El anestesista insomne 10
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A primera hora de la mañana el comisario Pou había convocado en su despacho a la inspectora Sans y al subinspector Palau. Los tres estaban sentados a la mesa de reuniones asiendo sendas humeantes tazas de café en sus manos.

—Comisario, ¿qué vamos a hacer con la prensa?

—Laura, por ahora está bajo control. Ayer hablé con el jefe de la Sra.

Cardós, el magnate de la comunicación Joan Cardedeu, y me aseguró que mantendrá bajo control a su empleada, al menos durante unos días, pero no nos podemos fiar de que no se salte las órdenes, por ello vamos a llevar este caso con la mayor discreción posible.

Desde este momento la información relevante que consigamos no va a salir de nosotros tres.

Vamos a llevar la investigación con mucha cautela.

—En algún escalafón parece ser que hay un topo y no podemos permitirnos el lujo de que interfiera en la investigación —se atrevió a sugerir el subinspector.

—Efectivamente, David. Es posible que haya alguien en la comisaría que se esté yendo de la lengua y eso es muy preocupante.

Por otra parte, ayer la inspectora, como no podía dormir, me llamó y me puso al corriente de todo lo que habéis descubierto y de que ahora volvéis al hospital para seguir con los interrogatorios.

—Así es, pero antes pasaremos a ver al Dr. Mur, que esta madrugada ha debido concluir la fase inicial de la autopsia y nos podrá aportar datos que nos focalicen el trabajo con los sospechosos.

—Perfecto. Una cosa más; envié unos agentes para que avanzaran en la investigación con los turnos de noche de quirófano y U.C.I. Nada que aporte algo de valor. El Dr. Torres tenía poca relación con ellos ya que prácticamente no hacía guardias.

—Muchas gracias, Jordi. Eso nos ahorrará mucho tiempo que podremos dedicar a profundizar en los otros sospechosos.

—Pues si no tenéis nada más que añadir, todos tenemos mucho trabajo por delante. Que tengáis un buen día y saludad de mi parte al Dr. Mur —les dijo invitándoles a dejar el despacho.

—Así lo haremos.

—Si descubrimos algo importante me pondré en contacto contigo —añadió la inspectora.

Los dos policías descendieron por las escaleras sin detenerse en el primer piso, donde el escamot estaba haciendo el briefing matutino.

—¿Quieres que conduzca yo? —se ofreció el subinspector.

—No, gracias, David. Cuando te conozcas mejor la ciudad te concederé el honor de pasearme, pero por ahora prefiero ser yo la que guíe nuestros pasos.

—Amén — ambos rieron ante la respuesta del subinspector .

Subieron al coche de la inspectora que puso rumbo al Institut Anatòmic Forense, donde bien seguro que el Dr. Mur habría pasado la noche.

—Mira, ese coche lo conduce un insecto gigante.

—¿Cómo?

—Sí, que ese coche lo conduce un insecto gigante —le repitió con tono burlesco.

—Ah, que estás con uno de tus jueguecitos matriculeros.

—Vaya, ¿cómo lo has sabido? —rio ligeramente.

—Perdona, pero es que todavía no ha salido el sol y con un solo café no me he puesto a tono.

—Dicen que el primer café no debes tomártelo antes del amanecer, que eso confunde a nuestro sistema nervioso.

—Eso son tonterías. A mí me va de fábula. A ver, explícame tu jueguecito.

—Esta es de la elaboradas. Ya sé que igual no es el mejor momento, pero cuando aparece la oportunidad hay que aprovecharla.

—Vale, vale, lo que tú digas, pero ¿me lo explicas?

—Ya voy, impaciente. Las letras de la matrícula son KFK

—Sí, eso lo he visto.

—KFK, pues KAFKA, Franz Kafka.

—El escritor checo.

—Efectivamente —confirmó el subinspector.

—Voy bien.

—Y, ¿cuál es su obra más conocida?

—La metamorfosis.

—En la cual un hombre se convierte en…

—Un insecto gigante .

—¡Premio! —respondió el subinspector dando un aplauso.

—Joder, David. Si quieres jugar a esto de las matrículas espera que haya salido el sol y me haya tomado tres cafés. O al menos que sean de las sencillitas, ¿vale?

—¿Del tipo BBV…?

—Justo de ese tipo —ambos rieron.

Sumergidos en el juego de las matrículas llegaron al Institut Anatòmic Forense donde el portero les permitió el acceso al edificio. La inspectora condujo al inspector hasta el espartano despacho del Dr. Mur, conocía su ubicación a la perfección, y entraron.

—Buenos días, compañeros ¿Un café?

—Cómo me conoces —le respondió la inspectora.

—¿Y usted, David?

—Se lo agradezco, doctor. Pero, por favor, tutéeme.

Tras servir los cafés los tres se sentaron alrededor de una vieja mesita en la que el doctor tenía preparada la información que les iba a desvelar.

—El cadáver presentaba dos señales en la cara lateral izquierda del cuello compatibles, como ya suponíamos ayer, con unas quemaduras realizadas con una pistola eléctrica, hecho que nos indica que una descarga, al ser realizada directamente sobre el seno carotídeo, hizo que el Dr. Torres perdiera la consciencia…

…el sujeto se acercó hacia el coche de alta gama al que acababa de subir el Dr. Torres y con los nudillos golpeó ligeramente la ventanilla. El cirujano pulsó el botón del elevalunas y el cristal descendió suavemente.

—¿Qué cojones quieres tú, capullo? —le gritó el doctor desde su asiento.

Sin mediar palabra acercó un táser al cuello del Dr. Torres y le realizó una descarga que le hizo perder el conocimiento.

Tras ello abrió la puerta y desplazó el cuerpo del galeno hacia el asiento del acompañante, tomó el lugar del piloto, arrancó el vehículo y se dirigió a la salida del aparcamiento del hospital.

Al ser reconocido por la cámara de control, se elevó la barrera y se perdió por el tráfico de la ciudad condal…

…pero esas no eran las únicas señales de quemaduras eléctricas que he observado en el cadáver.

—Lo que podría indicar que la víctima, en el trayecto hacia el lugar donde fue asesinado se despertó más de una vez y el asesino le volvió a disparar para mantenerlo dormido —sugirió la inspectora.

—Eso es lo más probable —afirmó el forense.

—En base a esos datos, al número de disparos, ¿se puede calcular el tiempo que necesitó el asesino para llegar a su destino? —preguntó el subinspector.

—Las opciones de acertar son pocas porque influyen muchos factores. El primero es conocido para mí, el número de disparos: siete.

—Joder, ¿siete veces?

—Sí, siete.

—¿Y el resto de los factores?

—David, el resto de los factores son: el tiempo que puede dejar inconsciente este tipo de armas; muy diferente para cada modelo. La resistencia individual a la descarga. El lugar del cuerpo en el que se efectúa el disparo. Cada factor multiplica las combinaciones.

—Y si lo que queremos saber es la distancia que condujo el asesino, las posibilidades se multiplican en función de la hora a la que llevó a cabo el ataque, del tráfico que había en ese momento, del tipo de carretera que tomó u otras variables que desconocemos.

Además, tampoco sabemos si lo secuestró en el aparcamiento del hospital o en otro lugar —añadió la inspectora.

—Y, ¿qué más revela la autopsia?

—Pues que el asesino le canalizó al Dr. Torres la vena yugular interna derecha, ambas venas subclavias, las venas basílicas de ambos brazos y las arterias y venas femorales de ambas piernas.

—O sea, que se tomó su tiempo el desgraciado.

—Eso parece, Laura.

—Y la autopsia confirma que murió desangrado, claro.

—Efectivamente, David. Lo que desconozco es…

… el Dr. Torres se despertó en una gélida y aséptica sala sin recordar cómo había llegado hasta allí.

Una intensa y fría luz le cegaba como cuando pasaba horas mirando el campo quirúrgico mientras salvaba la vida de algún desgraciado que había tenido la fortuna de que él estuviera en ese quirófano.

Intentó moverse, pero no pudo. Estaba atado a una glacial mesa metálica.

Sus muñecas estaban circundadas por unas muñequeras de cuero que impedían el más mínimo movimiento y algún dispositivo similar tenía en sus tobillos y en sus muslos.

Sobre su pelvis y su tórax desnudos se disponían unas correas que le sujetaban fuertemente a la camilla y lo mismo pasaba con su frente y su cuello.

No podía moverse, casi no podía respirar.

«¿Dónde estoy? ¿Por qué estoy atado?»

Cuando intentó gritar, se percató de que su boca estaba ocupada por una enorme bola de goma unida a una mordaza que le impedía cualquier movimiento. De hecho, todo su cuerpo estaba sujeto y lo único que podía mover eran sus párpados y sus ojos.

Una gran inquietud empezó a invadirle al mismo tiempo que su corazón aceleraba el galope en la estepa en la que se encontraba. ¿Dónde estaba? ¿Cómo había llegado hasta allí?

En esos momentos una voz fuerte, segura, de barítono locutor de radio, interrumpió sus pensamientos.

—Hola, Doctor. Por fin has despertado —le dijo con la amabilidad que una madre despierta a su hijo para que vaya al colegio un lunes por la mañana—.

Espero que no tengas mucho frío, pero ya sabes que el calor favorece las infecciones y provoca que el cirujano sude durante las intervenciones y tú no querrás infectarte ni que yo sude, ¿verdad?

El personaje sujeto a la camilla hizo ademán de responder, pero la voluminosa mordaza que llevaba en su boca se lo impidió. Quiso responder moviendo la cabeza, pero tampoco pudo.

—¿Qué te ocurre? ¿No puedes moverte? Estás atado por tu propia seguridad, no quiero que durante los procedimientos a los que vas a ser sometido puedas moverte y eso dificulte mi trabajo y haga que el resultado no sea el esperado —comentó con cierto cinismo.

En los ojos del “paciente” apareció una expresión de terror que hubiera satisfecho al peor de los sádicos asesinos en serie si la hubiera visto.

—¿Qué te ocurre? ¿Tienes miedo? Vaya, parece ser que no te gusta estar en el otro lado de las tallas quirúrgicas, no te gusta ser el que no controla la situación, prefieres ser el que corta el bacalao.

El Dr. Torres, cirujano cardiovascular acostumbrado a las situaciones de gran estrés, empezó a desesperarse con el cariz que estaban tomado los acontecimientos.