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Durante esa noche la inspectora Sans solo había podido dormir a intervalos.
Como siempre que tenía un caso de asesinato entre sus manos su cerebro era incapaz de descansar bien por las noches.
Una y otra vez repasaba los interrogatorios, las pistas obtenidas, analizaba a los sospechosos, formulaba hipótesis y creaba nuevos escenarios.
En esta ocasión se añadía el hecho de haber concatenado, casi sin tiempo de recuperación, un caso que la había llevado hasta la extenuación con un nuevo asesinato que tenía visos de no ser fácil de solucionar.
Con el primer café del día ya circulando por sus venas se puso al volante de su coche y se dirigió hacia la comisaría.
Sin ser consciente de ello estaba jugando a hacer palabras con las letras de las matrículas: «Mira, un Hijo de la Gran …
HGP» pensó y comenzó a sonreír, «anda, “jódete”, JDT» —volvió a sonreír con cierta maldad, «joder, ahora en inglés…
FCK» estalló en carcajadas. «Se me va a dar bien este jueguecito de las matrículas.
Cualquier día le sorprendo con una bien compleja».
Unos minutos más tarde llegó a la comisaría y se dirigió directamente a su despacho dónde le estaba esperando el subinspector Palau con una taza de café.
—Jefa, aquí tienes. Recién sacado de la máquina .
—Muchas gracias, me acabo de tomar uno, pero ya necesito el segundo. Esta noche me ha costado dormir pensando en el caso. ¿Qué haces aquí tan pronto? Yo, como no podía dormir, he venido a la comisaría, ¿pero tú?
—A mí me ha pasado lo mismo. Me dormí pronto porque estaba agotado, pero sobre las 4 de la madrugada me he despertado pensando en el caso, y como he visto que no iba a poder dormir más, he decidido ir a correr un rato y venir a Barcelona tras una ducha, un café y un par de huevos revueltos.
—Ojalá me entrara algo más que café por la mañana. Mi estómago no se activa hasta mediodía.
—La verdad es que si no hubiera corrido unos cuantos quilómetros con el café estaría servido.
—Bueno, pues aprovechando que los dos estamos ya aquí podemos analizar la situación y después subimos a ver al comisario para ponerle al día del caso, ¿te parece?
—Me parece perfecto.
En el caso anterior que había llevado la inspectora Sans, el “asesino del crucigrama”, se habían producido filtraciones a la prensa que habían dificultado su resolución.
No habían encontrado el topo por lo que el comisario no quería que volviera a suceder y había sugerido reducir al mínimo la información que saliera del trío que formaban él mismo, la inspectora Sans y el subinspector Palau.
Con esa intención el subinspector había sido desplazado del despacho donde estaba ubicado el escamot y reubicado en el despacho de la inspectora, instalándole un ordenador en su enorme mesa.
Una vez organizadas las anotaciones y decidido el modo de exponerle al comisario la situación abandonaron el despacho y se dirigieron a la tercera planta .
El comisario les propuso que le expusieran de un modo muy resumido sus conclusiones tras los dos días de investigación.
—El Dr. Torres fue secuestrado por alguien que le disparó una pistola eléctrica en el lado izquierdo de su cuello—inició así la presentación del caso la inspectora—.
Suponemos que lo desplazó cierta distancia ya que para mantenerlo inconsciente el asesino le propinó diversas descargas eléctricas que el Dr. Mur observó en la autopsia —añadió.
—Una vez llegados al lugar del asesinato lo sujetó a una camilla, con casi total seguridad, y le canalizó diversos vasos —continuó el subinspector—.
Sin demorarse en exceso, según nos indica el forense, abrió uno de los accesos y dejó que se desangrara.
El Dr. Mur data la muerte entre las últimas horas del viernes y las primeras horas de la madrugada del sábado.
—Una vez desangrado y muerto, el asesino introdujo el cadáver en una nevera o lo dejó a la intemperie hasta que el lunes muy temprano lo trasladó hasta el Carmel, donde lo abandonó, casi completamente desnudo y con el carné del colegio de médicos en la boca —finalizó la explicación la inspectora.
—Un resumen muy conciso —les agradeció el comisario—, pero deberíamos ahondar en algún aspecto más.
—Por supuesto, Jordi. Esto era a modo de introducción, esto era sólo para plantear el caso —se defendió la inspectora—. Ahora miraremos de profundizar un poco más, pero me temo que hay pocas cosas claras.
—Adelante —les invitó el comisario retrepándose en su butaca .
—El coche del Dr. Torres abandonó el aparcamiento del hospital el viernes a las quince cuarenta y cinco de la tarde y no ha sido localizado hasta el momento, por lo que esto nos hace pensar que es muy probable que el asesino disparara la pistola eléctrica sobre el doctor a través de la ventanilla del conductor, de ahí las quemaduras eléctricas del cuello, cuando este se encontraba sentado al volante de su coche.
Una vez perdió el conocimiento, el asesino lo desplazó al asiento del acompañante y salió del hospital conduciendo él mismo el vehículo del fallecido.
—El hecho de que no hayan encontrado el coche del doctor en una ciudad como Barcelona no descarta que pudiera haber sido aparcado por su propietario y posteriormente sustraído por algún delincuente.
—Tiene razón, comisario, pero la opción del secuestro en el propio hospital nos parece más plausible.
—Estoy de acuerdo contigo, David. Seguid con vuestra teoría.
—El hecho de que la muerte se produjera al poco tiempo de la desaparición del doctor indica que la intención del asesino era matar a su víctima, no causarle sufrimiento innecesario —sugirió la inspectora.
—Y el hecho de que la muerte por desangre sea rápida e indolora apoya esta teoría.
—Muy bien, continuad. ¿Qué más podemos deducir con la información que tenemos?
—Como ya sabes, el cadáver fue encontrado con el carné de colegiado del doctor en la boca, lo que sugiere que no fue una muerte al azar, su condición de médico es clave en los motivos para el asesinato —indicó la inspectora.
—¿Y qué motivos podrían ser esos ?
—Si no te importa, comisario, ese aspecto lo trataremos más adelante.
—Como desees, Laura.
—Gracias. El modo en el que ha sido asesinado, indica que su asesino tiene conocimientos médicos que no poseen todos los sanitarios, por lo que las sospechas nos llevan al hospital donde trabajaba el Dr. Torres —asintió con la cabeza el inspector recordando que sobre esa conclusión ya habían hablado—además parece paradójico que un cirujano cardiovascular muera desangrado.
—Allí hemos entrevistado a enfermeras y médicos y todos concluyen que el Dr. Torres tenía multitud de enemigos.
—¿Qué tipo de enemigos, David? —intentó aclarar el comisario.
—De todo tipo, Jordi —prosiguió la inspectora—, y aquí es donde entran los motivos que querías saber. El Dr. Torres tenía un gran ego profesional y había tenido encontronazos muy graves con muchos profesionales: anestesistas, intensivistas, compañeros de servicio…
—¿Qué tipo de encontronazos? —interrumpió el comisario.
—Disparidad de criterios en las técnicas quirúrgicas, acusaciones de no tratar de la mejor manera a sus pacientes durante las cirugías y en los cuidados del postoperatorio y, diversas situaciones más que en varios casos hicieron que llegaran a las manos con algunos profesionales.
—Entiendo. Él era un ser superior y los demás le hacían quedar mal porque arruinaban el éxito de sus grandes actuaciones en quirófano .
—Efectivamente, así es. Narcisismo en su mayor exponente —catalogó el subinspector apoyado en su licenciatura en psicología.
—Pero la cosa no acaba ahí. Dicen que tenía una gran debilidad por las mujeres y eso le llevaba a acosar físicamente a cualquier trabajadora que le pareciera atractiva. Tocamientos, proposiciones deshonestas, todo tipo de abuso de autoridad con connotaciones sexuales.
—Una joya el Dr. Torres lo mires por donde lo mires.
—Sí, pero seguimos para bingo. Y hablando de juegos, el Dr. Torres tenía entre sus pasatiempos el póquer, pero no a nivel partidita entre amigos un sábado noche después de una buena cena.
—¿Por qué no me sorprende?
—Según se comenta en el hospital, el doctor había perdido grandes cantidades de dinero en partidas ilegales y no había podido o no había querido hacer frente al pago de sus deudas y uno de sus mayores acreedores es un cirujano del mismo hospital, el Dr. Andreu Mateu.
—Vaya, vaya. Un motivo más para no desearle el bien a nuestra víctima —comentó jocosamente el comisario.
—Pues hay otras personas con otros motivos para no quererle bien, o más bien quererle mal.
La primera y principal, su exesposa, la Dra.
Carme Bitrià, a la que había sido infiel de un modo continuo, siendo conocedor de ello todo el hospital, y a la que no pagaba manutención alguna por el hijo que tenían en común.
—La humillaba públicamente y desatendía a su hijo —resumió el subinspector—, por lo que su muerte la resarciría de la ofensa continua y le haría obtener una pensión de viudedad para que ayudara muerto lo que no había ayudado vivo en el cuidado de su hijo.
—Es un buen motivo —admitió el comisario.
—Y por último tenemos a una enfermera, Rosa Jordà. Ella se enamoró locamente del Dr. Torres, él la engatusó y ella fue incapaz de ver lo que todo el mundo decía de él. La cosa fue bien hasta que la enfermera quedó embarazada y el Dr. Torres la abandonó.
—Me habéis hablado del Dr. Mateu por las deudas de juego, de su exesposa y de la enfermera a la que dejó embarazada, pero del resto de profesionales no me habéis dado ningún nombre.
—Tiene razón, comisario.
Ambos policías relataron todo lo que hasta ese momento no le habían explicado de la investigación con todo lujo de detalles: nombres de los anestesistas, intensivistas, cirujanos cardiovasculares, motivaciones que pudieran tener todos ellos, coartadas…
—El resumen es que en este caso hay más sospechosos que días tiene el año, ¿no? —concluyó el inspector.