16
Eran ya casi las cuatro de la tarde cuando el Dr. Bartolo se aproximó al coche del Dr. Trullols y dio unos pequeños toquecitos con los nudillos en la ventanilla del conductor. El Dr. Trullols pulsó el botón del elevalunas y el cristal descendió con suavidad.
—¿Qué haces aquí? —preguntó el Dr. Trullols sorprendido por esa inesperada, aunque conocida presencia.
—Y tú, ¿qué haces en esta plaza de aparcamiento? A rey muerto, rey puesto.
—¿Qué quieres decir?
—Que no hace ni una semana que ha muerto el Dr. Torres y ya estás ocupando su plaza.
Y sin dar tiempo a responder, le acercó una pistola eléctrica al cuello y le liberó una descarga en el seno carotídeo izquierdo que provocó la pérdida de consciencia del doctor Trullols y su posterior caída hacia el asiento del acompañante del coche.
El Dr. Bartolo abrió la puerta y tras desplazar el cuerpo del Dr. Trullols se puso al volante y se dirigió hacia la salida del aparcamiento.
Una vez la cámara de la salida reconoció la matrícula la barrera se elevó franqueándoles el paso.
El utilitario del urólogo puso rumbo a la guarida del Dr. Bartolo.
El Dr. Bartolo miró fijamente a su víctima, levantó su mano derecha y con ella le propinó ligeros cachetes en las mejillas con la intención de despertarlo .
—Carlos, Carlos —siguió palmeando la cara del doctor que no respondía a los estímulos—. Despierta, que ya estás en casa. Venga, dormilón.
El Dr. Trullols parecía que empezaba a despertar de su letargo, aunque seguía estando desorientado, no recordaba qué le había pasado.
Lentamente su cerebro recuperó su funcionalidad y sus ojos se fueron acostumbrando a la potente luz que tenía sobre él.
Cuando su propiocepción le permitió ser consciente de su cuerpo, se dio cuenta de que estaba atado a lo que parecía ser una camilla y estaba completamente inmóvil.
«¿Dónde estoy? ¿Qué ha pasado?»
—Por fin se despierta mi invitado —dijo con alegría—. Me tenías preocupado, no sabía si te había puesto demasiada “anestesia”.
«¿Tú? ¿Qué me has hecho?»
—Bienvenido a mi humilde morada. Disculpa el modo en el que te he traído, pero no creo que hubieras aceptado la invitación a mi fiesta.
Permíteme que me presente. Soy el Dr. Bartolo, palabra esdrújula porque es en italiano, no llana como si fuera el tonto del pueblo.
También tendrás que disculparme por el estado de la mordaza, pero no he tenido tiempo de limpiarla bien y aún deben quedar restos de babas del Dr. Torres.
No sabes lo que me costó limpiar toda su sangre.
Casi cinco litros ensucian mucho —le explicó a su invitado con gran naturalidad.
El Dr. Trullols al escuchar las palabras de su captor empezó a sentir un miedo atroz.
Nunca había sentido con tanta intensidad que su vida corría peligro como en esos momentos.
El Dr. Bartolo le estaba confesando con gran sencillez que él había asesinado al Dr. Torres, lo que le hacía pensar que no dudaría en repetir su crimen con él.
—Seguramente te estarás preguntando qué estás haciendo aquí, por qué te he traído y qué va a pasar contigo, ¿verdad? —preguntó el Dr. Bartolo a su invitado sin mostrar emoción alguna.
«Pues claro que me lo pregunto, gilipollas» pensó el Dr. Trullols al mismo tiempo que intentaba verbalizarlo, pero la mordaza con restos de saliva del Dr. Torres se lo impedían.
—Discúlpame, Carlitos. No era consciente de que con esa mordaza no podías hablar —le dijo con sarcasmo ya que era muy consciente de que no podía articular ninguna palabra—. Si te parece bien, para que podamos entendernos utilizaremos el sistema que ya usé con el Dr. Torres, ¿de acuerdo?
El Dr. Trullols intentó hablar de nuevo, pero solo consiguió emitir gruñidos ininteligibles para su interlocutor.
—No te esfuerces, Carlitos, porque te puedo llamar Carlitos, ¿verdad? —esperó una respuesta que no llegó—. Mira, haremos lo siguiente, cuando yo te pregunte algo, si tu respuesta e NO, parpadeas una vez y si tu respuesta es SÍ, parpadeas dos veces, ¿lo has entendido?
El Dr. Trullols volvió a gruñir y no hizo caso a las indicaciones de su captor.
—No vamos bien, Charlie, no vamos bien —le cambió el diminutivo seguramente con la intención de desconcertarlo—. Es muy sencillo, uno es NO, dos es SÍ. ¿Ahora lo entiendes?
El Dr. Trullols parpadeó dos veces asintiendo y dejando ver sus pupilas puntiformes a causa de la intensa luz de la sala .
—Muy bien, Carlitos, veo que lo has entendido —dijo mientras aplaudía alegremente con la base de sus manos unidas entre sí al mismo tiempo que reía histriónicamente.
Si el Dr. Trullols ya estaba aterrorizado pensando en lo que le iba a pasar, ver el estado mental de su secuestrador le hizo entrar en un estado de pánico tal que le provocó una pérdida de consciencia.
—No, Carlitos —expresó con tristeza el Dr. Bartolo—. Si te duermes pierde toda la gracia, no me puedo divertir viendo cómo te acojonas. En fin, qué le vamos a hacer. Aprovecharé para preparar mi siguiente paso, aunque no sé, igual espero a que te despiertes y así puedes disfrutar conmigo.
El peso de la investigación había pasado, temporalmente, al comisario y al subinspector.
Este último se había unido a los agentes que hacían el seguimiento del Dr. Rojo, el jefe del servicio de cirugía cardiovascular, quien por su actitud se había ganado el título de sospechoso principal.
El día había transcurrido con mucha tranquilidad ya que el doctor, tras una noche de juerga, no había salido de su domicilio hasta pasadas las doce del mediodía.
Condujo su Porsche hasta el Hospital del Mediterrani de donde no salió hasta casi las dieciséis horas.
Mientras los dos agentes hacían guardia en el aparcamiento, el subinspector había accedido al hospital y había intentado seguir todos los pasos del sospechoso con extrema cautela.
Primero lo siguió hasta su despacho, posteriormente fue tras él hasta el quirófano, donde permaneció hasta que se dirigió a la cafetería del hospital.
Allí comió con un par de médicos a los que no conocía y después de tomarse dos cafés regresó a su despacho del cual salió a las quince cincuenta para dirigirse al aparcamiento y salir del hospital.
El subinspector se unió a los agentes de vigilancia y siguieron al doctor hasta el Club Hípic Barcino, donde aparcó su deportivo en una plaza que tenía reservada a su nombre.
Al observar este detalle, el subinspector pensó que iba a ser muy complicado incriminar al Dr. Rojo ya que alguien con aparcamiento a su nombre en un club tan elitista era una persona muy poderosa y con muchos contactos que iba a estar muy bien protegida.
El comisario por su parte se había dedicado, desde su despacho, a intentar obtener información de sus contactos en las altas esferas de la ciudad condal.
Tras hablar con diversos conocidos llegó a la misma conclusión que el subinspector: el Dr. Rojo era alguien muy bien conectado y su posición estaba casi blindada.
Pasadas las nueve de la noche la inspectora Sans llamó por teléfono a su compañero para interesarse por los avances que hubiera podido haber en la investigación.
Le explicó que acababa de abandonar el seguimiento del Dr. Rojo para dejarlo en manos de los agentes y se dirigía hacia Girona para descansar.
Le informó de lo que había acontecido durante la jornada y le expresó su pesimismo al intuir que la posición del sospechoso iba a dificultar mucho incriminarle si él era realmente el asesino.
Una vez puesta al día se despidieron y quedaron en verse el lunes, aunque si había alguna novedad contactarían con ella de inmediato.
Después de hablar con el subinspector Laura llamó al comisario con el que mantuvo una corta conversación ya que su jefe estaba reunido con alguien muy poderoso de la ciudad, pero tuvo el tiempo suficiente para transmitirle la misma desconfianza que sentía el subinspector .
Sus dos compañeros coincidían: apostarlo todo al rojo no iba a ser tan productivo como ellos pensaban. Ese viernes no era trece, lo había sido el anterior, pero buenas noticias no les había traído.
El Dr. Trullols volvió en sí después del cuadro vaso-vagal que había sufrido en el momento de mayor estrés que había tenido en su vida.
Tener la certeza de que iba a morir en ese lugar y a manos de ese loco había podido con él.
Estaba empapado en sudor y un frío helador recorría su cuerpo.
Intentó moverse en la camilla, pero le fue imposible.
Estaba muy bien amarrado por unos arneses que bloqueaban hasta el más mínimo movimiento que pudiera realizar.
Estaba intentando comprender por qué ese loco la había tomado con él cuando el Dr. Bartolo hizo aparición en la sala.
—Hombre, Carlitos. ¿Ya te has recuperado? Y sin atropina. Muy bien, machote —le habló con un tono burlón—. Bueno, bueno, bueno. Me tenías un poco preocupado, no sabía si se iba acabar nuestra diversión, pero ahora que veo que ya estás recuperado me siento aliviado.
El Dr. Bartolo se dirigió a una mesa auxiliar que tenía detrás del cabecero de la camilla y empezó a maniobrar con el instrumental que había allí dispuesto.
«Esto no, esto tampoco, ah, la sonda».
—Mira, Carlitos, ¿o debería llamarte Carlisto?
—le preguntó al mismo tiempo que le guiñaba un ojo—.
Porque todo el mundo en el hospital sabe que eres muy listo.
¿Uno o dos parpadeos? —esperó sin obtener respuesta—.
Está bien, no respondas, entiendo que echarse flores a uno mismo no es de buena educación —le dijo con ironía .
El Dr. Bartolo tomó una sonda vesical en sus manos y se aproximó a la parte central de la camilla. Cuando fue consciente de que no llevaba guantes dejó el artilugio sobre el cuerpo del doctor y volvió a la mesa auxiliar de la que tomó un par de vinilo de color azul y se los puso.