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—Así es, Jordi, pero deberíamos centrarnos en los más probables, de otro modo nos va a ser imposible llevar a cabo la investigación de una manera eficaz —admitió a su pesar la inspectora.
—¿Y cuáles son esos más probables según vosotros?
—Hay otra cosa que solo he mencionado en una ocasión y de refilón.
Yo opino que por el modo en que se llevó a cabo el asesinato, lo más lógico sería que el autor del crimen fuera una única persona.
No me resulta verosímil que dos o más personas se pongan de acuerdo para matarle de ese modo —afirmó el subinspector.
—Eso haría que, por sus cualidades físicas, de los tres que hemos mencionado anteriormente descartáramos a las dos mujeres —sugirió el comisario.
—En principio podría estar de acuerdo contigo, pero yo no descartaría a la exesposa. Tiene el móvil, las habilidades para el asesinato y podría tener un cómplice, una nueva pareja que le hubiera podido ayudar con el secuestro y traslado de su ex —manifestó con cierta prudencia la inspectora.
—Bien pensado, Laura. Entonces tenemos a la Dra.
Bitrià y al Dr. Mateu como principales sospechosos y entre los secundarios, al Dr. Guillén que es cirujano vascular y está en paradero desconocido y según vosotros al Dr. Giró porque de un modo visionario tenía a mano unas coartadas que parecen un poco “sospechosas”.
—Efectivamente, así lo creemos —afirmó la inspectora.
—Entonces volved a interrogar más en profundidad a todos los sospechosos, pero permitidme que la investigación del Dr. Giró la lleve yo personalmente —les solicitó cortésmente siendo en realidad una orden.
—¿Disculpa? —preguntó sorprendida e indignada la inspectora.
—Lo siento, Laura. No sé si la coartada del Dr. Giró es falsa como vosotros creéis, pero lo que sí sé, porque tengo conocidos en las altas esferas de Barcelona, que Abel es el amante de la esposa de uno de los hombres más poderosos de Barcelona y Catalunya y, a pesar de que él es conocedor de las infidelidades de su esposa, rodarían cabezas si fuera vox populi, por lo que os pido amablemente que me dejéis a mí esa parte de la investigación.
—Pero, Jordi…
—Es una orden — cortó tajantemente a la inspectora—.
Lo siento, Laura, pero es mejor así —continuó dulcificando el tono de voz—.
Si después de mis pesquisas no consigo que el Dr. Giró deje de ser sospechoso, no dudaré en que sigáis investigándolo como uno más, pero no me voy a arriesgar a que haya un terremoto en las altas esferas para que luego todo quede en agua de borrajas.
¿Me he expresado claramente, inspectora?
—Cristalinamente, comisario. Acataré sus órdenes —le respondió la inspectora intentando disimular su enfado.
—Laura, no te lo tomes a mal, pero si supieras de quién estamos hablando lo entenderías perfectamente —le dijo mientras le dio un pequeño apretón en el hombro.
—De acuerdo, Jordi. Tú sabrás mejor que yo lo que hay que hacer —aceptó la inspectora y se hizo un incómodo silencio.
Durante esta pequeña discusión el subinspector Palau había permanecido al margen.
Era muy consciente de que entrometerse en situaciones como esa solo le podía traer problemas, por lo que decidió esperar a que las aguas se calmaran para seguir con el listado de posibles sospechosos a investigar.
Cuando el silencio que se había creado empezó a alargarse decidió reiniciar la conversación.
—Si me lo permiten —se expresó con cautela— tras enumerar a los principales sospechosos, yo haría un resumen de los secundarios.
—Adelante, David.
—Entre los intensivistas hemos entrevistado a los doctores Feliu y Costa. Ambos tuvieron fuertes enfrentamientos con el fallecido y ninguno es capaz de ofrecer una coartada convincente, aunque según la enfermera jefe de la U.C.I. no sólo ellos tuvieron problemas con el Dr. Torres.
—Vamos, que los doctores con los que no han hablado seguramente les responderían lo mismo que estos dos.
—Así es, comisario.
—Y en cuanto a los anestesistas, tres cuartos de lo mismo.
Hemos hablado con el Dr. Martí y el Dr. Giró y nos han explicado situaciones similares y según la enfermera instrumentista titular del quirófano de vascular, Maria Gilart, ellos dos son solo un pequeño ejemplo de lo que ha sucedido con el Dr. Torres en el quirófano.
—Por lo tanto, los únicos sospechosos con algo de peso son: Bitrià, Andreu y Jordà, aunque yo quitaría a esta última de la ecuación, teniendo en cuenta todo lo que me han explicado de ella, y en su lugar introduciría al Dr. Guillén por su sospechosa situación de paradero desconocido. ¿Estáis de acuerdo?
—Coincidimos contigo, Jordi —aseveró la inspectora—. Si no necesitas nada más de nosotros iremos de nuevo al hospital para interrogar de nuevo a Bitrià y Andreu y quizá a algún otro doctor.
Sin más dilación ambos salieron del despacho del comisario y pusieron rumbo al hospital. Un silencio sepulcral llenó el vehículo, no hubo comentarios sobre el briefing, no hubo juego de matrículas, nada hasta que sonó el teléfono de la inspectora.
—¡Joder! El comisario. ¿Qué cojones querrá ahora? —dijo con un marcado tono de enfado.
—Responde y lo sabremos —le contestó su compañero en un tono conciliador con la intención de clamarla .
—Muy gracioso.
—Hola, Jordi. Dime, ¿qué hay de nuevo?
—Un par de cosas: la primera es que ha llamado el Dr. Vidal, el director médico del Mediterrani.
—Sí, lo recuerdo —le interrumpió Laura.
—El doctor sugiere que habléis con los jefes de servicio de anestesiología, cirugía cardiovascular y cuidados intensivos.
Por lo visto no se han tomado muy bien que pasáramos por encima de ellos en la investigación —lo dijo en primera persona del plural para que no pareciera una bronca a su subordinada.
—Será lo primero que hagamos al llegar al hospital. Y la segunda cosa…
—Que cuando acabéis vuestra jornada laboral quiero hablar contigo en privado, como compañeros del cuerpo de Mossos d’Esquadra, no como jefe y subordinada y si puede ser, fuera de la comisaría. ¿Te parece bien?
—Me parece perfecto. ¿Dónde propones quedar?
—¿En el Bar Bacoa? Así podemos comer algo, que durante las investigaciones se come poco y mal —propuso el comisario.
—Cuando acabemos te llamo y nos vemos allí. Supongo que reservas y pagas tú, ¿verdad?
—Por supuesto, Laura. Siendo tan espabilada es normal que hayas llegado a inspectora a una edad tan temprana —ambos rieron y la inspectora finalizó la llamada.
El subinspector Palau dejó pasar unos instantes antes de iniciar una conversación, creía que ella necesitaba algo de tiempo para recolocar sus emociones ya que había pasado del enfado a la risa con gran velocidad .
—Parece buen tipo el comisario —dijo para romper el silencio.
—Sí, la verdad es que lo es, pero me ha jodido mucho que me cortara las alas en la investigación.
—Es normal que te sientas así, pero ten en cuenta que Jordi —se atrevió por primera vez a llamarlo por su nombre— tiene muchos años de experiencia y atesora un gran conocimiento y una gran influencia en la sociedad barcelonesa, de otro modo no creo que te hubiera capado esa vía investigadora.
—Seguramente tengas razón, David.
—Y seguramente quiere quedar contigo en privado para explicarte lo que sabe sin que yo, un recién llegado, me inmiscuya en vuestra conversación —argumentó el subinspector—, pero eso no quita que mañana me expliques, sin detalles, lo que hayáis hablado.
—De eso puedes estar seguro. Será sin detalles —ambos rieron.
Una vez en el hospital subieron hasta la primera planta donde el Dr. Vidal, el director médico, les dio las indicaciones necesarias para que pudieran entrevistarse con los ofendidos jefes de servicio.
—No venía tanto a un hospital desde que mi padre estuvo ingresado tras un grave accidente de coche — explicó la inspectora—. Nunca me habían gustado, pero esa larga temporada hizo que los aborreciera.
—Y tu padre, ¿se recuperó bien?
—Por suerte sí. Todo acabó con la extirpación del bazo. Pudo haber muerto desangrado, como el Dr. Torres, pero pudieron salvarle la vida y la recuperación fue total —comentó con alivio.
—Esplenectomía.
—¿Cómo?
—Esplenectomía. Así es el nombre técnico de la extirpación del bazo —la aleccionó el subinspector.
—Vale, vale, pero no te hagas el chulito porque hayas estudiado una carrera de ciencias —ambos rieron, pero pararon automáticamente al recordar que estaban en un hospital.
—Mira, ese parece el despacho del jefe de anestesiología.
—Pues a qué esperas. Llama a la puerta —indicó la inspectora.
Una voz masculina y añosa les dio permiso para entrar en el despacho, un habitáculo decorado con gran austeridad.
Una enorme mesa situada delante de un gran ventanal presidía la sala de unos diez metros cuadrados.
No había cuadros ni títulos médicos, nada superfluo o innecesario.
Un archivador de grandes dimensiones situado en un rincón, la butaca del Dr. Guerrero y un par de sillas delante de la mesa era todo el mobiliario existente.
—Dr. Guerrero, supongo que está al corriente del asesinato del Dr. Torres, el cirujano cardiovascular, y que la investigación se centra en personal sanitario que posee habilidades técnicas especiales, como las que poseen los anestesistas —introdujo el tema la inspectora del modo más suave que conocía.
—Efectivamente, inspectora. Y por eso no entiendo el motivo por el cual no se han dirigido a mí en primer lugar y han interrogado directamente a diversos de mis anestesistas.
Yo les podría haber asesorado y hubieran podido conducir su investigación a sus objetivos de un modo más certero —se dirigió a la inspectora dando la sensación de que estaba molesto por haberse saltado la cadena de mando, aunque en realidad no era así.
—Dr. Guerrero —intervino el subinspector—, quizá tenga usted razón, pero las recomendaciones que teníamos eran de que habláramos con ciertas personas seleccionadas que podrían estar más familiarizadas con el día a día del fallecido.