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—Tenga en cuenta que un jefe desde un despacho no tiene una visión directa de lo que pasa en la calle —la inspectora aún tenía muy presente la conversación con el comisario— perdón, en un quirófano, y era la manera de ganar tiempo para la investigación.
—Puede que tengan razón, pero en mi caso yo conozco muy bien a mis compañeros de servicio —evitó cualquier palabra que indicara que él tenía un rango superior a los demás—, no me paso los días en este despacho.
Entro en los quirófanos, me preocupo por su bienestar y su salud emocional.
Atiendo en la medida de lo posible sus gustos y prioridades.
No me olvido de que hace muy poco tiempo yo estaba en las trincheras con ellos, cuando el jefe era el Dr. Marrodán, y sé lo duro que puede llegar a ser nuestro trabajo —expuso con pasión y sin ningún tipo de resentimiento por haber sido relegado a un segundo plano en la investigación.
—Es usted una “ rara avis ” —dijo el subinspector—, por término general los jefes no tienen esa camaradería con sus subordinados y la necesidad de sobresalir y ser halagados es algo que los caracteriza —añadió .
—Miren, los anestesistas somos como la cara oculta de la Luna: todo el mundo sabe que existe, pero nadie la ve. Y es mejor así, porque cuando se nos ve no suele ser para nada bueno.
—Tiene usted razón, cuando se habla de los anestesistas es siempre porque ha habido un problema, nunca he oído a nadie que elevara a los cielos a ninguno —corroboró la inspectora.
—Yo siempre he dicho que nosotros tenemos que pasar desapercibidos, que nadie tiene que saber que hemos estado ahí.
Cuando acaba un partido de fútbol y nadie recuerda el nombre del árbitro es porque lo ha hecho bien.
Si nadie recuerda el nombre del anestesista es porque lo ha hecho bien.
El anestesista que no lo entienda así y quiera notoriedad que se dedique a ser estrella del rock.
Yo en mi equipo no quiero a ninguno así y le puedo asegurar de que no hay ninguno así.
—¿Con eso me quiere decir que tendríamos que descartar a todos los anestesistas de su servicio como sospechosos del asesinato del Dr. Torres? —intentó aclarar la inspectora.
—Poner la mano en el fuego por alguien es un poco arriesgado, inspectora, pero yo diría que sí.
—¿Y me está diciendo que no pondría la mano en el fuego por todos, pero sí por la mayoría de ellos?
—Así es inspectora.
—¿Cuántos anestesistas hay en su servicio, Dr. Guerrero?
—En estos momentos, treinta y cinco —respondió sin la más mínima duda.
—¿Treinta y cinco? ¿Y todos pasan por todos los quirófanos? —preguntó preocupada por la posibilidad de tener que interrogar a tantos profesionales .
—Inspectora, este hospital y su área quirúrgica son de alta complejidad por lo que dentro del servicio hay subespecializaciones. Es decir, no todos los anestesistas se dedican a todas las especialidades quirúrgicas.
—O sea, que no todos los anestesistas pasan por todos los quirófanos.
—Así es. Le pondré algún ejemplo. Hay especialidades que por su dificultad en el manejo del paciente requieren que el paso por ellas no sea puntual.
Precisan de alguien que esté allí mínimo tres o cuatro días a la semana para que el dominio sea total.
Entre ellas encontramos cirugía cardiovascular. También tenemos neurocirugía, torácica…
—Nos hacemos una idea, doctor —interrumpió la inspectora—, y el resto de la semana se dedican a otras especialidades de menor dificultad.
—Efectivamente. Lo cual reduce a seis los anestesistas que en estos momentos rotan por cirugía cardiovascular y por lo que sé ya han interrogado a uno de ellos.
—A dos —le corrigió la inspectora.
—El Dr. Martí, si se refieren a él, hace meses que no forma parte del equipo de cardiovascular.
— Y, ¿por qué lo retiró del equipo?
—Subinspector, los motivos son los mismos que tendría cualquier anestesista de esa especialidad, pero él ha sido el único que me lo ha solicitado.
Supongo que debía estar en un momento anímico difícil y le supondría un esfuerzo psicológico muy importante compartir quirófano con un personaje como el Dr. Torres —argumentó el Dr. Guerrero.
—Usted nos confirma lo que todo aquel con quien hemos hablado nos ha dicho, que el fallecido no se llevaba bien con nadie y que podemos descartar o inculpar a todo el mundo de la misma manera. Todos son sospechosos y no lo son con las mismas probabilidades.
—Si lo que quieren saber es si los anestesistas tendrían un motivo para matar al Dr. Torres, la respuesta podría ser sí o no, pero sería la misma para todos.
—Pues eso no nos ayuda mucho, la verdad —exclamó la inspectora.
—Lo único que puedo hacer es darles los nombres de los otros anestesistas del grupo y hablan ustedes con ellos a ver si pueden obtener alguna información que les sea útil.
Si creen que les puedo ayudar en algo más, me tienen a su entera disposición —les dijo el Dr. Guerrero que se levantó de su butaca y los acompañó hasta la puerta de su despacho.
—Muchas gracias, doctor. Así lo haremos.
Tras despedirse del Dr. Guerrero con cinco candidatos a asesino más en la lista y con la sensación de que la investigación estaba bloqueada porque la muerte del Dr. Torres era deseada por todo el mundo, se dirigieron a lidiar con el siguiente jefe de servicio, que seguramente no fuera de la amabilidad del responsable de los que trabajan en la cara oculta de la Luna.
Después de diez minutos dando vueltas por el hospital lograron dar con el despacho del Dr. Rojo, cuyo apellido sería más adecuado para el jefe de hematología que para el de cirugía cardiovascular.
La inspectora hizo una inspiración intentando relajarse por si la actitud del doctor era más agresiva de lo esperado y llamó a la puerta.
El despacho era de grandes dimensiones y muy bien iluminado.
Una moderna y enorme mesa de cristal estaba situada delante de una gigantesca ventana con vistas al mar.
Desde la puerta hasta las dos butacas orejeras que había delante de la mesa se extendía una magnífica alfombra persa que el doctor había traído de uno de sus viajes por Oriente Medio.
En uno de los laterales del despacho se ubicaba un mueble bar con una de esas cafeteras automáticas que muelen los granos de café para después obtener una espumosa bebida.
Las paredes se encontraban empapeladas con todos los títulos y diplomas que el Dr. Rojo poseía, haciendo ostentación de sus méritos.
Tras las presentaciones, el Dr. Rojo, sin levantarse de su butaca les invitó a sentarse y les ofreció un café. Ambos policías aceptaron por lo que el doctor descolgó el teléfono de su abarrotada mesa para llamar a su secretaria quien entró en el despacho y preparó las bebidas.
—¿En qué puedo ayudarles, señores? —preguntó el Dr. Rojo repanchingado en su butaca con aire de suficiencia.
—Como bien sabrá han asesinado a un miembro de su equipo, el Dr. Torres —le expuso incrédula ante la actitud del doctor.
—Cómo no. Las noticias vuelan. ¿Y qué desean saber que no hayan preguntado ya a todo el mundo sin ni siquiera pedir mi autorización para hablar con mi personal? —les soltó con prepotencia y chulería mirando al uno y al otro alternativamente.
—Nos gustaría conocer su valiosísima opinión sobre los motivos que podría tener el asesino para haber acabado con la vida del Dr. Torres —respondió con cierto retintín la inspectora.
—Inspectora, espero que entienda que yo soy el jefe del servicio de Cirugía Cardiovascular de este maravilloso hospital y que, si querían hablar con alguno de mis cirujanos por cuestiones relacionadas con el trabajo, lo más adecuado hubiera sido solicitar mi consentimiento con antelación, ¿no le parece así?
—le preguntó a la inspectora, ante lo cual ella reaccionó guardando unos instantes de silencio en los que seguramente se estaba mordiendo la lengua para no responder lo que su cerebro le estaba pidiendo.
—Tiene usted razón, Dr. Rojo, deberíamos haber hablado con usted en primer lugar —se adelantó el subinspector temiendo la respuesta de su compañera.
—Si se produce un nuevo asesinato de algún miembro de su equipo usted será el primero al que nos dirijamos antes de iniciar la investigación, Doctor —respondió la inspectora con una ironía nada disimulada.
—Está bien, señores.
«Y dale con lo de señores» le emergió este pensamiento a la inspectora al mismo tiempo que unas enormes ganas de estrangular al cirujano.
—¿En qué puedo ayudarles?
—Entre la gente que trabajaba con el Dr. Torres en el hospital, ¿hay alguien que tuviera motivos para asesinarle?
—Inspectora, creo que no puedo aportarle nada nuevo a lo que ya les han explicado. No creo necesario que les repita lo que ya saben.
—¿Qué podría decirnos del Dr. Guillén? No ha venido en toda la semana al hospital, en su domicilio no lo hemos podido localizar y no responde al teléfono —informó el subinspector.
—Normal y lógico. Si hubieran hablado conmigo en primer lugar antes que con enfermeras y otros personajes de este hospital, les hubiera informado de que el Dr. Guillén es el representante de nuestro servicio en el congreso mundial de cirugía cardiovascular que se está celebrando desde el viernes en Denver, Colorado, en los Estados Unidos.
No se le espera de vuelta hasta la próxima semana.
«Buena coartada. Lo eliminaremos de la lista» pensaron ambos policías al unísono.
—Y, ¿entre el resto de los miembros de su servicio no podría haber un candidato que sobresaliera sobre los demás, Dr. Rojo?
—Subinspector, si usted coge un dado y lo tira al aire, las probabilidades de salir de cada una de las seis caras, de los seis números, son exactamente las mismas.
Lo mismo sucede con los candidatos a asesino del Dr. Torres.
No hay ninguno que tenga más oportunidades, el dado no está trucado —intentó evidenciar el cirujano.