El anestesista insomne 13 #4
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—Doctor, ahora que habla de juegos de azar, ¿no jugará usted al póquer? —introdujo una nueva vía la inspectora ya que el símil empleado no le había parecido vacío.

—No es que sea muy amante de las cartas, pero alguna partidita sí que juego de vez en cuando.

—Y, ¿ha compartido mesa con el Dr. Torres en alguna ocasión?

—No sé a qué viene esa pregunta —intentó desviar la atención el Dr. Rojo.

—Pues viene a que el Dr. Torres jugaba partidas ilegales de póquer en las que perdía grandes cantidades de dinero y tenía deudas que no podía pagar —apretó la inspectora al doctor.

—¿Qué quiere decir, inspectora?

—¿Le debía dinero el Dr. Torres?

—¿Dónde estuvo usted el fin de semana, doctor? —le preguntó el subinspector sin darle tiempo a que respondiera.

—¿Qué están insinuando, que yo maté al Dr. Torres? Esto es inadmisible —respondió gritando al tiempo que se levantó de un salto de su butaca de cuero.

—Cálmese, Dr. Rojo —le invitó el subinspector a deponer su agresiva conducta.

—¡Que me calme! ¿Me están acusando de asesinato en mi propio despacho y quieren que me calme?

—No le estamos acusando de nada, solo le estamos haciendo unas preguntas, que si usted es inocente no debería tener ningún problema en contestar.

Ante el escándalo que había montado el Dr. Rojo entró por la puerta del despacho la secretaria alertada por los gritos.

—No ocurre nada, Judith. Estos señores ya se iban. ¿Puede acompañarlos, si es tan amable?

—Dr. Torres, no abandone el país sin notificarlo en comisaría —le disparó la inspectora con la mayor acidez de la que era capaz.

—Si quieren algo de mí, hablen antes con mi abogado, señores. Adiós —se despidió dándoles un portazo en la cara.

Los dos policías abandonaron el despacho del Dr. Rojo con una sensación extraña, una sensación de que igual habían descubierto algo, pero también con la sensación de que no les iba a servir para nada.

—Éntrele una tila al doctor, que la necesita —le dijeron a la secretaria al salir hacia el vestíbulo.

—Creo que ya no está acostumbrado a operar y no es capaz de controlar los nervios —añadió el subinspector.

Los dos compañeros se dirigieron hacia las escaleras para subir a la sexta planta con intención de hablar con el jefe de servicio de Medicina Intensiva, aunque no tenían apenas esperanzas de que ello les fuera a reportar ningún beneficio.

La ascensión se hizo muy larga ya que en cada rellano paraban para comentar la entrevista-interrogatorio del Dr. Rojo.

—Acabamos de hablar con el típico doctor salvavidas que se ama con locura y que piensa que por el hecho de ser médico está por encima de los demás —comentó el subinspector.

—Y puede que por encima de la ley —agravó la situación la inspectora.

—¿Tú crees, Laura?

—En estos momentos ya no sé qué creer, pero tengo la clara certeza de que este caso va a ser muy complicado de resolver.

—Los sospechosos con cierto peso que tenemos siguen siendo tres.

Hemos sacado de la ecuación al Dr. Guillen, pero a la Dra.

Bitrià y al Dr. Mateu les hemos añadido al jefe del eliminado, el Dr. Rojo.

Yo centraría la investigación en estos tres y si no conseguimos avanzar abriría el abanico a los demás candidatos de segunda. ¿Qué opinas, Laura?

—Que en realidad son cuatro, pero mientras nosotros no podamos hacer nada en el caso del Dr. Giró, estoy de acuerdo contigo; nos centramos en estos tres y luego ya se verá.

La conversación se acabó cuando accedieron de nuevo a la Unidad de Cuidados Intensivos.

Allí les recibió su jefe de servicio, el Dr. Pep Llorens, quien no era capaz de aportar nada nuevo al caso.

Los mismos argumentos y las mismas explicaciones.

Nada que disminuyera el elenco de sospechosos, pero al menos esta vez no había aumentado.

Aprovechando su estancia en cuidados intensivos decidieron volver a hablar con la Dra.

Bitrià y con la enfermera Jordà. A la primera le sugirieron la posibilidad de que tuviera una nueva pareja que hubiera ocupado el lugar del Dr. Torres y que le hubiera podido ayudar en el asesinato de su ex, pero tal y como fue el interrogatorio, no parecía lo más probable, de hecho, se les rio en la cara.

Además, con esas acusaciones consiguieron enfadar a la doctora y que les remitiera a su abogado para cualquier otra cuestión que hiciera referencia a la muerte del Dr. Torres.

En cuanto a la enfermera, nada nuevo que aportar.

La descartarían por completo si no aparecía ninguna evidencia nueva.

Cuando salieron de la U.C.I. el rugido de sus estómagos delataba que llevaban muchas horas a base de café y nada más.

Se les habían hecho las seis de la tarde y no se habían dado ni cuenta.

Laura propuso que fueran a comer algo y que después pasaran por la comisaría con la intención de redactar lo descubierto durante la jornada.

David le recordó a su compañera que ella había quedado con el comisario para hablar y comer algo en el Bar Bacoa.

No es que la inspectora lo hubiera olvidado, pero no estaba muy segura de querer reunirse con su jefe; aún estaba molesta con él por haberle bloqueado una parte de la investigación.

El subinspector la animó para que escuchara lo que su jefe tenía que decirle.

Estaba seguro de que sus explicaciones la convencerían.

El comisario Pou parecía una buena persona, respetable y muy íntegra.

La inspectora tomó los mandos de su Audi y telefoneó al comisario para informarle de que estaban de regreso.

Por lo visto ambos se habían saltado la comida del mediodía y decidieron, aprovechando que el Bar Bacoa hacía brasa las veinticuatro horas del día, que ese era buen momento para tener la conversación que tenían pendiente desde la mañana.

Cuando llegaron a la comisaría la inspectora dejó al subinspector, se despidieron y se dirigió hacia el restaurante. Cuando entró vio que el comisario ya la esperaba sentado a una mesa para dos en una zona tranquila del local.

—Hola, Jordi —saludó cuando llegó a la mesa.

—Siéntate, Laura, por favor —la invitó a sentarse al mismo tiempo que se levantaba de su silla por cortesía—.

Te he citado aquí, fuera de la comisaría porque quería explicarte una cosa sin que nadie pudiera escucharnos; ni tu nuevo compañero, del que me he llevado una muy buena impresión, ni el posible topo que pudiera haber en nuestro departamento.

—Tú dirás, Jordi, soy toda oídos —dijo sintiendo la necesidad de saber el motivo por el cual su compañero, pero jefe de todos modos, la había apartado de esa parte de la investigación.

—Te he pedido que no investigaras al Dr. Giró por un motivo de peso. No ha sido por azar o por un capricho mío. Como tú bien sabes, Barcelona es una ciudad en la que hay mucha gente con poder infinito —la inspectora asintió con la cabeza —y uno de esos personajes es un gran amigo mío.

—Y, ¿eso qué tiene que ver con nuestra investigación? —le interrumpió la inspectora.

—Laura, por favor, déjame que te lo explique con calma y lo entenderás.

—Discúlpame, Jordi. Continúa.

—Ese amigo mío, cuyo nombre y cargo obviaré, un día me llamó porque sospechaba que su mujer le estaba siendo infiel. Me pidió que lo investigara y eso hice. Tras varias semanas de seguimiento a su esposa conseguí confirmar las sospechas que mi amigo tenía. Le estaba siendo infiel.

—Pero…

—No, Laura. No me aproveché de los recursos de la comisaría.

Investigué por mi cuenta y en mi tiempo libre.

Mi amigo es un hombre muy poderoso, pero es una grandísima persona con la que me une una gran amistad y como sé que él haría todo lo que estuviera en su mano para ayudarme si lo necesitara, así lo hice yo con él porque creí que era lo que debía hacer.

—Y descubriste que el amante de la esposa de tu amigo era el Dr. Giró.

—Así es, Laura. Mi amigo tiene una gran reputación y ama a su esposa y lo último que quiere es que haya un escándalo a su alrededor. Como su esposa y Abel son muy discretos, prefiere que las cosas se mantengan tal y como están.

—Pero entonces, ¿por qué el Dr. Giró recurre a una empresa que crea coartadas?

—Porque él también está casado y no quiere que su esposa lo sepa. Y si tu siguiente pregunta es saber si el fin de semana lo pasaron juntos la esposa de mi amigo y el Dr. Giró, la respuesta es sí.

—Y, ¿cómo lo has sabido? —insistió la inspectora no pareciendo del todo convencida con las explicaciones del inspector.

—Laura, Laura, Laura. Veo que no te fías ni de tu madre. Está bien. Lo sé porque se lo pregunté a la esposa de mi amigo, pero tranquila, ella era conocedora de que yo estaba al tanto de la situación y no he tenido que destapar nada.

—Y por curiosidad, ¿dónde estuvieron? Cuando el Dr. Giró nos intentó colar lo de su viaje a Praga, David y yo intentamos adivinar dónde había estado realmente con su amante. Los lugares que salieron fueron la Costa Brava y la Cerdanya.

—La Cerdanya. Ahora es muy gratificante sentarse delante de una chimenea a tomar una copa de vino en buena compañía —se imaginó el comisario la escena al mismo tiempo que la relataba.

—Tienes razón, sería magnífico, pero me falta la casa, la chimenea, el tiempo y la compañía —respondió con cierta tristeza la inspectora.

—Bueno, aclarado el asunto del Dr. Giró, hay otra cosa que quiero comentarte —cambió de tema con cierta preocupación.

—Me estoy temiendo que no son buenas noticias.

—No, no lo son. He hablado con Joan Cardedeu…

—¿El magnate de los medios de comunicación?

—El mismo, y me ha dicho que solo va a poder detener a su reportera estrella, Mònica Cardós, unas cuantas horas más, por lo que, si no resolvemos rápido el asesinato, la cosa nos puede estallar en los morros.

—¡Joder! —exclamó la inspectora con rabia.

—Así es, Laura. Un problema añadido más. ¿Te sientes preparada para ello? —pretendió ser delicado con Laura.

—Jordi, la verdad es que no lo sé. Quizá debería haberte hecho caso y tomarme todas las vacaciones que me habías concedido.

—Todavía estás a tiempo. Yo puedo hacerme cargo de la investigación junto con el subinspector Palau —sugirió el comisario amablemente.

—Te lo agradezco en el alma, Jordi, pero tú tienes muchas cosas a las que dedicar tu tiempo y David, aunque es un tipo muy capaz, es nuevo en la ciudad y ese es un detalle muy importante en esta investigación —justificó así su negativa a abandonar el caso.

—Y volviendo a la investigación. ¿Alguna novedad?

—Sí y no. Hemos descartado uno de los sospechosos de la lista, pero hemos añadido a otro.

La inspectora resumió lo acontecido durante la jornada en el hospital mientras disfrutaban del menú a la brasa del Bar Bacoa.

—Por lo que habéis sabido hoy, el móvil del asesinato tiene dos posibilidades claras: el primer motivo es el laboral, es decir, todo lo que haya acontecido entre el Dr. Torres y el resto de los trabajadores dentro del hospital.

Y el segundo, tiene que ver con el juego y las deudas que el finado había contraído con dos de sus compañeros, el Dr. Mateu y su propio jefe, el Dr. Rojo.

—Eso parece lo más probable, Jordi, aunque hay una persona que se podría incluir en ambos grupos: su esposa.

—Tienes razón. La Dra. Bitrià es una sospechosa muy particular, pero no hay que descartarla por el momento.

Con la muerte de su esposo gana económicamente, pero no sabemos si también gana a nivel laboral.

No sabemos si tenía los mismos problemas médicos que sus compañeros, lo que sí tenemos claro es que no la acosaba sexualmente.

—Estoy completamente segura de que ella era foco de sus iras igual que sus compañeros si algún paciente que estuviera bajo su vigilancia no evolucionaba tal y como el Dr. Torres esperaba —afirmó con rotundidad la inspectora.

—Creo que vuelves a tener razón. Hagamos una cosa, ahora cada uno se va a su casa, nos tomamos una copa, nos hacemos una bañera, nos relajamos un rato y le damos un repaso al caso y mañana por la mañana a primera hora nos reunimos tú, David y yo en mi despacho y decidimos en qué dirección encaminamos la investigación, ¿te parece bien? —le propuso el comisario.

—Te tomo la palabra, aunque lo de la copa me lo voy a saltar, si no te importa —le respondió con una sonrisa.

—Pues ya me tomaré yo la tuya —rieron ambos.

Una vez pagada la cuenta salieron a la calle dónde se despidieron.

—Laura, si en cualquier momento necesitas un descanso, solo tienes que pedírmelo.

—Gracias, Jordi, así lo haré.

—¿Qué te parece si te tomas los fines de semana libres si la cosa no avanza y vas a ver a tu familia a Lleida? Si surgiera algo nos podemos encargar el subinspector y yo y si la cosa se pusiera al rojo vivo, en hora y media estás aquí.

—Jordi, creo que te voy a volver a tomar la palabra. Muchas gracias y nos vemos mañana.

El comisario volvió a su despacho y Laura cogió su coche y condujo hacia su apartamento.

Aprovechó el trayecto para poner al corriente a su compañero de las últimas órdenes del comisario: la bañera, la copa, la reflexión y la reunión de la mañana siguiente.

El subinspector acató las órdenes de buen grado, aunque como no tenía bañera se dio una larga ducha de agua caliente y se tomó una copa de Cassís que le regaló su amiga Carme de la Val d’Aran.