16 #2
—Ahora sí. No podía realizar esta maniobra sin guantes, sería una auténtica guarrada, ¿verdad, Carlisto?
Una vez se endosó los guantes volvió a colocarse centrado en la camilla y empezó a bajar la cremallera de los pantalones del Dr. Trullols, quien sintió que un escalofrío recorría todo su cuerpo.
«¿Qué vas a hacer, cabrón?»
—Mira, Carlisto, la semana pasada estuvo aquí mismo el Dr. Torres, pero a él no hubo necesidad de sondarlo.
A parte de que se orinó encima, con él acabé rápidamente, lo desangré la misma noche que lo secuestré, pero contigo me voy a divertir un poco más, no sé, le estoy cogiendo gustillo a esto de matar —le relató con la naturalidad que alguien explica cómo ha ido su paseo matutino con el perro.
Al oír esto el Dr. Trullols estuvo a punto de sufrir otro síncope, pero cuando el Dr. Bartolo se dio cuenta de ello le abofeteó reiteradamente para intentar evitar que perdiera la consciencia.
—Venga, dormilón, despierta, que si te duermes no tiene gracia la cosa —le dijo al mismo tiempo que dejaba de darle cachetes—.
Como te iba diciendo antes, a ti te voy a hacer durar más y para evitar que me lo dejes todo perdido de orina, teniendo en cuenta que no te voy a dejar ir al lavabo, te voy a sondar.
Las aguas mayores no creo que sean un problema, tú bien sabes que las situaciones de estrés bloquean ese proceso.
No sería conveniente que si nos persigue un león tuviéramos que parar a hacer caca, ¿verdad, Carlisto?
¡Uy, que listo es mi niño! —exclamó al mismo tiempo que le pellizcaba el moflete derecho.
—A ver, a ver. ¿Dónde está esa colita?
El Doctor Bartolo acabó de bajarle la cremallera de los pantalones e introdujo la mano por el hueco que se había creado. Tras maniobrar unos segundos extrajo el pene retraído del Dr. Trullols y lo sostuvo entre dos dedos.
—Vaya, para ser alguien que se dedica a la urología tienes un pene muy pequeño —dijo esbozando una sonrisa—. Bueno, da lo mismo, supongo que la sonda entrará igual. He escogido un tamaño pequeño ya que hace tiempo que no sondo y seguro que he perdido la habilidad.
El Dr. Bartolo tomó el pene con la mano izquierda y levantó la sonda con la mano derecha con la intención de introducirla por la uretra del cautivo, pero de repente se detuvo.
—¿Sabes cómo le diría un urólogo maño a una sonda tan pequeña? —le preguntó a modo de adivinanza—. Pues “sondica” —empezó a reír descontroladamente por unos instantes y de repente frenó en seco—. Bueno, tampoco era un chiste tan bueno.
El Dr. Trullols estaba muy asustado. Pensaba que el Dr. Bartolo estaba loco y que podía hacerle cualquier barbaridad antes de matarlo.
—Y, ¿sabes que diría un urólogo bilbaíno al oír al maño?
El urólogo catalán ya no sabía qué pensar y por supuesto no respondió a la pregunta del Dr. Bartolo.
—Pues diría: “áiba la hostia”, si Sondika es el aeropuerto de Bilbao —tras lo cual explotó en carcajadas que esta vez no quedaron frenadas —. Disculpa mis chistes malos, pero es que los urólogos sois tan del cachondeo y las guarradas que se me pega todo.
Una vez finalizadas las carcajadas el Dr. Bartolo tenía la intención de reiniciar el sondaje de su invitado, pero de repente se detuvo de nuevo.
—Pero, si me falta el lubricante —exclamó decepcionado—. ¿Cómo puede ser que se me haya olvidado el lubricante? Bartolo, no sabes donde tienes la cabeza —se dijo a sí mismo dándose unos golpecitos en la testa con el dorso de su mano derecha—. Es igual, yo soy un hombre de recursos.
El Dr. Bartolo empezó a hacer muecas extrañas con sus mejillas, movimientos de succión con su boca y cuando llevaba unos segundos así, aproximó la sonda a sus labios, de los que emergió una ingente cantidad de saliva que depositó en la punta del pequeño tubo de silicona.
—Ves como soy un hombre de recursos. Lubricante no hay camino, se hace camino al lubricar —tras finalizar la frase maniobró con la sonda intentando introducirla en la uretra del Dr. Trullols.
—Joder, cómo cuesta. Y eso que está bien lubricada.
El Dr. Trullols empezó a sentir un gran dolor en su pene y si hubiera estado desatado se estaría retorciendo, pero lo único que pudo hacer fue sufrir en silencio la intromisión en su miembro más íntimo.
Después de diversos intentos, verticalizaciones y horizontalizaciones del pene, el Dr. Bartolo consiguió al fin sondar a su invitado, el cual sintió cierto alivio, aunque la molestia de llevar ese artefacto no iba a desaparecer.
—¡Por fin! Ya no recordaba lo complicado que podía llegar a ser sondar a un hombre sin el lubricante adecuado y la habilidad que se requiere, pero aun así lo he hecho mejor que tú, que eres un chapucero pierdetiempo —le recriminó—.
Uf, esto me ha dejado agotado, por lo que el siguiente punto de nuestro plan del fin de semana lo dejaremos para mañana sábado, ¿te parece bien?
—le preguntó sin esperar que respondiera.
El Dr. Bartolo se dedicó a recoger los instrumentos que tenía preparados en su mesa auxiliar.
—Bueno, Carlisto. Me voy a dormir que mañana será un día largo lleno de emociones. Que descanses, ah, y si necesitas algo no dudes en llamarme, estaré en la habitación de al lado.
Tras despedirse de su invitado el Dr. Bartolo apagó la luz de la sala y salió de ella cerrando la puerta tras de sí.