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—Pero hay elementos que no encajarían con un asesino en serie tipo psicópata —dijo mientras se giraba hacia la inspectora que le invitó a proseguir con su explicación—.
Este tipo de asesinos suelen escoger víctimas que no tiene ninguna relación con él ni entre ellas y, obviamente, este no es el caso.
—Efectivamente, no es el caso. Las víctimas no sé si se conocían, pero pertenecen al mismo colectivo y trabajan en el mismo lugar, por lo que sí tienen una relación entre ellas. Y si el asesino es un sanitario es obvio que este tiene algo que ver con las víctimas —concluyó la inspectora.
—Otro elemento discordante es el hecho de que el modo de acabar con las víctimas es diferente.
Un psicópata organizado suele acabar con ellas del mismo modo.
También es frecuente que el asesino conserve algún objeto de la víctima como trofeo, pero en los informes realizados por nuestros compañeros se indica que no se ha echado nada de menos.
—¿Hay algo más que apunte hacia un asesino en serie? —preguntó la inspectora que empezaba a impacientarse y deseaba salir del coche.
—Hay una cosa muy clara: la firma. Muchos de los asesinos en serie dejan una firma, un rasgo que les caracteriza, algo que les identifica como autores del crimen y en este caso es…
—El carné de colegiado entre los dientes —interrumpió la inspectora a su compañero.
—Efectivamente. Esa es su seña de identidad, su firma. Y es muy importante para nosotros que no sea de conocimiento público ya que podría invitar a que alguien quisiera imitarle para obtener fama o algún asesino podría intentar cargarle algún muerto a nuestro sospechoso.
—Por lo tanto, tenemos un potencial asesino en serie que no se comporta del todo como sería de esperar —resumió la inspectora la charla que habían tenido en el coche.
—Totalmente de acuerdo. No hay dos crímenes ni dos criminales exactamente iguales.
—Igual que no hay dos polis iguales —añadió la inspectora al mismo tiempo que abría la enorme puerta de su Audi Coupé y salía de él.
Los dos compañeros subieron hasta el despacho del Dr. Mur, quien se encontraba redactando el informe de la autopsia del Dr. Carlos Trullols. El forense no les pudo aportar nada nuevo a lo que ya sabían hasta que no llegaran los resultados de laboratorio .
—Un par de curiosidades, Jesús. ¿El material utilizado por el asesino es de uso común en un hospital como el Mediterrani? —deseaba saber el subinspector.
—La verdad es que sí. Los catéteres venosos centrales son muy habituales en un hospital de tercer grado teniendo en cuenta las intervenciones que allí se realizan y el tipo de pacientes que se atienden en cuidados intensivos —indicó el forense.
—Por lo que entiendo que estarán al alcance de cualquiera que trabaje con ellos, que no tienen un control especial como pudieran tener algunos fármacos, ¿verdad?
—Así es, Laura. Hay fármacos, como los mórficos: morfina, fentanilo, remifentanilo y alguno más, que están bajo llave y se lleva un control muy estricto de su uso, pero el material al que hacemos referencia está al alcance de cualquiera que trabaje en un quirófano o una U.C.I. —aseguró el Dr. Mur.
—Por lo que es fácil deducir que cualquiera podría haber cogido un par de ellos y pasar totalmente desapercibido.
—Efectivamente, David, así es.
—Otra cosa más, Jesús. ¿Los actos realizados por el asesino precisan de una ubicación especial? Es decir, ¿los hubiera podido llevar a cabo en una habitación de su casa?
—Por espacio, por iluminación, por todas las condiciones necesarias, la respuesta es sí. Lo podría haber hecho perfectamente yo en mi casa.
—¿El primer asesinato también? Hay que tener en cuenta que lo mató la madrugada del sábado y hasta la madrugada del lunes no se deshizo del cadáver —quiso saber la inspectora .
—En condiciones normales, no. Si en Barcelona hubiéramos tenido las temperaturas habituales para la época, no, no hubiera sido posible mantener el cadáver en buenas condiciones durante cuarenta y ocho horas sin introducirlo como mínimo en una nevera, pero teniendo en cuenta las temperaturas tan bajas que hubo aquellos días, dejando el cuerpo cubierto por una tela en un balcón sombrío hubiera sido suficiente para que se conservara tal y como lo hizo —afirmó el forense.
—Por lo tanto, un elemento que puede servir de cribaje en este caso es la movilidad de un secuestrado inconsciente y un cadáver —sugirió la inspectora.
—El asesino, por comodidad para el manejo de un cuerpo inerte y por la protección ante posibles testigos, debe vivir en una casa o en un edificio con aparcamiento privado y acceso a un ascensor —concluyó el subinspector.
—Yo diría que así es. Teniendo en cuenta las heridas de ataduras que hay en los cuerpos de ambas víctimas, todo indica que la superficie en la que estuvieron tumbados durante su cautiverio es mucho más ancha que las camillas que hay en un quirófano.
—Muchas gracias, Jesús —dijo la inspectora a modo de despedida.
—Una cosa más, Laura. Perdona que me meta en vuestro terreno, pero ¿os habéis planteado la posibilidad de que estemos ante un asesino en serie? —sugirió el forense al mismo tiempo que juntaba las palmas de sus manos delante de su pecho a modo de disculpa.
—No debes disculparte, Jesús. Somos un equipo y toda ayuda es bienvenida.
Eso es justo lo que nos estábamos planteando cuando veníamos hacia aquí.
Dos muertes quizá son pocas para catalogarlo como tal, pero una maratón se empieza con un primer paso, llevamos dos y esperemos que no haya un tercero —afirmó la inspectora recordando que para hoyar todos los picos que había conquistado en su vida siempre tuvo que dar un primer paso.