20 #2
La supervisora se encontraba en su despacho finalizando la planificación del mes de diciembre.
Entre el puente de la Constitución y las Navidades había pocos días hábiles, pero las vacaciones de su personal complicaban la cuadratura del círculo.
Les atendió de inmediato y quedó estupefacta al conocer el asesinato del Dr. Trullols.
No destacaba por sus habilidades quirúrgicas, pero le tenía por una buena persona, con un sentido del humor muy particular, sí, pero sin ninguna maldad.
Cuando los policías le preguntaron sobre la posibilidad de que alguna enfermera pudiera tener motivos para querer ver muerto al Dr. Trullols, negó con rotundidad que eso fuera posible y que hubiera alguna que quisiera asesinar al Dr. Torres y al Dr. Trullols, a ambos, todavía menos.
Les explicó que la cirugía cardiovascular era una especialidad que requería unos conocimientos por parte de enfermería tan específicos que sus componentes apenas rotaban, por lo que no había enfermeras que coincidieran en quirófano con ambos cirujanos.
Ella descartaba al personal de enfermería de quirófano y dudaba que cualquier otro sector pudiera tener motivos para querer asesinar al doctor, pero si lo consideraban oportuno, lo más fácil sería que hablaran con la instrumentista habitual del quirófano de urología, la Sra.
Lucía Cifuentes. Si había ocurrido algo destacable ella les podría informar.
Se despidieron de la supervisora y se dirigieron hacia el área quirúrgica donde esperaban poder hablar con la Sra.
Cifuentes. Esta apareció unos diez minutos más tarde.
Por suerte para ellos esa mañana no se estaban realizando cirugías que precisaran que la instrumentista estuviera lavada durante horas, es más, la circulante se bastaba para atender al urólogo que ese día estaba operando ajeno a la muerte de su compañero.
Tras informar a la Sra. Cifuentes del motivo de su visita y esperar a que se recuperara del shock que le había provocado la noticia, iniciaron las preguntas.
—Sra. Cifuentes, veo que se ha sorprendido mucho.
—Por supuesto que me he sorprendido. Que muera un compañero es una noticia horrible, pero que encima haya sido asesinado, es una locura —le respondió con lágrimas en los ojos.
—¿Qué opinión tenía del Dr. Trullols? ¿Cree que alguien podría tener motivos para querer matarle? —fue directa al grano la inspectora.
—¿Al Dr. Trullols? ¿Motivos para querer matarlo? Nadie, no creo que nadie pudiera querer matarlo. Que no fuera muy hábil y que los quirófanos se alargaran más de lo que lo hacían con otros compañeros no me parece causa suficiente para desear su muerte —respondió con gran convicción.
—¿Y su sentido del humor? Tenemos entendido que era muy particular y podría haber herido a alguien con quien trabajara.
—Subinspector, tenía un sentido del humor muy particular, es cierto, pero todo el mundo lo sabía y no le hacían caso, no se lo tomaban a mal.
No creo que nadie se sintiera ofendido por sus bromas, incluso había quien entraba en su juego y le replicaban con otras de su mismo estilo.
No, no creo que nadie le quisiera mal por sus bromas, por muy poco acertadas que pudieran ser en alguna ocasión —afirmó con rotundidad .
—Pero la realidad es que alguien ha acabado con su vida. Alguien con conocimientos sanitarios al alcance de un grupo reducido de especialistas, entre ellos los que coincidían con él en quirófano —insistió la inspectora.
—Es cierto, alguien lo ha asesinado, pero si tuviera que decir un nombre no podría.
No se me ocurre nadie que haya coincidido con él en quirófano que pudiera desear su muerte.
No me entra en la cabeza. Es que no recuerdo ningún encontronazo relevante con nadie, ninguna pelea ni ningún grito.
Lo siento, pero no puedo serle de más utilidad —se disculpó apesadumbrada la enfermera.
—Y, ¿alguien de fuera de quirófano? ¿De la unidad de reanimación posquirúrgica? ¿De cuidados intensivos? —le abrió esa posibilidad el subinspector.
—Si su actitud, su manera de trabajar y de tratar a la gente era la misma que en quirófano, lo dudo mucho, pero no conozco lo suficiente a esos compañeros para asegurarlo al cien por cien.
Tras consolar a la instrumentista del quirófano de urología y agradecerle su ayuda se despidieron de ella.
Estaban pensando cuál iba a ser su siguiente paso cuando de repente divisaron al fondo del pasillo, viniendo hacia ellos, al Dr. Guerrero, el jefe de servicio de anestesiología.
Iba a entrar en uno de los quirófanos cuando vio que el subinspector Palau agitaba su brazo para llamarle la atención, entonces se dirigió hacia los policías, a los que no reconoció vestidos de esa guisa.
—Dr. Guerrero, ¿se acuerda de nosotros? Somos los policías que hablamos con usted sobre la muerte del Dr. Torres —le dijo el subinspector.
—Oh, discúlpenme. No les había reconocido así vestidos.
Es algo que a nosotros nos pasa a la inversa.
Hay veces que fuera de quirófano no reconocemos a nuestros compañeros vestidos de personas normales —comentó en cierto tono de broma—.
¿Qué les trae de nuevo por aquí? ¿Cómo va la investigación de la muerte del Dr. Torres? —les preguntó con sincero interés.
La subinspectora le puso al día sobre la nueva defunción ante lo cual el doctor se sintió muy sorprendido.
El Dr. Trullols era una buena persona. Por lo que a él le constaba no tenía problemas con nadie, no era muy habilidoso, pero eso era todo.
Interrogado por la posibilidad de que algún anestesista de su servicio pudiera tener motivos para asesinar a la nueva víctima, él lo negó con rotundidad.
Del mismo modo que todos sus compañeros, todos, habían pasado por su despacho para quejarse del Dr. Torres, ninguno, pero ninguno en absoluto le había manifestado nada en contra del Dr. Trullols.
No creía que nadie de su equipo hubiera podido asesinar al Dr. Torres y menos aún al Dr. Trullols, pero aun así les dio una lista con los anestesistas que solían estar en ambos quirófanos.
Tras despedirse del Dr. Guerrero se dirigieron a Cuidados Intensivos, donde sospechaban que iban a recibir las mismas respuestas que hasta ese momento.
—¡Me cago en la puta! —exclamó la inspectora al tiempo que se paraba en uno de los rellanos de la escalera.
—¿Qué ocurre, Laura? —preguntó el subinspector
sorprendido al escuchar a su compañera.
—¿No te das cuenta, David? Este caso no tiene ni pies ni cabeza. Asesinan a un cirujano al que todo el mundo querría ver muerto. Asesinan a un urólogo al que nadie desea ningún mal y, supuestamente, ambos crímenes los ha cometido la misma persona —afirmó con cierta desesperación.
—Tienes razón, Laura. No tiene mucho sentido si lo vemos así, pero es lo único que tenemos por el momento.
Esperemos que la autopsia nos pueda dar más pistas de lo que tiene en común ambos asesinatos, porque como tú bien dices, por ahora la cosa no tiene mucho sentido.
Las dos muertes por separado se podrían entender, pero juntas…
—el subinspector se mostraba tan desconcertado como su compañera.
—Tienes razón. No nos volvamos locos y esperemos a los resultados de la autopsia y entonces planificamos una nueva estrategia de investigación, pero ya que estamos aquí continuemos con los interrogatorios —sugirió a su compañero.
—Me parece perfecto. Y luego nos vamos a comer.
Una vez en la U.C.I. fueron recibidos por el jefe de servicio, el Dr. Llorens, al que expusieron la nueva situación, la muerte del Dr. Trullols a manos, supuestamente, del mismo asesino que acabó con la vida del Dr. Torres.
Las respuestas del jefe de intensivos fueron del mismo tipo que las del de anestesiología y de él también obtuvieron una lista de los intensivistas que potencialmente podrían haber tenido una peor relación con el Dr. Trullols, aunque eso solo se basaba en la opinión del Dr. Llorens y no en hechos reales.
Después de un pequeño tentempié descendieron los nueve pisos que separaban la cafetería del aparcamiento por las escaleras y se dirigieron a las oficinas, donde el amigo de la inspectora, cuyo nombre no había tenido el más mínimo interés en conocer, salió a su encuentro con una sonrisa en los labios nada más la vio llegar .
—¡Hola de nuevo! ¿En qué puedo ayudarla? —preguntó emocionado.
La inspectora se interesó en ver las cámaras de la barrera del viernes veintisiete de noviembre con la intención de determinar cuando había abandonado el hospital el vehículo del Dr. Trullols y si por casualidad se podía observar quién lo conducía.
Tras buscar en los archivos cuál era la matrícula del coche del fallecido y repasar a cámara rápida las imágenes del viernes a partir de las dos del mediodía lograron determinar que el vehículo abandonó el aparcamiento del hospital a las quince cincuenta y nueve de la tarde.
Al subinspector le asaltó la curiosidad de saber si los doctores tenían plazas fijas en el aparcamiento a lo que el empleado respondió con una negativa, pero eso no quería decir que no solieran aparcar en las mismas zonas si estaban disponibles.
El ser humano es un animal de costumbres, o de rutinas, les dijo, frase que también le había enseñado el Dr. Pol Martí.
«Joder con el Dr. Martí, es todo un filósofo» —pensó la inspectora y ahondando en el tema quiso saber si el empleado sabía dónde solían aparcar el Dr. Torres y el Dr. Trullols a lo que respondió que lo desconocía.
El empleado del aparcamiento se comprometió por propia iniciativa a revisar todas las imágenes que hubieran grabado las cámaras en las horas previas a la salida del vehículo e intentó que la inspectora le diera su número de teléfono para asegurarse de que esta vez le llegaba la información, ante lo cual, y para descargar a su compañera, el subinspector se adelantó y le proporcionó su número ante la decepción del empleado.
Ambos policías se dirigieron al vehículo y salieron del hospital rumbo a la comisaría.
La inspectora pensó que lo único bueno que iban a obtener del empleado del aparcamiento era no tener que pasar por el cajero cada vez que salían del hospital, cosa que hacían más de lo que jamás hubiera esperado, pero algo es algo.
Una vez en la comisaría se dirigieron directamente al despacho del comisario donde analizaron la situación y el cambio de rumbo en la investigación.
Habían pasado de tener dos sospechosos del primer asesinato, cuyo móvil eran las deudas de juego, a no tener suficientes dedos en las manos para contar los anestesistas e intensivistas que formaban el elenco de potenciales asesinos de los dos médicos.
Teniendo en cuenta la nueva situación creyeron oportuno descartar del todo a la Dra. Bitrià como sospechosa.
Decidieron esperar al día siguiente para, con los datos de la autopsia, concretar la nueva estrategia de investigación. De un modo u otro tenían que hacer adelgazar la lista de candidatos a asesino de médicos.