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Tan pronto el comisario estuvo activo en su domicilio se puso en contacto con las patrullas que vigilaban a los doctores Rojo y Mateu.
El jefe de cirugía cardiovascular había vuelto a romper la noche barcelonesa.
Después de un breve paso por su domicilio, tras abandonar el Club Hípic, se dirigió a uno de los restaurantes más caros de la ciudad condal.
Un tres estrellas Michelin en el que fue recibido como si fuera un habitual.
Tres horas más tarde salió del local para dirigirse a una de las discotecas de moda a la que accedió sin ponerse en la enorme cola que había ante la puerta; el portero le dio la bienvenida y le permitió entrar.
La fiesta del cirujano se alargó hasta que la discoteca encendió las luces sobre las cinco de la madrugada.
En ese momento se dirigió hacia la puerta en compañía de una rubia despampanante para posteriormente subirse ambos en su coche e irse al domicilio del doctor, donde permanecían en el momento en el que el comisario había contactado con los agentes.
La noche del Dr. Mateu fue mucho más tranquila.
Al finalizar su jornada en el hospital se dirigió a su domicilio, el cual no abandonó hasta las siete de la tarde y lo hizo andando para ir al gimnasio que hay a unos doscientos metros de su casa.
Una hora más tarde regresó y volvió a salir pasados cuarenta y cinco minutos, esta vez conduciendo su vehículo.
Su destino fue un asador familiar en el que se juntó con cuatro personas más, todos ellos varones.
Permaneció en el local unas tres horas y lo abandonaron al mismo tiempo para dirigirse juntos, en el coche del doctor, a tomar unas copas en un pub de la zona alta de Barcelona.
Alrededor de las dos de la madrugada abandonaron el local y el Dr. Mateu llevó a dos de sus acompañantes a una parada de taxis y a los otros dos los dejó en sus respectivos domicilios ya que quedaban de camino hacia el suyo.
El Dr. Bartolo amaneció de buen humor esa mañana de sábado. Una vez se hubo tomado su desayuno se dirigió hacia la sala en la que tenía retenido al Dr. Trullols. Llamó a la puerta y accedió a la habitación. Encendió la luz y se aproximó a la camilla en la que yacía su invitado.
—Buenos días, Carlisto. ¿Cómo estás? ¿Has dormido bien esta noche? —se dirigió al doctor con una gran amabilidad y calma que contrastaban con el histrionismo que había manifestado la noche anterior.
El Doctor Trullols había podido descansar muy poco esa noche.
Cuando el Dr. Bartolo abandonó su habitación necesitó horas para calmarse.
El pánico que le había generado toda la situación hacía que su adrenalina estuviera disparada.
No había sido hasta un par de horas antes que pudo conciliar un ligero sueño que la entrada de su captor interrumpió.
—Supongo que en esa camilla tan dura y fría es difícil descansar, pero es que no te puedo ofrecer nada mejor.
En cuanto al desayuno, lo siento, pero no está incluido en tu reserva y aunque te lo trajera como cortesía de la casa no te puedo quitar la mordaza y arriesgarme a que grites y adviertas a mis vecinos de tu presencia —le dijo en el mismo tono amable con el que se había presentado en la sala.
«¿Vecinos? No había pensado en que pudiera estar en un piso, pero poco puedo hacer si sigo así, atado y amordazado»
—¿Qué quieres hacer hoy? ¿Qué actividades te gustaría llevar a cabo?
—preguntó con una cortesía sorprendente.
Al no obtener respuesta de su invitado se disculpó—.
Perdóname, Carlisto. Si la respuesta tiene que ser sí o no con tus párpados no te puedo hacer ese tipo de cuestiones. Reformularé mi pregunta.
—¿Quieres salir a dar un paseo? —rehízo la pregunta de modo que la respuesta pudiera ser sí o no—.
Has movido dos veces los párpados, por lo que entiendo que sí te gustaría, pero lo siento, eso no puede ser.
Te vuelvo a pedir perdón por hacerte preguntas cuyas respuestas no van a cambiar mis planes.
Si en algún momento el Dr. Trullols tuvo la esperanza de que quizá su futuro podía tener una pequeña oportunidad de ser diferente de lo que aparentaba, esa esperanza se desvaneció rápidamente.
—¿Quieres que te cambie la sonda que llevas por una más gruesa?
Ante la posibilidad de volver a sufrir el indescriptible dolor que padeció la noche anterior, el Dr. Trullols no dudó en hacer un claro y único movimiento con sus párpados
—Muy bien. Respuesta clara y concisa. NO
El Dr. Bartolo siguió con su juego de preguntas durante un buen rato hasta que se cansó, abandonó al Dr. Trullols y se fue a dar un paseo.
Cuando regresó de estirar las piernas se preparó la comida, la degustó con placer y se echó una larguísima siesta sin el más mínimo remordimiento por lo que estaba haciendo ni por lo que iba a hacer.
Una vez concluyó su descanso posprandial salió de la casa y no volvió hasta bien entrada la noche.
Su invitado había pasado las horas en vilo, buscando en el silencio algo que le indicara qué es lo que iba a sucederle a continuación, buscando en la oscuridad una luz de esperanza.
De repente oyó que se abría la puerta de su estancia y la luz se encendió cegándole unos instantes.
—Hola, Carlisto. Disculpa que te haya dejado solo tantas horas en mi casa. Ya sé que no es de buen anfitrión abandonar a un invitado, pero ha sido por un motivo de peso —se disculpó ante el Dr. Trullols de un modo que parecía totalmente sincero.
Cuando los ojos del Dr. Trullols se habituaron a la potente luz de la sala, lanzó una mirada de súplica a su captor. La disculpa que había salido de su boca le hizo concebir nuevas esperanzas y creyó que podría ablandar el corazón del Dr. Bartolo.
—Carlisto, por favor, no hagas eso. No me mires con esos ojitos de perrito callejero que pide un trozo de pan.
No creas que vas a poder cambiar mi propósito con una mirada tierna.
Ahora no vas a poder cambiar todo el porculo que has dado en el hospital desde que llegaste.
Las horas interminables en quirófano porque no tienes ni puta idea de operar, ni de tan siquiera sondar.
Tus putas bromas sin gracia, todos tus desprecios y tus afrentas.
No hay nadie en el hospital que no haya sufrido tu falta de habilidad y destreza y que no haya sido objeto de tus bromas y burlas y yo voy a ser quien te ponga en tu lugar —le ladró al Dr. Trullols.
«Pero ¿de qué me estás hablando? ¿Qué horas interminables en quirófano? ¿A qué burlas te refieres? Si yo soy muy hábil trabajando y solo he querido ser simpático y divertido con mis compañeros».
—Puede que pensaras que eras el rey del mambo con el bisturí, que eras muy listo, Carlisto, pero eres un inútil chapucero.
Puede que te creyeras muy gracioso, pero no hacías ni puta gracia —le dijo elevando el tono de su voz y de su acusación—.
Había quien te reía las gracias, pero era para no enfrentarse a ti diciéndote lo que realmente pensaban.
Reírse a costa de los demás no es humor.
Si para sobresalir por encima de los demás tienes que cortarles la cabeza…
Carlisto, esa no es la manera —sentenció el Dr. Bartolo.
«No entiendo nada. ¿Qué he hecho yo tan grave que me haga merecedor de todo esto?»
—Ya sé que no lo vas a entender, Carlisto, pero te voy a dejar unas horas más para que reflexiones. Ahora me voy a ir, pero te juro que mañana volveré, como decía Nino Bravo. Ya sé que no tiene ni puta gracia, pero así será.
Tras sus últimas palabras el Dr. Bartolo apagó la luz de la sala y salió dando un portazo.