentado antes, ¿verdad? —preguntó con curiosidad.
—Pues la verdad es que sí.
—Me lo había parecido. Muchas gracias por todo, pero ahora debo marcharme.
—¿No quieres que tomemos un café o algo?
—No puedo, gracias. Hay un caso que me espera y debo volver a Barcelona de inmediato. «¿Me tratáis como el culo y quieres que nos tomemos un café?»
—Es una lástima. Si necesitas cualquier cosa, llámame —se despidió mientras repasaba de arriba abajo a la inspectora cuando se alejaba hacia la puerta de la comisaría.