El anestesista insomne 10 #2
19%

10 #2

—Supongo que te estarás preguntando por qué estás aquí y qué voy a hacer contigo, ¿verdad?

«Suéltame, hijo de puta. Te voy a matar».

—No te entiendo. Si solo gruñes me va a ser imposible comprender lo que me quieres decir. Es que no vocalizas cuando hablas —le soltó riéndose del cirujano mientras acariciaba la mordaza que le impedía hablar.

«Cabrón. Como me suelte te voy a matar».

—Creo que debemos idear un sistema para que podamos comunicarnos sin que deba soltarte.

No podemos correr el riesgo de que te lesiones si intentas evitar lo inevitable.

¿Qué te parce si usamos el movimiento de tus párpados como nexo entre tus pensamientos y los míos?

Ya sé que no es muy ocurrente, pero es que me limitas mucho, no haces ningún esfuerzo para que nuestra comunicación sea fluida —le soltó con retintín.

El Dr. Torres no sabía qué pensar de las palabras de su captor. Tenía un tono amable, demasiado, pero no podía esperar nada bueno en la situación en la que se encontraba.

—¿Cómo lo hacen en las películas? ¿Un parpadeo es Sí, y dos parpadeos es No?

—preguntó mientras se acercaba al Dr. y le hacía el gesto magnificado de parpadear—.

¿O lo hacen al revés? ¿Un parpadeo es No y dos es sí?

Vaya, habrá que decidir qué fórmula de las dos utilizamos.

¿Tú qué opinas? —no hubo respuesta—. Hombre, intenta colaborar un poco conmigo que de otro modo no nos comprenderemos y el diálogo es básico para el entendimiento entre dos profesionales que buscan un bien común.

«¿El bien común, hijo de puta? Si tú lo que quieres es matarme».

El paciente, al oír esas palabras y con la mejora de sus capacidades visuales tras el paso del tiempo creyó reconocer a su captor.

«¡Oh, no! ¡No es posible! ¿Pero, por qué? ¿Qué te he hecho yo?»

—Ya lo he decidido —hizo un ademán de alegría, como si hubiera descubierto algo importante—. Como creo que la mayoría de tus respuestas van a ser No, facilitaremos las cosas y un parpadeo será No y dos parpadeos será Sí, ¿te parece bien?

El Dr. Torres no pestañeó, pero le cambió la cara súbitamente. Si la situación en la que se encontraba ya le generaba gran temor, al reconocer a su “colega” su miedo se multiplicó por mil.

—Pero ¿por qué me miras con esa cara? Ah, ya veo, tus ojos se han acostumbrado a la luz y ya me has reconocido a pesar de la mascarilla —se retiró el cubrebocas y lo arrojó bruscamente a un cubo de basura—.

Siempre me han dicho que tengo una voz muy bonita y que debería haberme dedicado a la ópera o por lo menos a la radio o al doblaje de películas.

Pues sí, Dr. Torres, soy yo, el Dr. Bartolo, palabra esdrújula porque es en italiano, no llana como si fuera el tonto del pueblo.

¿Qué ocurre? ¿No me esperabas aquí? ¿No pensabas que pudiera ser yo tu captor?

Pues ya ves qué pequeño es el mundo y qué aburrido, porque nos volvemos a encontrar en un quirófano, aunque este no sea el que habitualmente nos acoge.

Pero volvamos a lo de la comunicación. ¿Has entendido el código?

¿Uno No, dos Sí? —no hubo parpadeo alguno por parte del cirujano—.

No vamos bien Torres, no vamos bien —acompañó sus palabras con movimientos laterales de la cabeza—.

Tú siempre dices que el diálogo es la base para que el trabajo en equipo funcione.

El Dr. Bartolo realizó una pequeña pausa.

—Te estarás preguntando qué voy a hacer contigo. Pues te lo voy a explicar. Te he canalizado la vena yugular interna derecha, las dos venas subclavias, las venas basílicas de ambos brazos y las arterias y venas femorales de las dos piernas. ¿Y para qué?...

… el Dr. Mur prosiguió con sus explicaciones sobre los resultados de la autopsia.

—Una vez canalizados todos estos vasos destapó uno de los catéteres y dejó que se desangrara.

Sin más. Sin ningún tipo de violencia o golpe.

La velocidad de la muerte depende de si eligió una arteria o una vena para vaciar al doctor, pero en ambos casos la muerte fue relativamente rápida y sin sufrimiento, porque la hipovolemia le causó un adormecimiento previo a la pérdida de conocimiento y el fallecimiento.

—¡Qué cruel! —exclamó el subinspector.

—Tuvo la maldad para ver cómo se desangraba y no hacer nada para evitarlo —añadió la inspectora.

—Eso lo desconozco, pero lo que sí sé es que fue una muerte rápida e indolora.

—Sí, doctor Mur, perdón, Jesús. Y justamente eso me hace pensar que su único objetivo era matarlo, que no tenía intención de ensañarse con él.

Por lo que nos han explicado del Dr. Torres, alguien quiso ajusticiarlo, quiso que pagara por lo que había hecho y no hay otras motivaciones para el crimen —apuntó el subinspector.

—Y ¿por qué le metió el carné de colegiado en la boca? ¿Para que todos supieran que había matado a un médico? Si la cosa es así, la profesión del muerto está relacionada con el motivo del crimen.

—Seguramente tengas razón, Laura, pero creo que es pronto para saberlo —le respondió el subinspector—. Jesús, ¿se puede saber cuándo murió ?

—Según mis cálculos, el viernes por la noche o la madrugada del sábado. El cuerpo lo debió conservar en algún lugar fresco, no un congelador, sino una nevera poco potente o a la intemperie ya que estos días hace mucho frío en Barcelona.

—Eso refuerza la teoría de David de que el objetivo del asesino era simplemente matarlo y no torturarlo ni hacerle sufrir una larga agonía psicológica y física.

—En eso estamos de acuerdo…

…el Dr. Torres estaba en estado de shock y era incapaz de realizar ningún tipo de movimiento.

—Dr. Torres, ¿sabes por qué voy a acabar contigo?

El cirujano retornó a la realidad que vivía en esos momentos y gruñó intentando decir algo que el secuestrador no logró entender.

—Pues porque los malos actos, las fechorías y las afrentas no se deben perdonar. Y tú eres protagonista de multitud de ellas: en el quirófano y en la U.C.I., en los despachos y en la sala de enfermeras. Y yo soy uno de los que ha sufrido tus ataques y hoy vas a pagar por todo ello.

«¿De qué cojones me estás hablando?»

—Y, ¿cómo vas a pagar? Con tu sangre. En tus operaciones utilizas sangre que han donado cientos de buenas personas que se solidarizan con otros seres humanos, lo contrario que tú haces.

«¡Estás loco! ¡Suéltame!»

—Esos buenos samaritanos hicieron una donación de 450 centímetros cúbicos, pero como tú eres muy espléndido, vas a dar unos 5 litros. ¿Qué te parece?

«No, no lo hagas» —pensó mientras el pánico le invadía y su corazón empezaba a latir vertiginosamente.

—¿Arteria o vena? ¿Muslo o pechuga? —le brindó la oportunidad de decidir por qué vaso quería desangrarse.

El Dr. Torres no se movió paralizado por las ataduras y por un miedo que nunca había sentido cuando era él quien estaba de pie ante una camilla quirúrgica.

—Pues si no lo decides tú, lo haré yo —le dijo liberando el tapón de uno de los catéteres que canalizaba una arteria al mismo tiempo que empezó a cantar con su aterciopelada voz de barítono el aria “Cortigiani, vil razza” del primer acto de la ópera “Rigoletto” de G.

Verdi a la que había personalizado la letra en honor a su invitado.

Cirujanos, vil raza, enferma

¿A qué precio vendéis a la gente?

Por la fama vendéis a cualquiera

A los pacientes y a un servidor.

—Ya sé que esto no lo canta el Dr. Bartolo, pero con un pequeño retoque de la letra, es muy conveniente para dedicártela a ti…

… bueno, ahora que ya sabéis cómo murió el Dr. Torres debéis descubrir el porqué.

—Tienes razón, Jesús. Los resultados preliminares de la autopsia nos ayudarán con los interrogatorios.

—Eso espero, Laura.

—Doctor, ¿cuánto tiempo tardará en tener los resultados definitivos?

—En breve os podré dar más información, pero los resultados definitivos, que incluyen toxicología, tardarán aún unas semanas .

—Muchas gracias, Jesús. Cualquier novedad que tengas comunícanosla rápidamente. Nos irá muy bien saberla.

—Así lo haré, Laura y si vosotros descubrís alguna cosa que me ayude a interpretar los datos que pueda obtener de la autopsia, ya sabes que casi vivo aquí.

—Sé que esta es tu primera casa. Estamos en contacto.