El anestesista insomne 20
46%

20

Tras acceder al vehículo de la inspectora se dirigieron hacia Sant Adrià de Besòs con gran celeridad.

La aparición de un nuevo cadáver que pudiera estar relacionado con el asesinato que les ocupaba podría abrir una nueva vía de investigación y eso les generaba cierta ansiedad e impaciencia.

Si fuera una muerte independiente estarían en el mismo lugar que hacía unos minutos, pero si no fuera así…

Estaban a punto de llegar a su destino, pero desconociendo la ubicación exacta, cuando un beep sonó en el teléfono del subinspector: un mensaje del comisario.

El cadáver había sido hallado en el aparcamiento de la calle Arístides Maillol, muy cerca del Monumento Busto de Camarón de la Isla.

La inspectora conocía el lugar por lo que les fue fácil localizarlo, aunque los pirulos de los coches de policía allí ubicados también hubieran servido para que llegaran.

Tras dejar el coche en el mismo aparcamiento en el que habían hallado el cadáver se dirigieron hacia el perímetro que la policía había montado.

El cadáver se encontraba entre dos vehículos que estaban estacionados en paralelo.

Se presentaron a los agentes que custodiaban el espacio y accedieron franqueando la cinta que delimitaba el lugar.

Allí ya se encontraba el Dr. Mur, el forense.

No sabían cómo lo hacía, pero siempre llegaba antes que ellos.

Si no fuera porque lo conocían y sabían que era de total confianza, hubieran sospechado que él era quien dejaba los cadáveres.

Tras los saludos de rigor y el primer intercambio de opiniones, pasaron a los detalles .

—Tenemos un varón de unos cincuenta años, que según podría calcular, lleva muerto entre ocho y doce horas.

La causa de la muerte, cómo ya sabéis, no la podré determinar con seguridad hasta que haya realizado la correspondiente autopsia, pero a simple vista parece que ha sufrido importantes quemaduras internas.

En el lado izquierdo de su cuello presenta lesiones que podrían corresponder a dos quemaduras causadas por una pistola eléctrica.

¿Os suena? —preguntó el forense a pesar de que ya conocía la respuesta.

—Por supuesto, Jesús. ¡Cómo no nos iba a sonar! ¿Tenemos una segunda víctima del mismo asesino? —intentó la inspectora que el forense confirmara sus sospechas.

—Eso lo tendréis que determinar vosotros con la información que obtengamos, pero mucho me temo que sí.

—Y, ¿qué más nos puede decir, doctor? —intentó obtener más información el subinspector.

—Pues el sujeto está completamente vestido, pero su camisa está abierta por la parte superior porque su verdugo necesitaba poder acceder bien a su cuello y su torso.

En el lado derecho del cuello y en su zona subclavia derecha lleva sendos catéteres venosos centrales.

Hasta que no lleve a cabo la autopsia no sabré con total seguridad qué vasos estaban canalizando —siguió exponiendo el forense.

—¿Catéteres venosos centrales? —preguntó la inspectora al desconocer a qué se refería el doctor.

—Son unos tubos flexibles que se introducen en las venas de mayor calibre del cuerpo para poder administrar fármacos a largo plazo o medicamentos que podrían dañar las venas periféricas o también aportar nutrición parenteral.

También sirven para medir la presión de la sangre a nivel venoso o para poder hacer extracciones para analíticas repetidas entre otras cosas —les explicó el forense al mismo tiempo que los dos policías ponían cara de no entender lo que les estaba explicando, pero que por el momento no creían oportuno indagar más en ello.

—¿Carné de colegiado en la boca? —preguntó sin rodeos la inspectora.

—Efectivamente. Y esta vez no se lo ha quitado nadie.

—Por lo tanto, sabemos quién es la víctima —invitó el subinspector a que el forense lo confirmara.

—La foto del carné parece coincidir con el rostro de la víctima, que sería el Dr. Carlos Trullols Serrat.

—Por todo lo que nos has expuesto, es la segunda víctima del mismo asesino casi con total seguridad —afirmó la inspectora.

—Yo diría que sí, pero yo soy forense, no policía, eso os lo dejo a vosotros.

El forense les continuó explicando otros detalles sobre el fallecido que analizaron entre los tres.

—Gracias, Jesús. Cuando tengas algo más que nos ayude en la investigación, sé que nos avisarás.

—Efectivamente, así lo haré.

Los dos policías se despidieron del forense emplazándose a la mañana siguiente para conocer los resultados preliminares de la autopsia del cadáver del Dr. Trullols.

Era obvio que tenían una segunda víctima del mismo asesino por lo que la inspectora Sans decidió llamar al comisario para informarle y para que ordenara que los equipos que estaban vigilando a los doctores Rojo y Mateu dejaran de seguirlos y se apostaran en el acceso peatonal al Hospital del Mediterrani y en la salida de su aparcamiento.

No habían confirmado que esa segunda víctima trabajara en él, pero todo hacía suponer que era así.

Antes de abandonar la escena del hallazgo del cadáver se dirigieron a los agentes que llegaron en primer lugar con la intención de recabar más información.

Según pudieron explicarles, el cadáver fue hallado entre dos coches por el dueño de uno de ellos cuando intentó cogerlo para desplazarse a su lugar de trabajo, aunque no sabían cuántas horas podía llevar allí.

Les pidieron que preguntaran a los vecinos de la zona a ver si habían sido testigos del depósito de cuerpo.

—¿Crees que podrán obtener algo de los vecinos?

—David, en un barrio como este la policía no es bienvenida y la gente no está muy dispuesta a colaborar. Hablar con ellos no nos va a reportar ninguna información útil, pero es el procedimiento que hay que seguir —explicó la inspectora.

—¿Y las cámaras de seguridad? —insistió el subinspector.

—¿Cámaras de seguridad? —preguntó la inspectora mofándose de su compañero—. Discúlpame, David. Se ve que en Girona vivís mejor que aquí. Mira allá arriba —le indicó la parte superior de los postes de la luz que circundaban el aparcamiento.

—No sé a qué te refieres. No veo nada —respondió desconcertado.

—Efectivamente, no hay nada. Allí tendría que haber unos focos que iluminaran este aparcamiento y unas cámaras de vigilancia y lo único que hay son cuatro cables sueltos. Podemos dar gracias que aún estén los postes —le dijo dándole unas palmaditas en el hombro a su compañero .

—Vaya, sí que soy inocente —le respondió con la cabeza baja.

—No te preocupes, ya te irás acostumbrando a la idiosincrasia de tu nuevo destino.

Tras esta pequeña conversación tomaron el vehículo de la inspectora y pusieron rumbo al Hospital del Mediterrani, algo que les llevaría un cuarto de hora aproximadamente, tiempo que utilizarían para ordenar la información que poseían.

La conclusión más importante a la que llegaron era que los principales sospechosos habían dejado de serlo.

Según el forense la víctima llevaba muerta entre ocho y doce horas y ellos estaban bajo vigilancia en esos momentos.

Había que volver a empezar. Había que reconducir la investigación.

Cuando estaban llegando a su destino el comisario les informó de que, efectivamente, el Dr. Trullols era urólogo en el Hospital del Mediterrani.

Cuando accedieron al aparcamiento del hospital, se les acercó el empleado con el que habían hablado el primer día y que se había comprometido a informarles si encontraba algo interesante en los vídeos que iba a revisar.

—Inspectora, buenos días —la saludó efusivamente al mismo tiempo que le cortaba el paso.

—Cuidado, hombre, que le voy a atropellar —le gritó la inspectora.

—Discúlpeme, pero tenía que hablar con usted. Llamé a la comisaría el martes pasado, pero el agente con el que hablé me dijo que no estaba y me prometió que la informaría de mi llamada, pero al no tener noticias quería asegurarme de que le habían pasado mi recado.

—La verdad es que no me han dicho nada de tu llamada. «La madre que parió a Fausto. Se supone que nos tiene que informar de todas las llamadas relevantes que se reciben en la comisaría». ¿Y cuál es la información que tenías para mí? —le preguntó suavizando su tono de voz.

—Estuve repasando las imágenes del viernes veinte de noviembre y la verdad es que no vi nada extraño.

Ya sé que no es mucho, pero siempre he oído decir que es mejor que te den una información que no sirva para nada a que no te den una que sí te pudiera ayudar porque piensen que no sirve para nada —le dijo el empleado muy orgulloso de su frase.

—Pues tienes mucha razón. No sé a quién le habrás escuchado la frase, pero es muy acertada —le comentó el subinspector.

—Una vez me la dijo un anestesista del hospital, el Dr. Pol Martí. Un gran tipo.

—Sí, le conocemos, hemos hablado con él y me pareció que tenía muy mal humor —le dijo la inspectora.

—¿Mal humor el Dr. Martí? Pues conmigo siempre tiene una sonrisa en la cara. Es de los pocos que me saluda cuando me ve, y no hablo solo de médicos, hablo de cualquier personal del hospital. Es un tío muy majo.

—Me alegra saberlo —dijo con indiferencia la inspectora—. Cuando acabemos nuestro trabajo en el hospital nos gustaría volver a hablar contigo, si no te importa —añadió a modo de despedida.

Los dos policías se dirigieron al acceso al hospital y subieron en busca de María Farré, supervisora del área quirúrgica, con la intención de que les orientara sobre el personal de enfermería que podría aportarles más información en la investigación.

Una vez casi descartado el móvil de las deudas de juego, las motivaciones intrahospitalarias parecía que volvían a coger fuerza.

Una vez hablaran con el personal de enfermería de quirófano tenían pensado continuar con cuidados intensivos y anestesiología.