El anestesista insomne 23
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Eran casi las dos del mediodía cuando Bruno Ferran, enfermero del Hospital del Mediterrani entró en la sala de endoscopias con la intención de hablar con su amigo, el Dr. Pol Martí.

—Bon dia a tothom!

—Hombre, Bruno, ¿qué se te ha perdido por los bajos fondos? —saludó el Dr. Palá, el digestólogo que llevaba a cabo las endoscopias.

—Vengo a ver a Pol, que como hoy es San Valentín, esta noche me lleva a la ópera —respondió llevándose ambas manos al pecho y teatralizando una gran emoción provocando con ello las carcajadas entre los allí presentes.

—Venga, Bruno, menos cachondeíto que te quedas sin Don Giovanni —amenazó el Dr. Martí a su amigo.

—¿Qué, hoy haciendo de “ANESTESIESTA”? —rio maliciosamente el enfermero.

—Sí, hoy me tocan dormiditas cortas y reparadoras —le respondió guiñándole un ojo.

—¿Te queda mucho?

—No, nos queda una colonoscopia, “el recto final” —se adelantó a la respuesta el Dr. Palá provocando una gran carcajada colectiva.

—¡Muy bueno, Dr. Palá! —se dirigió al digestólogo—. Pues, te espero y hablamos, ¿te parece, Pol?

Una vez hubieron acabado la prueba, Pol salió de la sala y se dirigió a la zona de despertar donde le estaba esperando Bruno.

—Pol, ¿cómo quedamos para ir al Liceu? Yo tengo cosas que hacer antes de ir y la última es cerca de allí. Si quieres podemos quedar directamente en el teatro sobre las siete y media —le propuso Bruno.

—Me parece perfecto. Allí no vemos entonces.

—De acuerdo. Hasta la tarde.

Cuando Bruno ya estaba a punto de salir por la puerta, Pol le reclamó la atención.

—Por cierto, Bruno. Te tengo preparada una sorpresa para esta tarde —le susurró al oído tras acercarse a él.

—Ah, ¿sí? ¿De qué se trata? —preguntó Bruno con ilusión y admiración.

—Te voy a presentar al protagonista de la ópera.

—¿A Toni Marsol? —dijo al mismo tiempo que se le salían los ojos de las órbitas.

—¡Equilicuá!

—¡Bravo! —exclamó exageradamente mientras se tapaba la boca para atenuar su grito—. ¡Ya era hora! —continuó con la voz atenuada—. Después de tantos años siendo amigo suyo al final me lo vas a presentar.

—Hemos quedado en vernos cuando acabe la representación y, sí, te lo voy a presentar, pero debes prometerme que te vas a comportar.

—Palabrita del niño Jesús —Pol rio a carcajadas al oír a su amigo.

—¡Qué antiguo eres !

—Reminiscencias del pasado. ¡Hasta luego!

Eran ya las siete y media de la tarde cuando los dos amigos se encontraron en la puerta principal del Gran Teatre del Liceu.

Un magnífico edificio cuya fachada databa del año 1847 y que poseía elementos historicistas y detalles ornamentales platerescos y cuya autoría correspondía al proyectista francés Viguié.

Tras saludarse se acercaron al control de acceso donde les permitieron la entrada hacia la gran escalera central por la que subieron hasta el primer piso.

—¿Cuáles son nuestros asientos? —preguntó emocionado Bruno.

—Anfiteatro D, fila 1, asientos 2 y 4. Para mí, las mejores butacas del teatro.

—Vaya, eso de tener un amigo cantante de ópera es un lujo.

—Y un ahorro. ¿Tú sabes cuánto valen estas entradas?

—La mitad de mi sueldo, más o menos —dijo Bruno al mismo tiempo que pasaba su mano derecha por su frente.

—Exacto. Una pasta.

—Eh, chavalín, que yo no cobro una pasta —exclamó Bruno.

—Bueno, tú ya me entiendes.

Una vez localizaron las butacas, Bruno se cercioró de que no se habían equivocado ya que tenía la impresión de que no podía ser cierto que estuvieran tan bien ubicados. Cuando Pol le confirmó que, efectivamente, esas eran sus butacas, tomaron asiento.

—La vista desde aquí es espectacular —exclamó Bruno .

—Ya te he dicho que para mí son las mejores butacas. El equilibrio perfecto entre proximidad y perspectiva con el plus de estar totalmente centradas.

Mientras esperaban el inicio de la función sonaron diversas advertencias por megafonía sobre el tiempo que restaba para que comenzara el espectáculo y el recordatorio de que debían desconectar los teléfonos móviles.

Entró el director de orquesta y todo el público empezó a aplaudir y este hizo una reverencia de agradecimiento.

—Nunca he entendido que aplaudan al director de orquesta nada más entrar, sin saber si lo va a hacer bien o mal —afirmó Pol.

—Yo tampoco lo entiendo. Es como si a nosotros nos aplaudieran al entrar al quirófano.

—Joder, con que me aplaudieran al salir en lugar de tener los merdés que tengo, ya estaría contento —respondió el anestesista.

—Calla, calla. Que empieza la ópera.

La maravillosa obertura de Don Giovanni inundó todos los rincones del teatro dando paso al inicio de la acción del primer acto.

Don Giovanni se introduce en la habitación de Donna Anna haciéndose pasar por el marido de esta, Don Octavio, y consuma la violación de la dama.

Cuando la susodicha lo descubre pide ayuda y en su socorro acude su padre, el Comendador, que muere a manos y espada de Don Giovanni.

Pol le dio un pequeño golpe con el codo a Bruno, pero no respondió.

—¡Será capullo el tío! —exclamó Pol entre sorprendido y contrariado—. Lo traigo al Liceu a ver una de las mejores óperas que se pueden ver y el mejor elenco de cantantes que hay y va y se duerme. En fin, seguiré disfrutando yo sólo del espectáculo.

La obra siguió representándose con una calidad vocal y musical magistral.

Toni Marsol en el papel principal, Don Giovanni, mostró sus grandísimas dotes como actor y aún mejores como cantante, liderando una obra de excepcional belleza musical.

Cuando llegó el descanso, Pol intentó despertar a Bruno para ir a tomar algo, pero tuvo que ir sólo ya que su amigo siguió repantingado en su butaca disfrutando de sus ensoñaciones.

Al final de la representación todo el mundo se puso en pie para ovacionar a los artistas, Bruno saltó de su butaca como un resorte y empezó a aplaudir como el que más y sus “Bravo” se pudieron escuchar hasta en el Teatro Real de Madrid.

—Pero ¿qué haces, Bruno? Si te has pasado la obra entera durmiendo —dijo Pol con incredulidad.

—¿Yo, dormir? No sé de qué me hablas —le respondió Bruno sonriente.

—¿Que no sabes de qué te hablo? Si incluso se te caía la baba. Mira —le dijo tocándole la comisura de los labios—, si tienes una marca de saliva reseca. Podemos dar gracias de que no has roncado.

—Que no hombre, que no. Que no he dormido nada. Además, yo no ronco. Si quieres te puedo explicar la obra entera —le respondió Bruno con chulería.

—Eso habría que verlo y oírlo.

—Bueno, ahora cuando salgamos a la calle y lleguemos al bar, donde esperaremos para saludar a tu amigo, te lo cuento, que tengo mucha sed y quiero tomar algo, que tú en el descanso te has ido a echar un trago y a mí me has dejado plantado en la butaca —le reprochó con gran teatralidad.

—Tendrás morro —rieron ambos a carcajadas mientras salían al pasillo principal de la primera planta del teatro.

Los dos amigos se introdujeron en la marabunta de gente bien vestida, y no tanto, que se dirigía hacia la salida del espectacular edificio.

Cruzaron La Rambla y se dirigieron al Café de l’Òpera donde, afortunadamente, encontraron una mesa libre y se acomodaron.

Inmediatamente vino un camarero que les tomó nota.

—A ver, chavalín, demuéstrame que no dormías y que has seguido la obra de principio a fin —retó a su amigo.

—¿Seguro que quieres que te la explique? ¿No será que el que se ha dormido has sido tú y tienes miedo de que cuando venga “Don Barítono” quedes como el culo? —dijo Bruno sonriendo.

—Serás… —Pol fue interrumpido por el camarero que les traía las consumiciones que habían pedido.

—Mira, te haré un resumen rápido. El Don Juan ese se cuela en la habitación de una tal Donna Anna y se la beneficia.

Cuando ella descubre que con el que ha fornicado no es su marido, pone el grito en el cielo pidiendo ayuda.

Entonces aparece su padre, un tal Commendatore, por cierto, un nombre muy raro…

—Ese no es su nombre, es el título honorífico que le concedió el gobierno de su país —le respondió Pol.

—No me interrumpas que si no pierdo el hilo.

—De acuerdo, no te interrumpo.

—No me interrumpas ni para decirme que no me vas a interrumpir, ¿vale?

—le dijo Bruno poniendo el dedo índice de su mano derecha delante de su boca, a lo que Pol respondió con un gesto de afirmación de su cabeza—.

Pues si no me vas a interrumpir más, sigo.

El tal Commendatore llega hasta donde están su hija y el rufián e intenta detenerlo.

Luchan ambos y Don Giovanni le asesta un espadazo y lo fulmina para luego salir corriendo y poner los pies en polvorosa.

Pol hizo un gesto de asentimiento y abrió la boca para intentar expresar algo, pero Bruno rápidamente le frenó.

—He dicho que nada de interrupciones. Pues eso, que después de pelar al abuelo, se va por patas.

Luego aparece una tal Elvira, que se ve que conocía a D.

G. —lo pronunció en italiano, /di/ /gi/— de otra ciudad, y que había venido a buscar el amor que el prenda le había prometido.

Elvira no encuentra a D.G. sino a su criado Leporello, el cual, intentando desengañar a la dama le canta una canción en la que le enumera la lista de las amantes de su amo: que si en Italia 640, en Alemania 231, 100 en Francia y en Turquía 91, pero que la palma se la lleva España donde ya atesora 1003 —Pol intentó volver a decir algo, pero Bruno le volvió a cortar—Ssss, que no abras la boca —con una onomatopeya quiso silenciar a su amigo—.

Después intenta conquistar a una jovencita, Zerlina, que tiene novio, al cual darán una paliza.

Posteriormente hace que su criado prepare una fiesta para poder aumentar su lista en al menos 10 mujeres a las que conquistará con todas las artimañas que domina.

Bruno se detuvo un momento para dar buena cuenta de su bebida antes de seguir demostrando a su amigo que sí había seguido la obra.

—A ver, sigamos. Más adelante D.G. hace la cutrez de cantarle una serenata a Elvira pidiéndole que salga a la ventana.

A Elvira, a la que había dejado plantada en no sé qué pueblo de las Españas profundas.

Vamos, que no tiene desperdicio la cosa.

Finalmente, y ahora viene lo bueno, D.G.

y Leporello llegan al cementerio y allí leen la inscripción en la lápida del “Commendatore”: “del infame que me llevó al trance final, aquí aguardo la venganza” tras lo cual la estatua del Commendatore toma vida y le pide que se arrepienta de sus acciones y que cambie de vida.

D.G., casi descojonándose de él, sale del cementerio y se va para casa.

—La cosa se pone interesante —indicó Pol llevándose el dedo índice de su mano derecha a la sien.

—Más tarde, cuando ya están en casa, alguien llama a la puerta y, oh, sorpresa, la estatua del Commendatore se les aparece cantando.

“ Don Giovanni, a cenar teco . M’invitasti e son venuto ”.

Don Giovanni, me invitaste a cenar y he venido.

Efectivamente, la estatua entra en la casa y le solicita de nuevo a D.G.

que se arrepienta de sus pecados y que cambie de vida a lo cual este responde riéndose en la cara de la estatua.

Il Commendatore, dotado de una fuerza sobrehumana se lleva a D.

G. a los infiernos y así acaba la obra, con un “hemos sido vengados por el cielo” cantado por el cornudo marido de Donna Anna, Don Ottavio.

—Vaya, veo que, o no has dormido lo más mínimo durante la representación o es que te sabías la obra —ambos rieron a carcajadas.

—Igual es que me he leído el libretto esta tarde para saber de qué iba la obra. No sé, decídelo tú —volvieron a reír.

—Y, ¿qué conclusión sacas? ¿Cuál es la enseñanza, la moraleja? —preguntó Pol a su amigo.

—Que el que la hace la paga. Que se deben castigar las malas obras.

Que hay que vengarse de quien te ha hecho daño y si lo puedes hacer tú, aunque sea de formas tan imaginativas y poco reales como el Commendatore, mucho mejor, porque si tienes que esperar a que lo haga el Karma vas fino, porque el Karma es muy pero que muy lento —finalizó la frase alargando enormemente la “u” tras lo cual ambos estallaron en risas

—Vamos, que el karma se lo toma con mucha “carma”.

—¡Efectivamente! —volvieron a reír los dos atrayendo las miradas de los que disfrutaban de un refrigerio en el café—. Suerte que estas cosas solo pasan en el siglo XVIII.

—Tienes razón, Bruno. Las afrentas no se deben dejar sin respuesta. Además, no debes dejar que el Karma ni nadie, y menos alguien que venga del más allá, haga pagar las malas acciones que has recibido por parte de otros. “ Si vols estar ben servit, fes-te tu mateix el llit ”.

—Efectivamente de nuevo. Si puede ser del más acá, mejor que del más allá, pero no creo que…

—¡Hombre, Pol! —en ese instante hizo su aparición Toni Marsol y se acabó la conversación que mantenían los dos amigos y el análisis de la obra.

Pol se lo presentó a Bruno. Le dijo que eran amigos de toda la vida, de barrio, de colegio y de conservatorio.

—Bueno, en el conservatorio solo estuve unos meses. Una experiencia traumática me obligó a dejarlo.

—¿Problemas con alguno de los profesores? —preguntó Toni Marsol interesándose por los motivos que pudo haber tenido Bruno para abandonar algo que para él era tan maravilloso.

—No, algo peor, pero ya hace tiempo de ello y prefiero no recordarlo —respondió con un matiz de dolor en sus palabras.

—¿Y nunca has vuelto a cantar? —insistió el barítono .

—No, nunca he vuelto a cantar y no creo que nunca lo haga.

Tras más de media hora de rememorar recuerdos y anécdotas que había compartido Pol con su amigo y profesor de canto, Toni Marsol, decidieron dar punto final a la velada ya que el cantante debía ir a descansar porque al día siguiente había una nueva representación y debía recuperar bien la voz para poder darlo todo en el escenario.