11 #4
—Mi relación con él era nula. Hacía mucho tiempo que no coincidíamos en un quirófano ni en ningún otro sitio.
—Desde el lunes 6 de abril de este año —puntualizó la inspectora.
—Sí, diría que desde ese día. ¿Y cómo saben eso?
—Porque saber las cosas es nuestro trabajo y lo sabemos hacer muy bien. ¿Qué ocurrió aquel día? —cuestionó la inspectora.
—Aquel día el Dr. Torres puso en peligro la vida de su paciente por no esperar a que todo estuviera preparado para iniciar la cirugía, pero como tenía unas manos divinas todo acabó bien, pero demostró un gran desprecio por el trabajo de los demás miembros del equipo y eso pudo haber acabado muy mal para el paciente.
Yo me enojé muchísimo con él. Cuando acabó la intervención salí del quirófano y me dirigí al vestuario.
Allí me dejé ir y solté algún grito y pegué una patada a la puerta de una taquilla…
—Y, ¿después que hizo? —le interrumpió la inspectora.
—Después de cambiarme me dirigí al despacho de mi jefe y le pedí, le exigí, que nunca más me pusiera en quirófano con el Dr. Torres. Él lo entendió y nunca más hemos coincidido .
—Por lo que veo es usted un hombre con mucho carácter.
—Subinspector, soy un hombre con un gran pronto, pero nada más. Aquel día hubo mucha tensión en el quirófano y tuve la necesidad de liberarla, pero nada más. De eso hace ya mucho tiempo y el hecho de no haber coincidido más con el Dr. Torres consiguió que todo se enfriara.
—Pero, usted sabrá que la venganza es un plato que se sirve frío.
—Para frío el que hace estos días en Barcelona, inspectora.
—¡Doctor!
—¡Inspectora!
—¿Dónde estuvo usted este fin de semana? —aprovechó el subinspector para reconducir la situación.
—Este fin de semana he hecho diversas actividades al aire libre, como correr por Collserola, pasear por la playa o comerme una paella en la Barceloneta mientras ha hecho buen tiempo.
Y en casa he estado leyendo, escuchando música y tomando notas para una novela que tengo intención de escribir, pero no he tenido tiempo para matar a nadie.
—Doctor, déjese de historias y de novelas. ¿Hay alguien que pueda corroborarlo, alguna pareja? —preguntó la inspectora con algo más de intención que saber si había estado sólo o no.
—No, he estado solo todo el fin de semana. Y ahora, si me disculpan, hay un paciente que requiere mi atención.
—Por supuesto, doctor. Vaya, vaya, pero no deje el país .
—No se preocupen, no lo haré. Si necesitan algo más ya saben dónde encontrarme —abandonó la sala y se dirigió hacia su quirófano.
—Es una lástima que sea gay, porque está de muy buen ver.
—Laura, que es un sospechoso.
—Y además tiene carácter, algo que me encanta en los hombres.
—Pero si es gay y tiene pareja, Laura.
—Ha estado todo el fin de semana solo, David.
—Pero eso no implica que no tenga pareja, Laura.
—Tienes razón. Vamos a dejarlo ahí. ¿Qué opinas de él? Como sospechoso, quiero decir.
—La verdad es que de los que hemos entrevistado es el que me parece que tiene menos números para ser el asesino.
Tiene los mismos motivos que los demás, pero estos se remontan a hace más de seis meses y aunque tenga mucho carácter sólo es una olla a presión que estalla y luego pierde toda la fuerza.
—Eso mismo opino yo. ¿Vamos a ver si han localizado al Dr. Mateu?
—Vamos.
Tras desvestirse y abandonar el área quirúrgica de la cuarta planta se dirigieron al despacho que les habían asignado para los interrogatorios. Allí les estaba esperando un doctor vestido con camisa y corbata y una bata por encima.
—¿Dr. Mateu?
—Sí, soy el Dr. Andreu Mateu y me han dicho que querían hablar conmigo ¿En qué puedo ayudarles? —se ofreció a colaborar con gran amabilidad .
—Supongo que es conocedor del asesinato del Dr. Torres, ¿verdad? —le preguntó la inspectora sabiendo que no iba a sorprender al doctor.
—Sí, me enteré ayer por la tarde. Una gran pérdida. —respondió fingiendo aflicción.
—Doctor, disculpe que no crea su dolor, porque todo el mundo sabe que el Dr. Torres no era santo de la devoción de nadie que lo conocía, y por lo que sabemos a usted le debía mucho dinero. No nos haga perder el tiempo con falsos sentimientos de tristeza —le amonestó la inspectora.
—Inspectora, el Dr. Torres y yo no éramos lo que se dice amigos, pero compartíamos gustos y aficiones, por…
—El póquer y las apuestas, ¿verdad? —le interrumpió el subinspector.
—Bueno, nos gustaba jugar a las cartas y que hubiera algo de dinero de por medio le daba un poco más de emoción.
—Hay rumores en el hospital de que el Dr. Torres le debía mucho dinero y que no parecía tener intención de pagarle. ¿Cuánto dinero le debía?
—Me debía mucho dinero, más del que podía devolverme, es cierto, pero eso no es motivo para que le matara, si eso es lo que están insinuando. Que me debiera dinero era motivo para que quisiera que permaneciera con vida. Que yo sepa los muertos no pagan sus deudas —sonrió maliciosamente.
—Cierto, los muertos no pagan lo que deben, pero si uno sabe con certeza que no va a recuperar su dinero, una forma de resarcirse podría ser asesinando al deudor, ¿no cree, Dr. Mateu? —sugirió la inspectora .
—¿Me están acusando formalmente del asesinato de mi compañero de hospital y de partidas de cartas?
—Todavía no, doctor, pero como podrá entender, usted es una de las personas que más motivos podría tener para desear su muerte si estaba seguro de que no iba a cobrar la deuda. ¿Dónde ha estado este fin de semana?
—He estado muy ocupado —respondió evasivamente.
—¿Haciendo qué? —insistió el subinspector.
—Disfrutando de mis hobbies en buena compañía.
—¿Jugando a las cartas?
—¡Bingo!, bueno, ¡Póquer! —dijo riéndose claramente de ambos policías.
—No le tolero que se ría de nosotros, doctor —le increpó la subinspectora levantándose de la silla.
—Discúlpeme, inspectora, pero su acusación no se sostiene de ninguna manera.
—Todavía no le hemos acusado de nada. ¿Con quién estuvo jugando a las cartas? —exigió la inspectora elevando el tono de su voz.
—Inspectora, entre nosotros, —descendió el volumen de voz como si fuera a explicar un secreto —las timbas en las que participo son ilegales, como ya habrá supuesto, y la gente con la que comparto mesa no se tomaría muy bien que sus nombres llegaran a ser sabidos por la policía…
—Doctor, vaya al grano, por favor.
—Pues que preferiría que me condenaran por el asesinato del Dr. Torres antes que desvelar el nombre de la gente con la que me juego el dinero. De la cárcel se sale, pero de una tumba no.
—¿Tan peligrosa es esa gente ?
—Peligrosa y poderosa. No sé si tienen algo más que preguntarme, pero les aseguro que yo no tengo nada más que responder si no es en comisaría y en presencia de mi abogado. Bona tarda —el Dr. Mateu se levantó de la silla y abandonó el despacho dejando a los policías con la palabra en la boca.
—Este tío tiene mucha calle, demasiada —afirmó turbada la inspectora.
—Va a ser un hueso duro de roer. Si él es el asesino nos va a costar demostrarlo —convino el subinspector.
—David, estoy hambrienta y un poco cansada. Si te parece bien podemos ir a la cafetería a comer algo mientras esperamos que llegue el turno de tarde en cuidados intensivos.
—Me parece una idea genial. Yo también estoy cansado y hambriento. El desayuno de esta mañana en Girona me parece que fue ayer de lo lejos que lo siento y de lo vacío que está mi estómago.
La inspectora Laura Sans y el subinspector David Palau se dirigieron por las escaleras a la cafetería de la octava planta, donde degustaron el menú del día sentados a una mesa situada frente a uno de los ventanales que ofrecía unas impresionantes vistas del Mediterráneo, mar que da nombre al hospital donde se centraba la investigación.
Tras tomarse dos cafés cada uno y esperar para dar tiempo a que enfermería hiciera el cambio de turno, se decidieron a bajar a la U.C.I.
—Bona tarda, inspectora Sans y subinspector Palau —les saludó cortésmente la enfermera jefe.
—Bona tarda, Marta. ¿Recuerda nuestros nombres ?
—Sí, inspectora. Tengo facilidad para recordar nombres y caras. ¿En qué puedo ayudarles hoy?
—Ayer nos comentó que en el turno de tarde trabajaba una enfermera que había tenido una relación con el Dr. Torres y que la dejó en cuanto supo que estaba embarazada.
—Efectivamente, Rosa Jordà. Supongo que han venido porque quieren hablar con ella.
—Exactamente, Marta.
—Ahora mismo le digo que venga.
Transcurridos unos minutos hizo acto de presencia una enfermera joven, de unos veinticinco años, alta, delgada, de una gran belleza, pero que parecía ser muy tímida.
— Soy Rosa Jordà y me ha dicho mi jefa que quieren hablar conmigo —se presentó hablando con voz baja y pausada confirmando su timidez.
—Efectivamente. Sabemos que tuvo una relación con el Dr. Torres y que la dejó en cuanto supo que estaba embarazada.
—Sí, así es.
—Disculpe, Rosa, pero me cuesta entender que una mujer de su belleza pudiera tener una relación con un hombre que acosaba a las mujeres y que era catalogado como una mala persona por todo el que le conocía.
—Eso me han dicho siempre mis compañeras —respondió bajando la cabeza avergonzada.
—Intente explicarnos qué tipo de relación tenían, cómo empezaron, cómo la trataba.
—Yo soy una mujer muy tímida «lo habíamos notado», me cuesta relacionarme con la gente y él era una persona muy segura de sí misma, desprendía autoconfianza y era tenía cierto atractivo.
Un día se me acercó y fue muy amable conmigo.
Me invitó a tomar una copa y eso era algo que no me solía suceder por lo que decidí aceptar.
—Y acabaron teniendo una relación.
—Así es. Estuvimos un tiempo juntos. Al principio fue muy bonito, me trataba con dulzura, me llevaba a buenos restaurantes, incluso una vez hicimos un picnic en la playa para ver la puesta de sol «¿estamos hablando de la misma persona?
», pero cuando empecé a ganar algo de peso la cosa empezó a cambiar.
—¿En qué sentido cambió?
—Ya no quería llevarme a ningún sitio, no me llevaba a restaurantes ni paseábamos por la playa. Sólo quería acostarse conmigo —se quedó en silencio mientras de sus ojos brotaban las lágrimas.
—¿Está bien, Rosa? —intentó consolarla la inspectora tomándola de la mano.
—Sí, gracias, inspectora.
—¿Necesita un descanso, un poco de agua? —sugirió el subinspector.
—No, gracias, puedo continuar. Yo pensé que mi aumento de peso se debía a retención de líquidos y a que mis menstruaciones nunca han sido regulares, pero no era normal.
En esta situación él empezó, o volvió a tener asuntos con otras mujeres y no hacía lo más mínimo por ocultarlo.
Una vez que se lo eché en cara me dijo que él era como Don Juan y que yo no lo entendía, que lo suyo no era engaño, que era un deber que tenía con las mujeres.
Incluso me recitó una poesía para justificarse.
—Por curiosidad, ¿qué le dijo?
—El muy cabrón, perdón —dijo tapándose la boca con una mano— me citó las palabras de Don Giovanni .
Todo es amor.
El que es fiel a una sola.
Es cruel con las otras;
Yo, que siento en mí.
Tan vasto sentimiento,
Las quiero a todas;
Las mujeres,
Como no saben reflexionar,
A mi buen natural llaman engaño.
«El muy cabrón. Tiene razón la enfermera» pensó la inspectora.
—Y su relación, ¿hasta cuándo duró?
—Hasta que mis sospechas de que estaba embarazada se confirmaron. En cuanto se lo dije, me abandonó.
—Y, ¿cuánto hace de eso? —quiso saber el subinspector.
—Pues mi hijo tiene ahora dieciocho meses, por lo que calculo que hará dos años aproximadamente.
—Y en este tiempo el doctor no se interesó ni por usted ni por su hijo, ¿estoy en lo cierto?
—Así es, inspectora. Nunca se preocupó por su hijo, ni siquiera llegó a conocerlo.
—Y, ¿cómo se ha sentido usted por el trato recibido, o más bien por la ausencia de relación con el doctor?
—Profundamente triste. No creí que fuera a terminar así nuestra relación. Todo el mundo me lo advirtió, pero fui incapaz de verlo hasta que sucedió.
—Y su muerte, ¿qué ha supuesto para usted?
—La verdad es que en mi estado anímico he sido incapaz de sentir nada. Ni tristeza ni alegría, ni alivio ni pesadumbre —la enfermera se expresaba cada vez con menos energía y más tristeza.
—Rosa, creo que ya la hemos hecho recordar demasiado y no le estamos ayudando mucho. Gracias por dedicarnos unos minutos. Cuídese y sea fuerte.
—Muchas gracias, inspectora. Eso intento.
Tras despedirse de la enfermera se dirigieron hacia el aparcamiento del hospital con intención de coger el coche de la inspectora e ir al domicilio del Dr. Guillén, la ubicación del cual había recibido el subinspector vía WhatsApp.
—Yo la descartaría por completo. Creo que es incapaz de haber asesinado a ese hombre.
—Así lo creo yo también, Laura. Siento que seguía enamorada de él y la pena es mucho mayor que el odio que pudiera tener hacia ese ser despreciable.
—No entiendo cómo hay personas que pueden estar tan ciegas ante las cosas y tan sordas antes las palabras de los que les rodean.
—Amor, Laura, eso es el amor. Anda, arranca que se nos está haciendo de noche.
—¿Dónde vamos?
—Sant Cugat del Vallès. Yo te guío.