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La inspectora Sans se levantó esa mañana con migraña.
Era algo que la torturaba con más frecuencia de la que ella desearía.
Las situaciones estresantes las facilitaban y hacían que fueran más intensas que las que sufría en épocas en las que estaba más relajada.
Se asomó a la ventana de su pequeño apartamento y vio un magnífico cielo estrellado que la invitó a salir a pasear.
A esas horas, a finales de noviembre, el sol aún tardaría un buen rato en aparecer.
Se puso un chándal, sus Salomon de trekking y la chaqueta Ternua y salió de casa con la esperanza de que su migraña mejorara deambulando por el barrio, pero no lo consiguió.
Regresó a casa y tras pasar por la ducha se tomó su primer café, bien cargado, como de costumbre.
Una vez preparada salió de casa y se dirigió hacia la comisaria deseando de que a alguno de sus compañeros se le hubiera encendido una lucecita que recondujera la investigación, ya que ella estaba fija en el mismo punto muerto.
Tras pasar un momento por su despacho, se dirigió a la tercera planta donde ya le esperaban sus dos compañeros. El comisario les informó de que el seguimiento nocturno de los dos sospechosos no había dado ningún fruto.
Como que la orden de seguimiento de los sospechosos se había cursado ya muy avanzada la tarde, no se pudo localizar al Dr. Mateu.
La patrulla que se apostó delante de su domicilio les acababa de informar de que anoche no se le vio acceder a él y que hacía unos instantes había abandonado la finca conduciendo su coche, por lo que suponían que había permanecido toda la noche en su casa.
—¿Qué te ocurre, Laura? —preguntó el comisario a su compañera al ver que se estaba haciendo un masaje en su globo ocular derecho.
—La dichosa migraña, Jordi. Ya sabes que soy propensa a ellas y que me atacan cuando menos me conviene.
—El estrés y la tensión son un trigger para ellas —añadió el subinspector.
—¿Me lo dices o me lo cuentas? —respondió la inspectora algo molesta ya que bien sabía ella lo que le empeoraba sus jodidas migrañas.
—Lo siento, Laura, no quería molestarte.
—Perdóname tú a mí, David. Cuando tengo estos dolores de cabeza me es imposible no estar de mal humor.
—Bueno, una vez disculpados todos voy a ejercer de comisario y os voy a dar unas órdenes de obligado cumplimiento —dijo poniéndose serio.
—El subinspector Palau y un servidor se van a hacer cargo de la investigación mientras que la inspectora Sans se va a ir a su casa, va a hacer la maleta, se va a ir a Lleida a ver a su familia y no aparecerá por este despacho hasta el lunes, a no ser que la investigación dé un vuelco y su presencia sea requerida en esta comisaría.
—Pero, Jordi —exclamó sorprendida la inspectora.
—Ni peros ni peras. Tú necesitas descansar unos días más.
No has tenido tiempo de recuperarte del caso anterior y tu físico va a empezar a pasarte factura, y antes de que eso suceda, prefiero que te tomes el fin de semana libre y el lunes vengas en mejores condiciones, ¿entendido?
—argumentó el comisario con una mezcla de rotundidad y paternalismo en sus palabras.
—De acuerdo, Jordi. Quizá tengas razón y deba darme un respiro. A ver si el fin de semana me despeja la mente y el lunes vuelvo con nuevos bríos.
—Además, tus padres te lo agradecerán, que seguro que hace mucho que no los ves —añadió el comisario.
—Más de lo que ellos quisieran —confirmó la inspectora.
Tras despedirse y desearse buen fin de semana y buena investigación, la inspectora abandonó el despacho en el que sus compañeros siguieron centrados en el caso.