El anestesista insomne 14 #2
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—Sra. Cardós, como persona inteligente que creo que usted es «aunque a veces lo dudo», será capaz de entender que en una comparecencia de prensa sin turno de preguntas no se responden preguntas —le espetó el comisario sin la menor consideración.

—Pero, comisario, a mí me han convocado a una rueda de prensa —le respondió la periodista visiblemente molesta.

—El departamento de prensa del cuerpo de Mossos d’Esquadra ha convocado una comparecencia sin turno de preguntas y eso es lo que va a ser —insistió el comisario.

—No hay derecho, no pueden callar a la prensa —se indignó la Sra. Cardós y se sentó en una silla al mismo tiempo que tiraba al suelo el micrófono que llevaba en su mano.

—Les hemos convocado hoy aquí —retomó de nuevo la comparecencia el comisario Pou— para informarles sobre el hallazgo de un cadáver el pasado lunes 23 de noviembre en los bunkers del Carmel.

Se trata de un varón de cuarenta años que fue asesinado por alguien que le infligió una herida por arma blanca que provocó que se desangrara hasta morir.

No fue ningún vampiro el que le mordió el cuello y le chupó la sangre hasta vaciarlo.

Las huellas que presentaba el fallecido en el cuello no eran mordeduras, eran las quemaduras producidas por un táser, una pistola eléctrica que el asesino utilizó para dejar fuera de combate a la víctima y después poder usar el arma blanca con tranquilidad.

—Y, ¿por qué lo mató de ese modo? —preguntó otro periodista presente en la comparecencia.

—Desconocemos los motivos que llevaron al asesino a utilizar este método para acabar con la vida del fallecido, pero estamos investigando sobre ello —comentó con naturalidad el comisario.

—¿A él le permiten hacer preguntas y a mí no? —gritó la Sra. Cardós levantándose como un resorte de su silla.

—Sra Cardós, le ruego se comporte y se siente —le dijo el comisario con cierto retintín.

—Pero no es justo —continuó con indignación la periodista.

—Sra. Cardós, su inteligencia le permitirá entender que mi siguiente aportación era intentar explicar la motivación que pudiera tener el asesino para utilizar el método que usó, ¿no le parece? —añadió el comisario, a lo cual no obtuvo respuesta.

Tras un breve silencio en la sala, que pareció hacerse eterno, el comisario retomó la palabra para resumir de nuevo la situación y dar algunos detalles, como que el móvil fue económico, pero omitió que era a causa de unas deudas de juego y también ocultó que la víctima portaba en su boca el carné de médico colegiado, tras lo cual dio por finalizada la rueda de prensa y los dos policías abandonaron la sala y se dirigieron al despacho del comisario, hacia donde también acudió el subinspector .

—Le tenías ganas a la Cardós, ¿eh?, Jordi.

—No lo sabes tú bien, Laura. Siempre metiéndose por el medio.

Sus intromisiones han alarmado a la población en innumerables ocasiones con lo que nos ha dificultado muchas investigaciones.

En este caso espero que la gente entienda nuestras explicaciones y no haga mucho caso a esa vendepanfletos —se explayó a gusto el comisario.

—Así lo espero porque si al hecho de que la investigación no está siendo muy productiva añadimos una alarma social, la cosa puede ponerse muy cuesta arriba —añadió con cierto desánimo la inspectora.

—Si la investigación la centramos en las deudas de juego como el móvil del asesinato, ¿cuál va a ser el próximo paso que demos? —intervino el subinspector.

—Ya era hora de que dijeras algo. Estabas muy calladito, ¿no? —comentó la inspectora mientras esbozaba una sonrisa.

—Cuando hablan los grandes jefes, los buenos subordinados callan —respondió.

—Los rangos en mi equipo son secundarios, lo importante es trabajar juntos y todos en la misma dirección. Siempre lo he pensado y siempre lo pensaré —respondió el comisario.

—Doy fe de ello —atestiguó la inspectora—, pero entiendo que David lo decía porque no le ha salido nada mejor.

—Así es, compañera. Llevaba mucho rato sin practicar.

Los tres se pusieron manos a la obra para reorientar la investigación hacia el juego ilegal que tenía lugar en Barcelona con la intención de descubrir algo que pudiera incriminar a uno de los dos principales sospechosos por este motivo .

El primer paso que decidieron fue poner vigilancia a ambos, al cirujano general, el Dr. Andreu Mateu y al jefe de servicio de cirugía cardiovascular, el Dr. Carlos Rojo.

De ello se encargarían sus propios compañeros de la comisaría respetando sus turnos de trabajo.

Aunque su intención era implicar al menor número de agentes posible en la investigación, no les quedaba otro remedio que, en el segundo paso, solicitar ayuda al Àrea Central del Crim Organitzat, quienes eran los que podrían conocer mejor a las personas involucradas en las partidas ilegales de póquer que se celebraban en la ciudad.

Otro clavo al que decidieron agarrarse fue al de los confidentes de la policía. Muchas veces habían obtenido información muy valiosa para, si no cerrar los casos, reorientar en la dirección correcta algunas investigaciones que habían quedado encalladas.

Tras determinar las tres patas de la investigación, el comisario se encargó de contactar con crimen organizado, mientras que la inspectora y el subinspector se dedicaron a hablar con los confidentes policiales y a hacer una nueva visita a los dos sospechosos del crimen.

La vigilancia quedó a cargo de los agentes de la comisaría.

Durante el resto de la jornada intentarían obtener el máximo de información y se emplazarían a última hora de la tarde para poner sobre la mesa lo que hubieran averiguado.

Una vez finalizada la reunión el comisario se quedó en su despacho realizando las llamadas pertinentes, mientras que la otra mitad del equipo informó a los agentes del escamot de la nueva tarea que se les había encomendado e insistieron en la necesidad de trabajar con cautela y que intentaran pasar desapercibidos .

El resto del día lo dedicaron a hablar con diversos confidentes habituales y con los dos sospechosos.

Eran casi las ocho de la noche cuando se reencontraron los tres policías en el despacho del comisario con la esperanza de que el otro brazo de la investigación hubiera avanzado más que ellos mismos, ya que los resultados propios no eran muy halagüeños.

Tras servirse unos vasos de agua y sentarse a la mesa del comisario, expusieron sus hallazgos.

—He estado hablando con crimen organizado y me han dicho que tienen conocimiento de que el sábado pasado hubo una gran partida clandestina en un tugurio de Barcelona —introdujo el inspector sus conclusiones—, pero que esta información les llegó tarde y no pudieron detener a nadie.

Esa gente son personas muy poderosas y mueven ingentes cantidades de dinero por lo que son extremadamente cautelosas, toman muchísimas precauciones.

Las partidas cambian de ubicación constantemente y donde no llega la previsión llegan el soborno y la corrupción.

—Vamos, que por ahí no tenemos nada —resumió la inspectora.

—Efectivamente, Laura, así es —confirmó el comisario con pesar.

—Nosotros hemos interrogado de nuevo a los dos sospechosos y no hemos obtenido nada nuevo.

El Dr. Rojo se ha mostrado muy arrogante y chulesco y nos ha invitado a que demostráramos que él participaba en timbas ilegales o que había asesinado al Dr. Torres, todo eso mientras se tomaba un whisky —expresó con gran desconcierto el subinspector—.

Tiene una autoestima tan elevada, es tan narcisista y egocéntrico que le creo capaz de haber asesinado a su subordinado sin tener el más mínimo remordimiento —añadió.

—Jordi, el Dr. Rojo es el candidato perfecto. Tiene móvil, tiene las habilidades para haber ejecutado a la víctima tal y como se produjo la muerte y su perfil psicológico encaja con alguien capaz de cometer ese crimen —concluyó la inspectora.

—Pero hay un problema. No podemos demostrarlo. No hay pruebas que lo incriminen y aunque nunca nos ha expresado tener coartada, creo que le sería fácil encontrar a alguien que se la sirviera en bandeja. ¿Y en cuanto al Dr. Mateu? —finalizó el comisario.

—Sigue enrocado en el que de la cárcel se sale, pero de una tumba no.

—Está claro que el Dr. Rojo es mucho más influyente y que su personalidad es mucho más fuerte que la del Dr. Mateu.

Yo lo apostaría todo al rojo —bromeó el comisario con la intención de animar un poco a sus compañeros.

—Me alegra que conserves el sentido del humor, Jordi. Yo en estos momentos no soy capaz de ser tan positiva —le confesó la inspectora.

—Nunca viene mal una sonrisa —le dijo el comisario guiñándole un ojo—. ¿Los confidentes han aportado algo?

—La verdad es que sí —afirmó rotundamente Laura.

—¿Os habéis guardado lo mejor para el final? —preguntó el comisario entre molesto por no haber empezado por las buenas noticias y contento porque las hubiera.

—Varios confidentes con los que hemos hablado nos han asegurado que el sábado hubo una gran partida, como le han dicho desde crimen organizado, y que entre los participantes se incluían nuestros dos sospechosos —relató el subinspector.

—Pero ¡eso es magnífico! —exclamó el comisario.

—Lo es, pero solo en parte —respondió la inspectora bajando el soufflé .

—Que se confirme que hay una relación en torno al juego ilegal entre el fallecido y los dos sospechosos fortalece que este pueda ser el móvil del crimen, pero ni mucho menos nos lo confirma —argumentó el subinspector.

—Y el hecho de que la gran partida se celebrara la noche del sábado al domingo y que ambos sospechosos estuvieran presentes no les sirve de coartada ya que el crimen tuvo lugar el viernes por la noche o el sábado por la mañana y el abandono del cadáver la madrugada del lunes —remató la inspectora.

—Con lo cual estamos en el mismo punto, pero aumentan las posibilidades de que el crimen haya sido cometido por uno de los dos sospechosos, aunque no podamos demostrarlo —resumió el comisario la situación.

—Así es, Jordi.

—Pues llegados a este punto creo que deberíamos irnos a descansar y esperar a ver si el seguimiento al que vamos a someter a los doctores da sus frutos en un sentido o en otro.

—De acuerdo, comisario.

—David, creo que sería conveniente que empezaras a tutearme y llamarme por mi nombre.

—De acuerdo, Jordi. Intentaré tenerlo presente.

—Pues a intentar dormir bien y nos vemos mañana aquí mismo con la mente descansada para ver si se nos ocurre alguna otra vía de investigación .

Los tres policías se despidieron. El comisario aún permaneció un par de horas más en su despacho, ya que ese no era el único caso en el que trabajaba.

La inspectora y el subinspector decidieron hacer un alto en el camino y tomarse una cerveza en el bar que había en el chaflán frente a la comisaría.

Allí repasarían nuevamente la investigación, desatendiendo las indicaciones del comisario, pero no eran capaces de irse a sus domicilios sin darle una vuelta más al caso.

Tras una segunda ronda, decidieron levantar la sesión y regresar a casa para descansar y cargar las baterías para poder seguir con la investigación el día siguiente.