18
Transcurrió toda la mañana sin que el Dr. Bartolo pasara a visitar a su invitado. No fue hasta que ya había caído la noche que hizo acto de presencia en la habitación de huéspedes.
—Bon vespre, Carlisto. ¿Cómo has pasado el día? ¿Aburrido? ¿Has aprovechado el tiempo para meditar sobre lo que estuvimos hablando ayer? —inició la conversación con un tono neutro.
Para su sorpresa, el Dr. Trullols parpadeó con toda claridad en dos ocasiones.
—¿Sí? ¿Has dicho que sí? —sorprendido, quiso asegurarse de que había comprendido el mensaje del doctor.
El Dr. Trullols volvió a parpadear dos veces.
—¿Eso quiere decir que has reflexionado sobre lo de ayer?
«¡Que sí, joder!» pensó al mismo tiempo que volvía a parpadear dos veces.
—Joder, esto sí que es un breakthrough, como cantaba Queen —exclamó nuevamente sorprendido—. Y por supuesto estás arrepentido de tu actitud y tu falta de destreza que perjudicaba a tus pacientes y compañeros.
«Sí, sí, claro que lo estoy» pensó al mismo tiempo que un par de lágrimas se escaparon de sus ojos aprovechando que se abrieron y cerraron dos veces.
—Me alegra mucho oírlo, bueno, oírlo no que no lo he oído.
Me alegra mucho saber que te arrepientes de tus pecados, pero como decían François Delecour y el Dr. Torres: “ dix fois trop tard ”.
Tu aceptación del agravio te servirá para que tu alma llegue en paz al otro mundo, pero no evitará que abandones este —concluyó el Dr. Bartolo.
Tras oír esas palabras el Dr. Trullols empezó a agitarse sobre la camilla haciendo un esfuerzo inhumano por liberarse de sus ataduras. Había comprendido que no iba a poder escapar del destino que le tenía reservado el Dr. Bartolo.
—Ya es hora de que prepare el número final —anunció como si fuera el director de pista de un circo.
Se retiró hacia la mesa auxiliar y empezó a organizar el material que iba a necesitar para su actuación.
Unos minutos más tarde ya lo tenía todo preparado y se ubicó delante de su víctima para explicarle su plan.
—Mira, Carlisto. Ahora me pondré detrás de ti y te voy a canalizar la arteria carótida derecha. Y supongo que te preguntarás con qué intención, ¿verdad?
«¿Qué me vas a hacer, cabrón?» intentó gritar lo que únicamente podía pensar.
—Bueno, no adelantemos acontecimientos. Primero te la canalizo y luego ya te lo explicaré.
El Dr. Bartolo inició la maniobra con la aguja y los gruñidos que emitió el Dr. Trullols eran debidos al miedo más que al dolor de lo que le estaban haciendo. El procedimiento continuó con la introducción de la guía en la arteria .
«Para, para, cabrón, hijo de la gran puta» gruñó desesperado.
—No me distraigas ahora, Carlisto, que este punto es muy delicado. No quiero tener que fregar el suelo para recoger tu sangre. Ya tuve bastante con la del “geni” Torres.
El Dr. Bartolo colocó el catéter a través de la guía, la retiró y colocó el tapón en la entrada del catéter para que no se derramara el rojo elemento y posteriormente lo suturó al cuello para evitar que pudiera salirse.
Seguidamente abandonó la sala y regresó con un palo de suero del que colgaba un frasco de vidrio de medio litro de ringer lactato vacío al que le había recortado la base, por lo que quedaba completamente abierto.
Del tapón de goma del frasco pendía un equipo de suero cuya rosca luer lock era totalmente compatible con la del catéter que el Dr. Trullols llevaba introducido en su arteria carótida derecha.
Los ojos del Dr. Trullols habían seguido todo ese proceso y este había quedado aterrorizado porque había intuido el propósito que tenía todo ese montaje.
Su captor vertería algún líquido en la base abierta del frasco de vidrio para que posteriormente circulara por el equipo de suero hasta el catéter que lo introduciría en su arteria y luego se distribuiría por todo el cuerpo haciendo la primera parada en su cerebro.
«¿Qué cojones me va a meter en el cuerpo?» pensó una vez descubrió las intenciones de su captor.
—¿Qué pasa, Carlisto, que ya sabes de qué va el juego?
—le preguntó al observar el rostro desencajado de su huésped—.
Pues si eres la mitad de listo de lo que crees, has acertado.
En ese frasquito abiertito de ringerito voy a verter un liquidito que bajará por el equipito de suerito, se introducirá por el cateterito y…
—repentinamente se hizo el silencio en la sa la y el Dr. Bartolo recogió malhumorado su montaje y se lo llevó a la habitación contigua ante los ojos nuevamente sorprendidos, esta vez para bien, del Dr. Trullols.
«¿Por qué se ha detenido? ¿Qué ha pasado?»
Una vez bien cerrada la puerta de la sala el Dr. Bartolo empezó a gritar.
—¡Joder, Bartolomé Pinares! ¿Tú eres tonto o qué?
—chilló al mismo tiempo que cerraba sus puños y los apretó con tanta fuerza que sus manos tomaron una tonalidad pálida por la falta de irrigación sanguínea—.
¿Desde cuándo puedes introducir un líquido en una arteria sin ningún sistema de compresión que venza la resistencia que ofrece la sangre impulsada por el corazón?
¿Dónde estabas tú el día que nos explicaban que la presión arterial es mucho más elevada que la presión atmosférica?
—se recriminó a sí mismo, tras lo cual intentó calmarse y se mantuvo unos segundos en silencio.
—Joder, Bartolo —se dijo ya más calmado— has permitido que tus deseos de venganza hayan sido más fuertes que tu control y tu inteligencia.
Una persona de tu posición no puede permitir que eso le suceda.
Por suerte no ha acontecido en un quirófano en el que hubiera podido poner en riesgo la vida de una persona.
Habrá que reformular el plan. Si mi intención inicial era hervirle los sesos, ahora seguramente tendré que cambiar de objetivo.
Si el agua hirviendo hubiera podido subir por la carótida le hubiera churrascado el cerebro, pero ahora…
Tras esa reflexión en voz alta se dirigió hacia un armario que había en la habitación en cuya parte superior había una estantería que estaba repleta de todo tipo de libros científicos y entre ellos el libro de anatomía que tomó entre sus manos.
Tras ojearlo durante unos minutos dio la impresión de que ya había recalculado la ruta del suero hirviendo, aunque ese atlas en realidad no lo necesitaba.
Su rostro serio esbozó una sonrisa ya que se le había ocurrido algo novedoso.
De uno de los cajones inferiores del armario extrajo dos viales de cinco mililitros de azul de metileno y se los introdujo en un bolsillo de la chaqueta verde de quirófano que portaba y volvió a entrar en la sala donde le aguardaba su invitado.
De un fracaso iba a obtener una oportunidad.
—Hola, de nuevo, Carlisto —saludó con ilusión—.
Disculpa que haya cancelado temporalmente la diversión, pero he ideado un plan alternativo que podría ser incluso mejor que el inicial, que de por sí ya era muy bueno, no te creas —argumentó con la intención de que su víctima no fuera consciente del grave error que le había llevado al fracaso.
Si él acusaba a su invitado de ser un inútil, este no podía saber que había fallado estrepitosamente.
El Dr. Bartolo se dirigió a la mesa auxiliar y empezó a preparar el material que iba a necesitar para llevar a cabo su plan B.
Dispuso sobre la mesa todo lo que ya había utilizado para la versión inicial, pero en esta ocasión iba a canalizar una vena.
Una vez estuvo todo preparado se dirigió a los pies de la camilla y los elevó para que quedaran más altos que la cabeza.
— Trendelenburg , te suena, ¿verdad? —preguntó al Dr. Trullols, que entendió cuál era la intención de su captor—.
Pero, tranquilo, yo no voy a forzar tanto la posición como cuando hacéis las prostatectomías radicales por laparoscopia.
Ahora, como habrás supuesto, voy a canalizarte una vena central, y creo que va a ser la subclavia derecha.
Sí, va a ser la subclavia derecha —le informó de su decisión con toda naturalidad.
El Dr. Trullols se volvió a sentir desesperado. Había tenido la esperanza de que el Dr. Bartolo se replanteara su asesinato cuando había salido súbitamente por la puerta de la sala, pero entendió que nada había cambiado, o lo único que había cambiado era la forma en la que iba a acabar con él.
El Dr. Bartolo se colocó en la cabecera de la camilla de nuevo y procedió a realizar la maniobra de canalización de la vena subclavia derecha, que era prácticamente igual que la que había realizado con la arteria carótida, pero salvando las diferencias anatómicas existentes.
Una vez finalizado el procedimiento volvió a la habitación contigua de la que retornó con todo el equipo de perfusión de suero que había preparado y una olla de agua hirviendo a la que había añadido los viales del contraste azul.
—Bueno, Carlisto, te voy a explicar mi plan porque empieza a hacerse tarde y mañana hay que madrugar y, como buen médico que eres, sabes que no es bueno irse a dormir recién cenado, ¿verdad? —le preguntó sin esperar que le respondiera.
El Dr. Trullols estaba tan agotado después de más de cuarenta y ocho horas de cautiverio que casi no tenía fuerzas para intentar defenderse. Casi estaba rezando para que su calvario finalizara de una vez.
—Mira, cuando haya llenado el frasco con el líquido que hay en la olla, purgaré el suero, no querríamos que te entrara aire en el sistema venoso y murieras accidentalmente, ¿verdad?
—volvió a ser una pregunta retórica—. Después ese líquido, en condiciones normales circularía por la vena subclavia hasta la parte derecha de tu corazón y posteriormente pasaría a la arteria pulmonar.
Luego, nuestro líquido junto con la sangre llegaría a los pulmones donde se produce el proceso de la respiración.
En los alveolos se libera el CO2 que lleva la sangre procedente de los tejidos y se capta el O2 indispensable para nuestra vida.
¿Me sigues? —hizo una breve pausa, pero como no recibió ninguna respuesta continuó con la explicación—.
Esta sangre oxigenada que sale de los pulmones se dirige a la parte izquierda del corazón y de desde aquí se dispersa por todo el cuerpo iniciando su periplo a través de la aorta, la arteria más grande de nuestro cuerpo.
Arteria, no vena, como dice mucha gente.
Después, el primer desvío que existe es el tronco arterial braquiocefálico, que se divide en arteria subclavia derecha y arteria carótida primitiva derecha, que es donde tienes insertado el otro catéter y que me servirá para hacer unas comprobaciones.
Luego la sangre sigue circulando por otras vías que, a priori, no nos interesan.
Tras esa larga explicación de anatomía el Dr. Bartolo decidió hacer un pequeño receso.
—Uf, se me ha quedado la boca seca. Voy un momento a beber agua y vuelvo.
Tú no te muevas de aquí, ¿eh? —le dijo al mismo tiempo que le guiñaba un ojo, aunque parecía que el nivel de consciencia del Dr. Trullols estaba disminuyendo poco a poco.
Una vez se hubo rehidratado, el Dr. Bartolo volvió a la sala y continuó con su explicación.
—Antes te he comentado que el líquido que te voy a administrar haría el recorrido que te he descrito en condiciones normales, pero estas no van a ser unas condiciones normales.
El líquido va a estar a una temperatura próxima a la de ebullición y eso no sé cómo va a afectar a los vasos por los que circule ni a los órganos a los que llegue.
No sé cuánto van a soportar ese calor sin derretirse.
Desconozco hasta donde va a llegar ese líquido ni cuándo va a salir del sistema sanguíneo para perderse en otros tejidos.
La idea del catéter en la carótida es ver si es capaz de llegar hasta ella.
Y, ¿cómo sabré si llega?, te estarás preguntando.
Pues porque le he añadido un contraste que teñirá la sangre y podré observarlo.
Una vez concluidas las explicaciones, llenó el frasco de suero con el agua hirviendo que había en la olla, purgó el sistema y lo conectó al catéter que llevaba el Dr. Trullols en la vena subclavia derecha y se dispuso a abrir el paso del equipo de suero.
—Bueno, esto ya está a punto, pero así, a secas, es muy soso.
Falta música. Mira, te voy a cantar un fragmento de una aria que mi personaje, el Dr. Bartolo, canta en el primer acto de la ópera “ Il barbiere di Siviglia ” de Mozart: “ A un dottor della mia sorte ”.
Eso sí, te he personalizado la letra. ¿No estás contento?
El Dr. Bartolo, con su aterciopelada voz de barítono, empezó a entonar las primeras notas de la canción al mismo tiempo que abría paso al líquido hirviendo hacia el torrente sanguíneo de su víctima quien volvió de su letargo al sentir el fluir ardiente en su interior y comenzó a gritar de dolor.
A un doctor de mi talento,
Este trato, ¿doctorcito?
A un doctor de mi talento,
Este trato, ¿doctorcito?
Le aconsejo, mi tontito…