21
No eran aún las siete de la mañana, pero en el despacho del comisario los tres policías ya estaban sentados alrededor de la mesa con una taza de café en la mano recapitulando la información que tenían cuando sonó el teléfono del comisario.
Tras responder puso el altavoz ya que el interlocutor era el Dr. Mur y la información que les iba a aportar era de la incumbencia de todo el equipo.
—Jesús, acabo de poner el altavoz porque están conmigo la inspectora Sans y el subinspector Palau.
El Dr. Mur les reveló que el Dr. Trullols había muerto entre ocho y doce horas antes de ser descubierto en La Mina, donde había sido trasladado después del asesinato.
El secuestro, como en el caso anterior, se había producido, supuestamente, tras el disparo de una pistola eléctrica en el lado izquierdo del cuello de la víctima desde una posición ligeramente elevada.
En este caso, el total de disparos que había recibido el doctor eran seis.
Había signos de ataduras en diversas partes de su anatomía y otras marcas de haber llevado una mordaza en la boca.
En el cuerpo todavía portaba dos catéteres venosos centrales, uno en la arteria carótida derecha y otro en la vena subclavia derecha.
La causa de la muerte había sido la introducción de agua o un fluido similar a altas temperaturas a través de la vena subclavia derecha, que había avanzado hacia la mitad derecha del corazón y de ahí a los pulmones, destrozándolos literalmente con gran sufrimiento para la víctima.
La colocación del catéter en la carótida era una incógnita, pero la teoría del forense era que había sido introducido allí para determinar si el fluido inyectado, que había sido impregnado con un colorante, era capaz de llegar hasta allí o los latidos del corazón se habían detenido antes de bombear la sangre hasta el cuello.
Una vez concretados los detalles menores de la autopsia preliminar, y en espera del informe provisional, el Dr. Mur se despidió invitándoles a consultarle cualquier duda que pudieran tener.
Después de finalizar la llamada el comisario pidió a sus colegas a que expusieran lo que las palabras del forense les habían sugerido.
—Empecemos por el principio —sugirió el subinspector.
—E intentemos ver las diferencias y similitudes entre ambos asesinatos.
—Adelante —les solicitó el comisario.
—El secuestro de las víctimas se produce tras provocarles una pérdida de consciencia con una descarga eléctrica en el lado izquierdo del cuello —inició el subinspector.
—Desde una posición ligeramente elevada —añadió la inspectora, ante lo que asintieron ambos compañeros.
—El Dr. Torres recibió siete descargas y el Dr. Trullols, seis.
Cuando analizamos la primera muerte concluimos que las descargas repetidas eran debidas a la necesidad de mantener al secuestrado inconsciente durante el trayecto entre el lugar donde fue capturado hasta el lugar donde fue retenido —expuso el subinspector .
—De lo cual se puede interpretar que como el Dr. Torres era algo más corpulento, según nos ha dicho Jesús, necesitó un disparo más que el Dr. Trullols para llegar al mismo punto.
—Supuestamente al mismo punto —rectificó el comisario.
—Supuestamente, pero es lo más probable. No creo que el asesino vaya variando de ubicación —rebatió la inspectora.
—En ese caso lo más probable es que el lugar del secuestro sea el mismo en ambos ya que el tiempo necesario para llegar a su destino fue muy similar si nos basamos en las descargas del táser —concluyó el subinspector.
—Y si damos por cierta esta hipótesis, el lugar más factible es el hospital. Fortaleciendo la idea o el hecho de que en los dos casos la última vez que se vio a las víctimas fue en el hospital de donde sus vehículos partieron y no han sido localizados por el momento.
—Si pudiéramos convertir esos seis o siete disparos en tiempo, podríamos trazar con un compás una línea que marcaría los posibles lugares a los que pudieron ser transportados —sugirió el subinspector.
—Hablaré con los expertos del cuerpo en armas eléctricas para ver si nos podrían ayudar en ese cálculo —informó el comisario.
—Sigamos avanzando —sugirió la inspectora—.
Si damos por bueno que las víctimas fueron raptadas el viernes por la tarde en el hospital y sus cadáveres fueron abandonados la madrugada del lunes, ambos permanecieron bajo el control del asesino unas sesenta horas aproximadamente —dijo la inspectora tras hacer un cálculo mental .
—El Dr. Torres murió desangrado a las pocas horas de cautiverio, una muerte indolora, mientras que el Dr. Trullols murió hervido vivo con gran sufrimiento tras prácticamente dos días secuestrado —afirmó el comisario avanzando en las conclusiones.
—Aquí hay un punto muy importante a tener en cuenta en el modus operandi del asesino.
Son dos modos completamente diferentes de matar.
Ha pasado de un modo rápido, indoloro y temprano a uno que ha llegado tarde en el tiempo y que ha sido muy doloroso.
No sé si es una evolución que le ha llevado al encarnizamiento físico y psicológico para disfrutar del sufrimiento de su víctima o es que los ha tratado a los dos de manera diferente por algún otro motivo —expuso el subinspector haciendo gala de sus conocimientos en psicología—.
Otras diferencias que podemos observar son la ubicación en la que ha abandonado a las víctimas y …
—Lógico, si tenemos en cuenta que el Carmel todavía está vigilado por patrullas —interrumpió la inspectora a su compañero de Girona.
—Cierto, Laura. Tienes razón.
—Lo que sí es claramente diferente es que al primero lo abandonó habiendo retirado todas las vías que utilizó para canalizarle los vasos y al segundo le dejó puestos los dos únicos catéteres que utilizó —continuó el subinspector.
—¿Se ha vuelto perezoso o es que el tiempo le apremiaba? —preguntó el comisario.
—Pues no sabría qué decir —respondió el subinspector—, pero lo más fácil es que se haya vuelto perezoso, no creo que sea muy complicado retirar esos dos catéteres, aunque podría ser que quisiera que los encontráramos .
—Y la similitud más importante es que ambos portaban entre sus dientes sus respectivos carnés de colegiado, lo que indica que el asesino quería que fueran identificados con rapidez y su voluntad era transmitir que los había matado por su condición de médicos…
—O por algo que habían hecho desempeñando su labor como médicos, diría yo —puntualizó el subinspector.
—O sea, lo que sugieres es que no los mató por ser médicos si no por algo que pasó en el desempeño de su profesión —intentó comprender el comisario.
—Yo creo que sí. Pienso que es como si los hubiera querido castigar por algo que hicieron ejerciendo de médicos y se proponía ponerlo de manifiesto ante todo el mundo —concluyó el subinspector.
—Me parece que tiene lógica esa teoría —coincidió el comisario—. Si os parece bien, podríais volver al hospital a apretar las tuercas a los sospechosos.
—Eso haremos en cuanto me tome el café que necesito.
—Por cierto. No os preocupéis por la prensa.
Ayer hablé con Joan Cardedeu y me aseguró que Mònica Cardós no interferiría en la investigación.
La rueda de prensa del otro día y el hecho de que esta muerte carezca de interés para sus lectores, por no ser grotesca, han hecho que se la deje a los periodistas serios de su diario.
—Nos alegramos mucho de que así sea, Jordi —respondió la inspectora dirigiéndose a la puerta del despacho.
—Yo también necesito un café, Laura. Te invito. Ah, y de camino al hospital podemos parar en el Anatòmic, que me han surgido un par de preguntas para el forense —dijo cuando ya habían abandonado el despacho del comisario y se dirigían hacia el coche.
—Hace días que no jugamos a las matrículas —dijo la inspectora rompiendo el silencio que se había instaurado.
—Tienes razón, Laura, pero estos momentos de tregua en el coche también van bien para pensar de un modo diferente.
—Posiblemente. Y ¿qué estabas pensando ahora?
—Pues estaba pensando que este caso deberíamos considerarlo una serie de asesinatos. Vamos, que nos encontramos delante de un asesino en serie —expuso su nueva teoría.
—Lo que está claro es que el asesino es el mismo en ambos casos —afirmó apoyando la idea de su compañero.
—Las definiciones de “asesinatos en serie” son diversas y han ido cambiando a lo largo de los años y este caso tiene aspectos que coinciden con la mayoría de ellas.
Según quien defina se precisan dos o tres víctimas sucesivas en distintos eventos, obviamente, por el mismo delincuente. En nuestro caso tenemos dos crímenes…
—Por ahora —interrumpió la inspectora.
—Ciertamente, por ahora —coincidió el subinspector—. Teniendo en cuenta estos dos casos, si los consideramos parte de una serie, tendríamos que decir que los asesinatos son planificados, organizados, cosa que nos haría pensar más en un psicópata que en un psicótico.
—Y ¿cuál es la diferencia? —preguntó la inspectora con la intención de confirmar lo que ella pensaba.
—El psicótico es un enfermo mental que podría no saber distinguir entre el bien y el mal, en cambio los psicópatas no son enfermos, distinguen perfectamente entre lo que es correcto y lo que no lo es.
Son personas que suelen ser muy inteligentes, pero que poseen características mentales no presentes en la mayoría de la sociedad.
La inspectora había estado escuchando atentamente mientras conducía hacia el Anatòmic, lugar al que ya habían llegado y procedió a aparcar delante de la puerta, pero se quedaron en el vehículo un rato más mientras el subinspector acababa de exponer su teoría.
—Como por ejemplo…
—Son gente que pueden parecer completamente normales, simpáticos, agradables, pero que en el fondo suelen tener una gran falta de empatía, pueden haber tenido conductas antisociales en el pasado, no aceptan las normas de buen grado, entre otras cosas.
—Entiendo.