El anestesista insomne 11 #3
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—¿Dónde ha estado este fin de semana, Dr. Giró? —cambió bruscamente de tema la inspectora.

—¿Cómo? ¿De verdad piensan que porque ese gilipollas se pusiera como un energúmeno por pensar que yo le había suspendido un paciente para irme de viaje iba a asesinarlo? ¡Esto es increíble! —exclamó el Dr. Giró muy indignado.

—Doctor, hay gente que ha sido asesinada simplemente por haber mirado a la pareja de la persona equivocada.

—Miren —dijo sacando el teléfono de su bolsillo y mostrándoles unos documentos— aquí tengo los billetes de avión y la factura del hotel de Praga en el que he pasado el fin de semana. Volé el viernes a las 16:30 y regresé el domingo a las 23:00. ¿Tienen suficiente con esto?

—¿Y su esposa podrá corroborarlo? —preguntó la inspectora sabiendo que iba a incomodar al Dr. Giró ya que lo más probable es que no fuera al viaje con su esposa.

—Eh, la verdad, es que…

—Es que no fue con su esposa —le acabó la frase la inspectora.

—No, la verdad es que no —le confirmó el doctor con cierto destello de vergüenza en la voz.

—Y esa persona con la que fue de viaje, ¿lo podría confirmar?

—Sí, podría confirmar que pasó el fin de semana conmigo, pero preferiría no involucrarla si no es necesario. Es una mujer casada y si se supiera la noticia podría causarle un daño innecesario —se expresó en un tono suplicante.

—Nosotros tampoco queremos causar ningún daño innecesario a nadie. Por el momento nos quedaremos con su versión de los hechos, pero no dude que hablaremos con esa mujer si las pesquisas nos llevan en esa dirección.

—Les agradezco que la mantengan al margen. Es una gran mujer que está pasando un infierno en su matrimonio y no se merece sufrir más —añadió el doctor.

—No hace falta que nos dé más explicaciones sobre ella. Si necesitamos saber algo más nos pondremos en contacto con usted, ¿de acuerdo?

—De acuerdo. Muchas gracias —el doctor se levantó de la silla y se dirigió hacia la puerta del despacho.

—Otra cosa. No salga del país sin notificárnoslo —añadió el subinspector.

—Así lo haré.

Ambos policías revisaron sus anotaciones y apuntaron algún dato más sobre el Dr. Giró.

—¿Qué opinas, Laura?

—Seguramente sea cierto lo que explica, que estuvo en Praga con su amante, pero no creo que lo debamos descartar del todo.

—Pero nos ha mostrado los billetes de avión y la factura del hotel —le replicó el subinspector.

—David, ¿te suena la web “tucoartada.com”?

—¿Cómo?

—Hay una web que se dedica a crear coartadas falsas a gente que básicamente es infiel a su pareja.

De este modo pueden vivir sus aventuras sin riesgo de que les pillen.

Billetes de avión, facturas de hoteles, entradas a museos, visitas a lugares como la Tour Eiffel y un largo etcétera de posibilidades.

—¡Cojones! Desconocía esa industria.

—Y el modo como el doctor ha recurrido a la coartada me ha hecho pensar en que fuera falsa.

—Y de la misma manera que se puede utilizar para tapar una aventura, también se puede usar para encubrir un asesinato.

—Eso es lo que he pensado yo.

—Y lo de que su amante es una mujer casada, a la que le haría mucho daño que su aventura saliera a la luz, es una manera de frenar nuestra investigación.

—¡Correcto! —corroboró la inspectora dando un pequeño golpe en el hombro del subinspector —veo que has pillado por donde iba mi teoría. Aunque de ser cierto, lo más probable es que no hubieran salido de Barcelona, como mucho habrán ido a algún hotel de la Costa Brava o de la Cerdanya.

—Seguramente tengas razón. ¿No habrás utilizado tú esa web alguna vez? —rieron ambos a carcajadas.

—No, hombre, no. Una vez vi un reportaje sobre ese tema en la tele y me pareció que más de un sospechoso podría querer colarnos una de ellas, pero hasta hoy no había topado con nadie que lo intentara.

En ese momento alguien dio unos toques en la puerta del despacho y pidió permiso para entrar.

—Hola de nuevo —dijo la enfermera Maria Gilart. He intentado localizar al Dr. Guillén y me han dicho que desde el viernes no le han visto por el hospital.

«Muy oportuno» pensaron ambos policías al unísono.

—Y el Dr. Martí dice que él no puede abandonar el quirófano para venir a hablar con ustedes, que si quieren hablar con él vayan al área quirúrgica de la cuarta planta y que cuando pueda les atenderá si aún siguen interesados en hablar con él —añadió la enfermera.

—¡Será capullo el tío! —exclamó verdaderamente enfadada la inspectora— ¿Quién cojones se cree que es para decir que no viene a hablar con nosotros?

¿Y encima que si queremos algo que vayamos nosotros?

Pues vaya dos. Entre el que no ha venido al hospital y el que no quiere hablar con nosotros se están ganado a pulso el título de sospechosos principales.

—Gracias, Maria. No se preocupe, ya nos las arreglaremos.

—¡¿Cómo que ya nos las arreglaremos?! —dijo la inspectora fuera de sí .

—Laura, cálmate —David sujetó por los brazos a su compañera— la he invitado a salir porque no quería que te viera en este estado de descontrol. Cálmate, por favor.

—¡Suéltame! Ya me calmo —hizo una inspiración profunda y liberó el aire de sus pulmones muy lentamente—. Tienes razón, David. No debería haber reaccionado así. Quizá el comisario tenía razón cuando me decía que era pronto para reincorporarme, que debería haber agotado mis vacaciones.

—Puede ser, pero por lo que te conozco no vas a dejar el caso, por lo que intenta relajarte lo que te sea posible y yo te ayudaré en lo que pueda.

—Gracias, David. Si al final va a ser una suerte que seas psicólogo.

—No lo dudes —ambos sonrieron más relajados—. ¿Vamos a ver al Dr. Martí?

—Vamos.

Tras salir del despacho de la coordinadora de quirófano se dirigieron hacia las escaleras que les conducirían al cuarto piso. En el área quirúrgica de dicha planta les atendió un celador que les dio la ropa necesaria para entrar y les acompañó hasta una pequeña sala.

—Voy a avisar al Dr. Martí de que están aquí y en cuanto pueda vendrá a hablar con ustedes —les indicó el celador al mismo tiempo que abandonaba la sala.

—Muchas gracias —le respondieron ambos policías.

—David, cuando hayamos acabado con los interrogatorios del Dr. Martí y del Dr. Mateu pasaremos por la U.C.I. a ver si podemos hablar con la enfermera a la que el Dr. Torres dejó embarazada .

—Me parece perfecto. Mientras esperamos al Dr. Martí voy a llamar a la comisaría para que nos faciliten la dirección del Dr. Guillén y cuando acabemos en el hospital podemos pasar por su casa a hacerle una visita de cortesía. ¿Te parece bien?

—Afirmativo.

Pasados quince minutos en los que los dos policías se dedicaron a trabajar en el caso, apareció en el despacho un doctor de más de metro ochenta de altura y complexión atlética, ojos claros y una ligera melena de pelo ensortijado que se dirigió a ellos con gran amabilidad.

—Discúlpenme, pero no podía abandonar a mi paciente. Es una cirugía muy compleja y precisa de mi atención en todo momento. Ahora estamos en una fase en la que me puedo escapar un momento, eso sí, sin alejarme mucho del quirófano.

—Muchas gracias por su tiempo, Dr. Martí —le dijo el subinspector intentando adelantarse a la respuesta de la inspectora, pero no consiguió frenarla del todo.

—Dr. Martí, por lo que veo su tiempo es más importante que el nuestro —le espetó la inspectora.

—Siento mucho si tiene esa apreciación… —dejó en suspenso la frase ya que no sabía a quién se dirigía.

—Inspectora Sans. Y él es el subinspector Palau.

—Inspectora Sans, los anestesistas no podemos dejar a nuestros pacientes casi en ningún momento.

La gente piensa que anestesiar a un paciente consiste en introducir datos de la persona que tenemos en la camilla en un ordenador y que un algoritmo nos dice las cantidades de fármacos que tenemos que administrarles.

Se piensan que tomamos la edad del paciente, el peso exacto hasta el milígramo, la altura, sus antecedentes médicos, el color del pelo, la matrícula de su coche, el color de sus calzoncillos y el ordenador nos indica la cantidad de hipnótico, relajante muscular, la analgesia y la CAM del vapor que hay que seleccionar, los dormimos y ahí se ha acabado nuestra función.

—¿Y no es así? —preguntó la inspectora entre el desconocimiento y el escepticismo.

—No, pues claro que no es así. Nuestra función va mucho más allá de dormir al paciente y mantenerlo dormido.

Su vida está en nuestras manos y debemos mantenerlo en las mejores condiciones posibles.

Debemos administrar en cada momento los fármacos que necesitan, mantener sus constantes vitales en el rango necesario para que sus órganos no sufran daño alguno y que al mismo tiempo permitan al cirujano operar.

Les administramos sangre en el caso de ser necesaria y hacemos múltiples acciones más que no viene a cuento relatar en este momento, pero la anestesia no es un algoritmo.

Es un arte basado en el conocimiento y en la experiencia.

—No se lo tome así, doctor. Es la visión generalizada que se tiene de su especialidad.

—Incluso hay gente que cree que no somos ni médicos. Cuánto daño han hecho a nuestra especialidad las series de televisión como “Hospital Central”.

—Vayamos con el asunto que nos ocupa que no es otro que el asesinato del Dr. Torres —recondujo la conversación la inspectora.

—Sí, estoy al tanto, bueno, todo el mundo en el hospital es conocedor de su asesinato. ¿En qué puedo ayudarles?

—Todo el mundo coincide en que el Dr. Torres no era una persona muy estimada en el hospital y que ha tenido diversos altercados con el personal de enfermería, con otros compañeros de servicio y con médicos de otras especialidades.

—¿Qué opinión tenía usted del Dr. Torres? —preguntó la inspectora intentando suavizar su interrogatorio.

—Mire, mi opinión es la misma que tendría cualquier persona que hubiera trabajado con él. En esta vida hay gente a la que se echa de menos y hay gente a la que se echa de más, y el Dr. Torres pertenecía al segundo grupo.

—¿Qué relación tenía usted con él?