El anestesista insomne 11 #2
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—Hace un par de meses tuvo un encontronazo también muy importante con un anestesista, el Dr. Abel Giró.

Era una cirugía de poca importancia y en principio de corta duración.

Era un viernes a última hora de la mañana y el Dr. Giró se las apañó para suspender la intervención.

Se rumoreaba que tenía un viaje a primera hora de la tarde con su amante y no quería que se le hiciera tarde y no llegar a tiempo para tomar el vuelo.

—Y el Dr. Torres se enfadó, claro.

—Se puso como una fiera. Le gritaba al doctor que cómo era capaz de suspender por unas décimas de fiebre una cirugía que llevaba meses en lista de espera y que iba a durar treinta minutos únicamente para poder irse de viaje con una guarra.

—¿Con esas palabras?

—Sí, la llamó guarra.

—¿Entonces está diciendo que el Dr. Giró está casado y que suspendió una cirugía para llegar a tiempo para tomar un vuelo con su amante?

—De eso le acusó el Dr. Torres y eso se rumoreaba en el hospital.

—Pues también tendremos que hablar con el Dr. Giró.

—Otro sospechoso más —exclamó la inspectora—. ¿Se le ocurre alguien más?

—La verdad es que no. Bueno, hace meses tuvo un enfrentamiento bastante fuerte con otro anestesista, el Dr. Pol Martí, pero yo no le daría más importancia que a muchos otros, lo que ocurre es que la fecha en la que ocurrió es muy señalada para mí —dijo con una sonrisa en la boca.

—Explíquenos la causa de esa sonrisa que le ha aparecido en el rostro —le invitó a contar lo ocurrido la inspectora.

—Fue el lunes 6 de abril de este año. Yo entré dispuesta a preparar el quirófano para la intervención que teníamos que llevar a cabo y me encontré al Dr. Martí y a Bruno Ferran, enfermero de anestesia, abrazados…

…—¡Hola! ¡Buenos dí as! ¿Hay algo que no me habéis contado y que yo deba saber? —dijo sorprendida la enfermera, tras lo que los dos amigos se separaron rápidamente e intentaron aparentar normalidad.

—No es lo que parece, Maria —le dijo el Dr. Martí, al que la cara le había tomado una tonalidad rojiza muy graciosa.

—¿Y qué es lo que parece, Dr. Martí?

—Bueno, pues parece una mariconada, pero son solo dos amigos que están celebrando una buena noticia y lo hacen con un viril abrazo —respondió Bruno a su vez.

—Yo no he querido insinuar nada. He deducido que algo bueno había pasado y eso es lo que me intrigaba.

—Pues sí, Maria. El viernes resolví un problema que llevaba mucho tiempo dándome muchos dolores de cabeza y espero poder pasar página y empezar una nueva etapa de mi vida.

—Pues me alegro mucho por usted, Dr. Martí. Es usted una gran persona y se merece que todo le vaya bien…

…—¿Y qué es lo que hace esa escena sea tan especial como para que usted la recuerde con tanta precisión?

—Pues que el Dr. Martí y Bruno son pareja.

—¿Y eso qué tiene que ver con que usted recuerde que fue el lunes 6 de abril?

—Tienen razón, qué despistada. Pues que yo tengo un hijo que es gay y casualmente su cumpleaños es el 6 de abril. Por eso me acuerdo perfectamente.

—¿Nos está diciendo que si su hijo no fuera gay, como el doctor y el enfermero, y que si ese día no hubiera sido su cumpleaños, usted no hubiera recordado el incidente y no nos hubiera dicho nada ?

—Seguramente no les hubiera dicho nada. Incidentes como el que hubo ese día ha habido muchos desde el cumpleaños de mi hijo. No recuerdo exactamente qué pasó, pero sí que el Dr. Martí se enfadó muchísimo y desde ese día no ha vuelto a coincidir en quirófano con el Dr. Torres.

—Y, ¿por qué cree que no han vuelto a coincidir?

—Supongo que la manera que tuvo el Dr. Martí de que se enfriara la situación fue pedirle a su jefe que no le pusiera más en el quirófano de cardiovascular cuando operara el Dr. Torres. Y, ya les digo, incidentes como ese, en el que además no hubo consecuencias para el paciente, ha habido muchos.

—Bueno, en todo caso también querremos hablar con el Dr. Martí.

—¿Alguien más a quien crea debamos añadir a nuestra lista? —preguntó la inspectora sospechando que el cupo de candidatos a asesino no iba a aumentar por el momento.

—Pues la verdad es que ahora mismo no me viene nadie más a la memoria. Si recordara algo más ya les llamaría si me dejan su tarjeta.

—Maria, lo de dejar la tarjeta solo pasa en las películas. Si recuerda algo más, llame a la comisaría y ellos nos lo comunicarán —le dijo la inspectora con cierto tono de burla en la voz.

—Maria, si es tan amable de hacer pasar a la primera enfermera mientras va a buscar a los doctores Guillén, Giró y Martí le estaríamos muy agradecidos —le solicitó con gran amabilidad el subinspector intentando subsanar la pequeña ofensa de su compañera .

La enfermera Maria Gilart se despidió amablemente y salió del despacho al que accedió la primera de muchas enfermeras y enfermeros que no aportaron nada nuevo, nada que sirviera para aumentar la lista de sospechosos o para poder eliminar a alguno ellos.

Después de haber entrevistado a doce enfermeras era el turno de Antònia Solé.

—Bon dia! O, bona tarda! —saludó una enfermera de unos sesenta años y muy entrada en carnes—. Soy Antònia Solé y trabajo en la Unidad de Reanimación Posquirúrgica de larga estancia.

—¿Y qué unidad es esa, si se puede saber? —preguntó sorprendida la inspectora.

—Es la unidad en la que permanecen los pacientes que, tras haber sido intervenidos quirúrgicamente, no están suficientemente bien como para ir a una habitación de planta, pero no están suficientemente mal cómo para ir a cuidados intensivos, o no hay una plaza allí para poder acogerlos —les explicó la enfermera.

—Entiendo. Entonces, ¿usted tendrá contacto con cirujanos de todas las especialidades?

—Efectivamente, agente…

—Oh, disculpe que no nos hayamos presentado. Ella es la inspectora Sans y yo soy el subinspector Palau —se anticipó el subinspector a su compañera para que esta no mostrara su enfado por el hecho de que una enfermera la hubiera degradado a agente.

—Un placer. Pues sí, yo tengo contacto con casi todas las especialidades. ¿Qué es lo que desean saber?

—Pues si conoce a algún médico que pudiera tener motivos para haber asesinado al Dr. Torres, médico que no sea ni anestesista, ni intensivista ni cirujano cardiovascular .

—La verdad es que cuando escuché la noticia el primer nombre que me vino a la mente fue el del Dr. Mateu, el Dr. Andreu Mateu.

—¿Y por qué fue el primero?

—Pues porque, aunque yo no soy ninguna cotilla, por el hospital se rumoreaba que el Dr. Torres y el Dr. Mateu entre sus aficiones tenían la de jugar a las cartas y según dicen no apostaban garbanzos.

En sus partidas se movía mucho dinero y el Dr. Torres podía ser muy hábil como cirujano, pero parece ser que las cartas no se le daban demasiado bien y perdía grandes sumas en las timbas.

«Joder con la cotilla ilustrada en bajos fondos» pensó el subinspector.

—Y de sus palabras se puede desprender que el Dr. Torres debía mucho dinero al Dr. Mateu y este quería cobrar, pero como el fallecido no tenía dinero, lo mató.

—¿Verdad que es una buena hipótesis? —sugirió muy orgullosa de haber llegado a esa conclusión.

—Es una hipótesis que habrá que investigar —respondió con cierta condescendencia la inspectora—. ¿Alguna otra hipótesis?

—No, ninguna —respondió la enfermera sorprendida de que después de haberles servido el culpable en bandeja aún quisieran saber más.

—Muchas gracias, Antònia, por su aportación. Si necesitamos algo más de usted no dudaremos en ponernos en contacto.

—Encantada de poder ser útil. Nuestra profesión es darnos a los demás y detener a un asesino es ayudar a la sociedad —dijo mientras salía del despacho .

—Vaya con la que no es cotilla.

—Solo le interesa la vida de los demás, mujer.

—Sí, eso debe ser. Estoy agotada y aún nos queda lidiar con los médicos. Me voy a buscar un café. ¿Quieres uno?

—Espera, que voy contigo. Necesito estirar las piernas.

Ambos se levantaron y se dirigieron a la cafetería a tomarse un descanso y a ordenar la información. Pasada una media hora volvieron al despacho donde les estaba esperando un hombre de unos 45 años, alto, rubio, de ojos azules y muy buena presencia, que se levantó y se presentó.

—Soy el Dr. Giró y me han dicho que querían hablar conmigo.

—Sí, tome asiento, por favor —el doctor se sentó mientras que la inspectora se dirigió a su compañero indicándole que fuera a pedirle a la secretaria de la coordinadora que localizara al Dr. Mateu y que lo hiciera venir al despacho.

—Dr. Giró…

—Abel, llámeme Abel, por favor —interrumpió el doctor.

—Dr. Giró, si no le importa le llamaré por su apellido.

—Como usted desee, inspectora. Siempre me ha parecido incómodo que me llamen doctor cuando no estoy ejerciendo, pero si usted lo prefiere así.

—Lo prefiero —en esos momentos volvió el subinspector y se unió al interrogatorio.

—Dr. Giró, supongo que será conocedor del asesinato del Dr. Torres —el anestesista hizo un gesto de asentimiento con la cabeza— y su nombre ha salido entre los del personal del hospital que han tenido problemas con el difunto.

—¿Problemas? ¿A qué se refiere? —preguntó sorprendido .

—Hace un par de semanas usted suspendió el último paciente del parte del viernes y el Dr. Torres le acusó de hacerlo para irse de viaje, motivo por el cual montó en cólera.

—Eso es una acusación muy grave, inspectora —se defendió el anestesista mostrándose muy ofendido.

—Sería una acusación muy grave si, en efecto, le estuviéramos acusando de ello, pero simplemente estamos exponiendo lo que se comenta en el hospital —intentó calmarle el subinspector.

—Pues no es cierto. Si yo suspendo una cirugía es porque considero que el estado del paciente recomienda no llevarla a cabo.

—Y nosotros no lo negamos, pero el Dr. Torres interpretó que usted tenía mucha prisa por marchar y que por eso suspendió la cirugía.

—Ya le digo que no fue así —se reafirmó rotundamente.

—Y nosotros no tenemos motivos para no creerle —buscó tranquilizarle el subinspector.