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La inspectora Sans y subinspector Palau no se dirigieron la palabra en todo el trayecto hasta el hospital.
Ambos estaban reordenando en sus cerebros la orientación como crímenes seriales que le iban a dar a la investigación y lo iban a aliñar con la información que ya poseían y con la que habían obtenido en las últimas horas.
Una vez aparcados en el hospital, esta vez el empleado no los había visto llegar, permanecieron sentados en el vehículo e intercambiaron sus puntos de vista.
—Por lo tanto, estamos buscando a un anestesista o intensivista carente de empatía y de habilidades sociales, aunque con gran capacidad para disimularlo.
Una persona muy inteligente a la que le cueste seguir las normas y que pudiera tener alguna salida de tono que rápidamente revierta —introdujo la inspectora el perfil del sospechoso.
—Una persona que viva en una casa o chalé y en su defecto en un edificio con ascensor y aparcamiento privado que conecte fácilmente con él —añadió el subinspector.
—Y, obviamente, que haya tenido motivos para asesinar a las dos víctimas —concluyó la inspectora.
—Aunque, Laura, la motivación es algo muy personal e intransferible. Lo que te hace levantar a ti del sofá puede que a mí no me cause la más mínima ilusión.
—Estoy de acuerdo contigo, David.
—Otra cosa, teniendo en cuenta lo que ya sabemos, ¿tú crees que deberíamos descartar a las mujeres y centrarnos, al menos inicialmente, en los hombres?
La capacidad física necesaria para movilizar un cuerpo inerte no es propia de las mujeres estándar —preguntó el subinspector con cierto temor de parecer machista ante los ojos de su jefa.
—Si somos realistas, es lo más coherente, pero no debemos subestimar las capacidades físicas de las mujeres que podamos entrevistar.
Yo sí sería capaz de mover a un hombre de unos ochenta kilos utilizando las técnicas correctas y seguro que aquí también las hay.
Hoy en día la cultura del deporte está muy extendida en nuestra sociedad —sentenció la inspectora.
—No te preocupes que no subestimaré a nadie, a no ser que la cosa esté muy clara —le respondió guiñándole un ojo.
Ambos salieron del vehículo y se dirigieron al área hospitalaria y por el camino decidieron que volverían a visitar al Dr. Guerrero, jefe de anestesiología, para que les reorientara en su investigación.
Una vez en el despacho le explicaron con detalle qué es lo que estaban buscando, tras lo cual, y disculpándose por desconocer dónde vivían la mayoría de sus adjuntos, cosa que hubiera podido reducir la lista, les enumeró hasta siete anestesistas.
A los policías les pareció una lista muy larga, pero teniendo en cuenta que el servicio de anestesiología era el más numeroso del hospital y que contaba con treinta y cinco profesionales, la criba resultó importante.
El Dr. Guerrero se ofreció amablemente a acompañarlos a la zona de quirófano.
Una vez interrogados los siete anestesistas, descartaron a cuatro por la ubicación de sus domicilios, muy alejados del hospital, a más de seis o siete disparos táser de distancia, bromearon entre ellos los policías, por vivir en pisos del centro, por tener coartadas sólidas u otros motivos que consideraron suficientes para excluirlos de la lista .
Al final, los candidatos en ese servicio eran el Dr. Jordi Robert, el Dr. Pol Martí y el Dr. Jaume Vélez.
No era que todos ellos coincidieran al cien por cien con las características que buscaban, descubrir a una persona carente de empatía o con rasgos psicopáticos en una simple y corta entrevista era imposible, pero no lo podían descartar.
Si a ello sumaban que vivían en una casa o tenían una torre a una distancia desde el hospital no excesivamente grande, que no tenían a nadie que pudiera corroborar que habían estado en los lugares que ellos indicaban durante los dos fines de semana anteriores y que físicamente parecían estar capacitados para cargar con un cuerpo inerte, todo unido los convertía en fijos en la lista de sospechosos.
Una vez abandonaron el área quirúrgica subieron por las escaleras hasta la sexta planta y se dirigieron a cuidados intensivos donde repitieron la misma estrategia que habían llevado a cabo unos minutos antes.
Hablaron con el Dr. Pep Llorens, jefe del servicio de cuidados intensivos, al que le expusieron el perfil del médico que buscaban y les facilitó una lista con cuatro especialistas: los doctores Feliu y Costa, con los que ya habían conversado con anterioridad, y añadió a los doctores Regué y Viñals.
Uno a uno fueron pasando por el despacho del Dr. Llorens, que gentilmente se lo había cedido, para responder a las preguntas de los policías.
Después de un par de horas de preguntas la lista se redujo a dos candidatos, el Dr. Enric Costa, un hombre maduro pero que conservaba una gran forma física, aunque él se empeñara en hacer creer lo contrario, y que además poseía una gran casa en Castelldefels; y el Dr. Viñals, un joven malcarado que casi les retó a que le acusaran de los asesinatos, lo que les transmitió la idea de que pudiera tener cierta psicopatía.
Cuando se disponían a subirse al coche la inspectora tuvo una idea.
Si el asesino secuestraba a sus víctimas en el aparcamiento del hospital, existía la posibilidad que hubiera dejado el suyo aparcado allí hasta que pudiera volver a buscarlo.
Eso podría significar que el vehículo del asesino no hubiera franqueado la barrera hasta pasadas varias horas del final de su turno.
Contrariada por el hecho de tener que volver a ver a su admirador, se dirigieron a las oficinas del aparcamiento.
—Inspectora, qué gran alegría volver a verla —dijo sonriente—. ¿En qué puedo ayudarla?
—Nosotros también nos alegramos mucho de volver a verle —le respondió jocosamente el subinspector dado que a él no se había referido en la bienvenida.
—Necesitamos comprobar las horas de entrada y de salida de los vehículos de varios médicos del hospital. ¿Crees que sería posible hacerlo ahora mismo? —le preguntó la inspectora con su mejor sonrisa.
—Por supuesto que sí. Dígame sus nombres.
La inspectora le dio los nombres de los tres anestesistas y los dos intensivistas que componían la lista reducida de los sospechosos.
Tras teclear los datos en los programas necesarios, obtuvo los horarios de entrada y salida de las últimas dos semanas.
Repasaron los datos de los viernes veinte y veintisiete de noviembre y los resultados fueron concluyentes: los vehículos de los doctores Robert, Vélez y Feliu entraron ambos días minutos antes de las ocho de la mañana y efectuaron su salida entre la tres y las cuatro de la tarde.
De los doctores Martí y Costa no había registro de entrada ni de salida ninguno de los dos viernes.
En el caso del Dr. Costa sí había registro el resto de los días de la semana, en cambio del Dr. Martí no había ninguno.
—¿Qué opinas, David? —preguntó la inspectora al mando ya de su Audi.
—El hecho de que el Dr. Costa cambiara su rutina justo el día de los secuestros, mientras que los otros las mantuvieran intactas lo hace parecer más sospechoso que los demás.
—Estoy de acuerdo contigo. Habrá que ponerle vigilancia.