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La noche se les echó encima a los dos compañeros y no les pareció prudente pasar a ver a las viudas a esas incómodas horas, por lo que las visitas les quedaron pendientes para el día siguiente.
La inspectora llegó a la comisaria pasadas las diez de la mañana.
Había esperado a que fueran las nueve para telefonear a la viuda del Dr. Clavé y lo hizo desde la puerta de su casa.
Como no hubo respuesta, igual que la tarde anterior, llamó al portero automático y una voz fatigada de mujer le abrió la puerta tras haberse identificado como la Inspectora Sans.
La viuda del Dr. Clavé le explicó que su esposo había fallecido a consecuencia de una larga enfermedad.
Un cáncer de páncreas se lo había llevado entre horribles sufrimientos.
Cuando la inspectora llegó a la comisaría se personó en el despacho del comisario y le informó del punto en el que estaba la búsqueda de muertes prematura en médicos tras lo cual pasaron a cuestiones más personales.
—¿Cómo estás, Laura? —preguntó el comisario interesándose por el estado de su compañera.
—Bien, Jordi. Estoy mejor de lo que me esperaba después del bajón que tuve la semana pasada .
—Me alegra oírtelo decir, pero te recomiendo, no, mejor dicho, te ordeno que este fin de semana repitas la experiencia de descansar.
—Pero no puedo dejaros con el peso de la investigación a los dos mientras yo me quedo en mi casa descansando —argumentó la inspectora al sentirse incómoda por la situación que se planteaba.
—Laura, el fin de semana poco podemos hacer que no hayamos hecho ya y las labores de seguimiento que podamos determinar las puede hacer una patrulla, no es necesario que las haga una inspectora.
—Tienes razón, Jordi, pero siento que abuso de vosotros y que no estoy cumpliendo con mi deber.
—Laura, cuando tengas mi edad aprenderás que para cuidar a los demás hay que cuidarse a uno mismo primero. Si tú no estás bien no puedes hacer mucho por quien te rodea. En un avión te dicen que primero te pongas tú la mascarilla de oxígeno y que luego ayudes a ponérsela a los demás si es necesario.
—Lo sé, Jordi, pero me cuesta ponerlo en práctica. Te prometo que si veo que el estado de la investigación lo permite, volveré a darles la turra a mis padres —ambos sonrieron.
—Me parece perfecto. Que seguro que se quejan de que no vas nunca a verlos —le dijo con cierto tono paternalista al mismo tiempo que alguien llamaba a la puerta—. Adelante —ordenó el comisario.
—Buenos días —saludó el subinspector Palau accediendo al despacho—. Perdonad la hora, pero hasta las nueve de la mañana no me ha parecido correcto molestar a la viuda del Dr. Morell .
—Adelante, David. No te disculpes, es lo más lógico. Siéntate. ¿Has obtenido algún resultado? —se interesó el comisario.
—Pues como no me ha cogido el teléfono me he presentado en su casa y, vamos, resumiendo: cáncer. No tiene nada que ver con nuestro asesino.
—Todas las muertes precoces de médicos en Catalunya son explicables, Jordi, pero en Lleida hay una que me causa cierta preocupación.
—¿Y eso? —dijo sorprendido el comisario.
—Se trata de un suicidio. El Dr. Gaizka Agirre Alkortase quitó la vida inhalando humo en el coche de su mujer en el aparcamiento de su casa.
Sí, lo sé, todo el mundo tiene derecho a suicidarse —dijo la inspectora ante la intención del comisario de intervenir—, pero no por ello deja de parecerme una muerte no natural.
—En eso tienes razón, Laura. Y, ¿qué propones?
—Pues, teniendo en cuenta la situación de estancamiento, me gustaría poder ampliar la búsqueda de muertes de explicación poco natural fuera de Catalunya.
—Pero eso significaría mucho papeleo para solicitar la cooperación de la Policía Nacional —le respondió el comisario pensando en el trabajo que se le venía encima.
—Lo sé, Jordi, pero tengo la corazonada de que nos puede ayudar a resolver este caso.
—Comisario, yo estoy de acuerdo con la inspectora. Me extrañaría mucho que estos dos asesinatos fueran los primeros y lo digo sabiendo que no hay ninguna prueba que lo justifique, pero yo también tengo ese pálpito —se sumó el subinspector al razonamiento intuitivo de su compañera.
—Pues ya está todo dicho. Si habéis tenido una corazonada y un pálpito, que no se hable más. A discutirme con los de arriba para que me autoricen la colaboración —les respondió con un tono que desprendía incomodidad encubierta por cierta ironía.
—Jordi, no te lo tomes así. No es un clavo ardiendo, pero creo que nos puede ser útil —se justificó la inspectora.
—Está bien, pero reducídmelo a una sola comunidad autónoma —les ordenó el comisario.
—Aragón. Tenemos tres provincias limítrofes, por lo que las posibilidades son mayores —respondió el subinspector ante el asentimiento de la inspectora.
—De acuerdo. Ahora mismo me pongo con la petición de colaboración. Espero que sirva de algo todo el papeleo que voy a tener que hacer —continuó el comisario en modo quejumbroso.
—Gracias, Jordi. Nos vamos a mi despacho a llamar a los colegios de médicos mientras tú haces el papeleo.
—Suerte con eso. Hasta luego —se despidió el comisario invitándolos a salir del despacho.
Una vez en el despacho, ambos se sentaron delante de su ordenador y empezaron a buscar los teléfonos de los colegios de médicos de Huesca, Zaragoza y Teruel. La inspectora llamaría a las dos provincias del norte y el subinspector a la del sur.
Pasados unos minutos obtuvieron los resultados y se dispusieron a ponerlos en común.
El subinspector no había descubierto ninguna muerte de ningún médico que estuviera colegiado en la provincia de Teruel, lo que le parecía lógico teniendo en cuenta la reducida población del sur de Aragón, por lo que el número de médicos también era bajo.
Por su parte la inspectora había obtenido un resultado positivo en cada provincia.
—En Huesca he encontrado al Dr. Fernando Fernández Pérez que falleció en enero…
—Olvídate de él —le interrumpió el subinspector.
—¿Por qué? —preguntó sorprendida la inspectora.
—El Dr. Fernández era muy conocido en las redes por ser un gran divulgador científico y se había ganado el respeto y la admiración por sus contenidos entre muchos colectivos.
—Vaya, pues lo desconocía totalmente.
—Yo no supe nada de él hasta octubre o noviembre del año pasado y empecé a seguirlo, pero desgraciadamente falleció sepultado por un alud en enero. Una gran pérdida para mucha gente.
—Lo entiendo.
—¿Y tu médico?
—El mío es el Dr. Luis Javier López de Osuna Martínez, que no sé si es influencer o divulgador —respondió bromeando—, pero espero saberlo todo de él en breve.
—¿Llamarás a la comisaría central de Zaragoza?
—Como las autorizaciones no creo que estén hasta mañana viernes, he pensado que podría ir en persona a Zaragoza y de vuelta me quedo en Lleida con mis padres y el lunes por la mañana me paso por la comisaría de los Mossos a ver qué puedo obtener sobre la muerte del Dr. Gaizka Agirre Alkorta —expuso su plan la inspectora.
—Pues me parece muy buena idea y Jordi creo que opinará lo mismo.
—Eso creo, pero en todo caso voy a su despacho a comunicárselo .
La inspectora se dirigió al despacho del comisario para comunicarle sus hallazgos y comentarle sus planes. El comisario lo consideró muy acertado y le comunicó que la solicitud de colaboración estaría a punto al día siguiente.
Tanto la inspectora como el subinspector pasaron el resto del día analizando la información que habían obtenido en los interrogatorios a los sospechosos y lo que de ellos podían conseguir, de forma legal, en los archivos de hacienda, seguridad social, sanidad, catastro y demás organismos que atesoran datos de los ciudadanos.