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Después de las explicaciones del forense tomaron el Audi Coupé de la inspectora y pusieron rumbo al Hospital del Mediterrani donde les esperaba una mañana de interrogatorios.
Cuando accedieron al aparcamiento el encargado les saludó muy amablemente a lo que ambos respondieron con un pequeño movimiento de la cabeza.
—¿Habrá encontrado tu amiguito algo entre los vídeos que se ofreció a revisar? —le preguntó el subinspector a su superiora con algo de sorna.
—No es mi amiguito y luego lo averiguarás porque serás tú quien vaya a verlo —respondió simulando estar ofendida por el comentario.
—Sí, jefa. Como usted ordene, jefa —ambos sonrieron forzadamente ya que aún tenían en mente el asesinato del Dr. Torres.
Una vez aparcado el coche subieron hasta la segunda planta del hospital, donde estaban ubicados los despachos del servicio de enfermería y de anestesiología.
Cuando localizaron el de la coordinadora de enfermería llamaron a la puerta y oyeron un chasquido seguido de un zumbido que indicó que podían acceder al interior.
—Bon dia! Les estábamos esperando. Pasen al despacho de la Sra. Teresa Biosca y ella les atenderá con mucho gusto —les dijo la secretaria que los recibió .
—Pasen y siéntense. Soy Tere Biosca, la coordinadora de enfermería del hospital. El Dr. Vidal me comunicó ayer que vendrían hoy para interrogar a mi personal sobre la desgraciada muerte del Dr. Torres.
—Efectivamente, así es.
—Es que no me lo puedo creer. No sé cómo hay gente capaz de esas cosas. Por muy mala persona que fuera no creo que se mereciera ser asesinado.
—Pues según parece no todo el mundo opina lo mismo, empezando por el asesino y siguiendo por todo el personal del hospital con el que hemos hablado hasta ahora —puntualizó el subinspector.
—Tienen razón en que no era una buena persona, pero…
—Disculpe, Teresa —la interrumpió la inspectora —en su departamento hay mucho personal y nos gustaría poder hablar con todos lo antes posible.
—Disculpe, inspectora. No quisiera demorar su trabajo.
Si quieren pueden utilizar mi despacho para hablar con mis enfermeras.
Si les parece bien, he pensado que la primera con la que podrían hablar es con la supervisora del área quirúrgica, que les podrá ayudar a seleccionar, si lo creen conveniente, el personal que más información les podría aportar.
—Me parece una buena idea. Muchas gracias, Teresa. Pues aquí la esperamos.
—Joder con la jerarquía en los hospitales. Nos quejamos de la nuestra, pero aquí, Déu-n’hi-do .
—Laura, son servicios con mucho personal y no es fácil gestionarlo desde un único referente .
En esos momentos entró en el despacho una enfermera de unos cincuenta años, ataviada con un elegante vestido cubierto por una bata blanca.
—Hola. Soy Maria Farré, la supervisora de enfermería del área quirúrgica. Díganme en qué puedo ayudarles.
—Como ya le habrán informado, el Dr. Torres fue asesinado este fin de semana y por las circunstancias de la muerte todo hace indicar que el causante es una persona con ciertos conocimientos médicos.
El personal sanitario que los posee se podría reducir a cirujanos, anestesistas, intensivistas y personal de enfermería de cuidados intensivos, reanimación posquirúrgica y de quirófano.
—Y enfermería de soporte a anestesiología —añadió la supervisora.
—Desconocíamos esa figura —afirmó el subinspector.
—Pues en nuestro hospital llevan muchos años funcionando y es una parte importantísima en el manejo de ciertos quirófanos de alta complejidad.
Hay cirugías en las que, por la dificultad de la intervención o del paciente, no es recomendable que las lleve un único anestesista, y es ahí donde entra la figura de la enfermera de anestesiología.
—Supongo que es más barato que tener dos anestesistas —sugirió la inspectora.
—Inspectora, no menosprecie el valor de una enfermera.
—Discúlpeme, no era esa mi intención.
—Pero en parte tiene usted razón. Hay países en los que hay un solo anestesista que supervisa hasta tres quirófanos que son llevados por enfermeras. En cierta manera es un ahorro económico, pero también da valor al trabajo de las enfermeras —apuntó la Sra. Farré .
—Nunca he discutido el valor de enfermería dentro del sistema sanitario.
—Y hace usted bien, inspectora.
—Sra. Farré, a su cargo tiene mucho personal y nos sería muy farragoso, y en muchos casos una pérdida de tiempo, entrevistarlos a todos.
¿Sería usted tan amable de hacer una selección de los que crea pueden aportar más a la investigación?
Usted conocerá bien a su gente y estará al tanto de los altercados que se hayan podido producir en quirófano —sugirió el subinspector.
—Por supuesto. Me parece una buena idea.
Había planeado asignar un orden a cada enfermera y que ellas mismas se encargaran de avisar a la siguiente cuando ustedes hubieran terminado, pero no es ningún problema modificar el sistema que había preparado.
En quirófano una de las cualidades más apreciadas es saber adaptarse al cambio de las circunstancias.
—Les estamos muy agradecidos.
—Cuando finalicen con las enfermeras me he tomado la libertad de organizarles también las entrevistas con los anestesistas y los cirujanos cardiovasculares del servicio que aún están vivos.
«Qué melodramática» pensaron ambos policías al unísono.
—Eso sería magnífico. Está usted en todo.
—Ese es mi trabajo, estar pendiente de todo. Si les parece oportuno podemos empezar con la instrumentista habitual del quirófano de cirugía cardiovascular, la Sra. Maria Gilart .
—Excelente —respondió la inspectora mientras la supervisora abandonaba el despacho en busca de la enfermera Gilart.
—Está bien que nos hagan un primer filtrado de los sospechosos, pero no debemos olvidarnos del resto del personal.
—Y no lo haremos, pero por algún sitio hay que empezar y siempre es mejor hacerlo por los sospechosos que tienen más probabilidades de ser los culpables.
—Completamente de acuerdo, Laura.
En esos momentos accedió al despacho una enfermera vestida con el uniforme verde de quirófano cubierto por una bata blanca.
Era una mujer atractiva de unos cuarenta años que se presentó como Maria Gilart, instrumentista del quirófano de cirugía cardiovascular.
Tras poner al corriente a la enfermera de la situación, la inspectora empezó con las cuestiones.
—Ya sabemos que el Dr. Torres había tenido problemas con todo el mundo, pero no todos los incidentes han sido de la misma magnitud ni todos pueden hacer pensar en que alguien pudiera querer matar al cirujano.
—Tiene usted razón, inspectora. Tuvo encontronazos hasta con la máquina de café de la salita de descanso. Era un genio con las manos, pero tenía muy mal carácter y no se llevaba bien con nadie.
—Eso ya lo sabemos, Maria, pero usted que ha pasado muchas horas con él en quirófano nos podría hacer un filtrado de las situaciones que más le hayan llamado la atención.
—Es que son tantas que no sabría por dónde empezar .
—Pues empiece con las que hacen referencia a su parcela, a enfermería —le sugirió el subinspector.
—Mire, subinspector. Ha tenido problemas con todas las enfermeras, todas.
A la que no le ha tocado el culo le ha tocado los pechos.
Sin ir más lejos, a mí un día me los tocó.
Yo me estaba poniendo la bata quirúrgica, que como sabrán se abrocha desde atrás —ambos asintieron, pero no parecían conocer ese hecho—, y como en ese momento el personal de enfermería estaba ocupado, él se ofreció a hacerlo.
En lugar de tomar las cintas, que se encuentran en los laterales de la parte interior de la bata, él me agarró los pechos.
Yo solté un grito que espantó a todo el que estaba en quirófano, incluso el paciente que aún no estaba anestesiado.
—Pero —la interrumpió la inspectora—, no creo que eso sea motivo para asesinarlo.
—No, eso no, pero lo pongo como ejemplo de que ese hombre no respetaba nada ni a nadie.
—¿Podría detallarnos alguna situación que pudiera haber creado un nivel de animadversión como para poder llevar a alguien al límite?
—Con enfermería todos los problemas han sido de este estilo, al menos en quirófano. Fuera no le podría decir. Con otras especialidades médicas sí que ha habido momentos de gran tensión.
—¿Podría relatarnos alguno de ellos?
—Déjeme hacer memoria —hizo una breve pausa.
—Tómese su tiempo, el asunto es lo bastante importante como para seguir pistas que no llevan a ningún sitio.
—Miren, sin ir más lejos, la semana pasada, en una cirugía de disección de aorta ascendente, tuvo un gran enfrentamiento con un compañero suyo.
En el punto más crucial de la intervención tenían opiniones encontradas sobre cuál era la mejor opción.
El uno intentaba convencer al otro de que su opción era la mejor y viceversa.
La conversación fue subiendo de tono hasta llegar a los gritos y los insultos.
Finalmente, como el Dr. Torres era el jefe de sección «otra vez la jerarquía» —pensó la inspectora—, se hizo lo que él ordenó, pero tras superar ese punto crítico, el Dr. Guillén se quitó los guantes, los lanzó al suelo y salió del quirófano gritando que eso no iba a acabar así.
—¿Y dice que eso fue la semana pasada? ¿Recuerda el día exacto?
—Déjeme pensar… diría que el lunes.
—O sea, que si el Dr. Guillén hubiera querido asesinar a su compañero hubiera tenido tiempo suficiente para planearlo y llevarlo a cabo —afirmó el subinspector.
—Yo creo que sí —le reafirmó la inspectora.
—¿Habían tenido algún otro enfrentamiento?
—Varios más, pero no de ese calibre.
—De acuerdo. Tendremos que hablar con el Dr. Guillén antes de marcharnos.
—Intentaré localizarlo cuando acabemos de hablar.
—Perfecto. ¿Alguna situación más que crea pueda interesarnos?