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—Pero, explíquenos lo que pasó.
—Pues que si no es porque le sujetan me hubiera dado una paliza. El Dr. Feliu hubiera podido defenderse, pero a mí me hubiera costado un poquito más. Como pueden ver soy bajito y débil.
—¿Y eso cuándo ocurrió?
—La primera hará un par de años y la segunda vez que intentó agredirme hará cosa de un par de meses.
—¿Y usted cómo se sintió? ¿Supongo que se enfadaría mucho? ¿No tuvo ganas de hacerle pagar por su osadía?
—Inspectora, claro que tuve ganas de darle una paliza, pero míreme, no soy gran cosa y me hubiera costado mucho llegar a causarle daño físico por mí mismo.
—Le entiendo, doctor «las pistolas eléctricas ayudan mucho en estos casos». Una última cosa.
—Dígame, inspectora.
—¿Dónde ha estado usted este fin de semana?
—En mi casa de Castelldefels. Ha sido una lástima el frío que ha hecho. No he podido salir a pasear por la playa y nos hemos quedado mi esposa y yo todo el fin de semana encerrados, leyendo y mirando series en la tele.
—¿Su esposa lo corroborará?
—Por supuesto, subinspector.
—Pues no le robamos más tiempo. Permanezca localizable por si necesitamos conocer más detalles.
—Así lo haré.
El intensivista abandonó la sala de visitas.
—¿Qué opinas, Laura?
—Este hombre no me da buena espina. Demasiado frío, demasiado calmado. Un autocontrol que me escama.
—Y para disparar un táser no hace falta ser un atleta olímpico.
—Eso mismo he pensado yo cuando nos ha querido hacer ver que con su cuerpo le hubiera resultado imposible hacerle daño a la víctima.
—Otra cosa es movilizar un cuerpo sin conocimiento o un cadáver, pero yo no lo descartaría por ahora .
—Completamente de acuerdo.
Mientras analizaban la entrevista con el Dr. Costa hizo acto de presencia de nuevo la enfermera Ferragut.
—¿Cómo ha ido?
—Bien, gracias.
—¿Quieren hablar con alguien más? ¿Con alguna enfermera?
—Creo que por el momento no necesitamos hablar con nadie más. Le agradecemos la ayuda que nos ha prestado.
—De nada, ha sido un placer. ¿Quieren que los acompañe a la salida?
—No se moleste, ya nos conocemos el camino.
Los dos policías salieron de la U.C.I. y tras tomar las escaleras accedieron al aparcamiento del hospital con la intención de coger el coche y volver a comisaría. La inspectora se dispuso a introducir el tique en la máquina de autopago cuando el subinspector la detuvo.
—¡Espera! —le dijo sujetándole la mano.
—¿Qué pasa?
—No pagues todavía, que creo que podemos avanzar un poco más en la investigación antes de irnos.
—¿De qué se trata?
—No hemos preguntado a nadie cuándo fue la última vez que habían visto con vida al Dr. Torres porque hemos dado por sentado que el viernes había venido a trabajar y que seguramente los hechos habían tenido lugar fuera del hospital.
—Difícilmente se hubiera podido dar de otra manera. Matar a alguien en el hospital y sacar su cadáver fuera sería algo muy difícil de ejecutar sin ser visto.
—Efectivamente, pero no hemos establecido cuándo fue el momento que se le perdió la pista a la víctima. He pensado que podíamos ir a la oficina del aparcamiento porque allí deben tener imágenes grabadas y quizá se vea al doctor subirse en su coche y marchar.
—O quizá nos pueden decir si su coche todavía permanece aquí y eso nos podría hacer pensar que fue secuestrado en el hospital y trasladado en el coche del asesino.
Ambos se dirigieron sin perder más tiempo hacia la oficina del aparcamiento donde les atendió el supervisor de tarde.
—Bona tarda! Somos la inspectora Sans y el subinspector Palau.
—¡Ah! Han venido por el asesinato del Dr. Torres. ¿En qué puedo ayudarles?
—«Joder, las noticias corren como la pólvora» Así es y nos gustaría, si es posible, revisar las cámaras de seguridad por si se viera algún detalle que nos pudiera aportar alguna información útil para el caso.
—Subinspectora…
—Inspectora —le interrumpió—, el subinspector es él.
—Disculpe, inspectora. En este aparcamiento tenemos cámaras, pero están tan bien colocadas que no tenemos ángulos muertos, está casi todo el parquin muerto. Vamos, que no se ve casi nada.
—Vaya, pero se podría revisar lo que tienen, ¿no?
—Claro que se podría, pero sería mucho trabajo y supongo que necesitarían una orden judicial.
—¿Qué sistema de control de acceso tienen? —intervino el subinspector.
—¿Qué quiere decir ?
—¿Queda constancia de qué coches entran y salen? ¿La cámara que registra las matrículas de los coches que entran al aparcamiento guarda la información en un disco duro?
—Sí, claro. Cuando el coche se acerca a la barrera de la entrada la cámara registra la matrícula y emite un tique. Antes de salir se debe pasar por una máquina de autopago y cuando se acerca el vehículo a la barrera la cámara detecta la matrícula y, si ha pagado la estancia, la levanta.
—¿Y este sistema es igual para los trabajadores del hospital?
—No, los trabajadores del hospital tienen registrada la matrícula de su vehículo. Cuando llegan a la barrera, tanto de entrada como de salida, la cámara la lee y les permite el paso automáticamente.
—¿Y todos esos movimientos quedan registrados?
—Por supuesto.
—¿Y nos podría decir si el coche del Dr. Torres sigue en el aparcamiento o ha salido?
—Y si ha salido ¿cuándo lo ha hecho?
—Sí que podría, pero…
—Venga, hombre. Si solo le va a costar unos minutos mirarlo —le dijo amablemente la inspectora.
—Está bien —dijo el empleado mientras se giraba hacia su ordenador.
—Veamos. Dr. Torres. Me salen cuatro, ¿no sabrán el segundo apellido?
—Blanco.
—Aquí está. Eugeni Torres Blanco, Porsche Cayenne matrícula 4370 y tres letritas más —bromeó como si fuera un concurso de la tele en el que no puede dar más pistas .
—Disculpe, pero esto es serio —le llamó la atención el subinspector.
—Lo siento, pero es que este trabajo es muy aburrido. El vehículo salió del aparcamiento del hospital el viernes 20 de noviembre a las 15:45 de la tarde.
—Y la cámara que registra las matrículas, ¿conserva las imágenes?
—Sí que se conservan esas imágenes, pero solo se ve el morro del coche, pero ya que estamos, si quieren se las enseño.
—Por favor —le instó la inspectora a ello.
Tras teclear unos instantes en el ordenador aparecieron en pantalla las imágenes de la matrícula y poco más.
—Como les había dicho, solo se ve el morro del coche.
—Bueno, al menos esto puede servirnos de algo.
—¿Puedo ayudarles en algo más?
—Creo que por el momento es todo. Si se aburre y, por pasar el rato, quisiera revisar las imágenes del viernes 20 sobre las 15:45, y si encuentra algo sospechoso nos avisa para que pidamos una orden judicial para que podamos revisarlas, le estaríamos muy agradecidos.
—Esta tarde creo que no voy a tener mucha faena y revisaré unos archivos que tengo pendientes, inspectora —le dijo guiñándole un ojo.
—Pues que tenga suerte con esos archivos.
—Gracias, inspectora. Otra cosa antes de que marchen.
Si quieren les puedo introducir la matrícula de su coche en el sistema para que puedan entrar y salir gratis y sin perder tiempo teniendo que ir a la máquina de autopago.
Supongo que van a tener que venir más veces al hospital para su investigación .
—Pues es usted muy amable —la inspectora le dio el número de su matrícula y tras despedirse se dirigió junto al inspector a recoger su coche.
—Creo que le has gustado.
—¿Seguro? —respondió la inspectora al mismo tiempo que su cara tomaba una tonalidad rojiza.
—Seguro —sonrió el subinspector—. Si quieres ya conduzco yo, eso sí, me tienes que guiar que todavía no conozco mucho Barcelona.
—Deja, ya conduciré yo. Todavía no confío tanto en ti como para dejarte conducir mi coche.
Ambos se subieron al automóvil y salieron del hospital siendo ya noche cerrada. La inspectora tomó rumbo a la comisaría.
—Mira, ese coche es de una rubia tonta —interrumpió el subinspector el silencio en el que se habían sumido tras abandonar el aparcamiento.
—¿Cuál? —preguntó sorprendida la inspectora.
—Ese de ahí —indicó con la mano el subinspector.
—Pero si lo conduce un señor que podría ser mi padre.
—Pues el coche debe ser de su hija.
—A ver, David, que no sé por dónde vas.
—Un coche amarillo y la matrícula DMB.
—Sigo sin pillarte. Explícate, por favor, que a estas horas empiezo a estar un poco cansada.
—¿Te suena le expresión en inglés “dumb blonde”?
—¿Rubia tonta?
—Pues eso, coche amarillo-blonde y DMB-dumb. Rubia tonta.
—¡David, por favor !
—Ya te dije que las tenía más elaboradas —ambos rieron.
—En fin. Puede que acabe acostumbrándome a tu juego de las matrículas y, quién sabe, igual me aficiono yo también.
—Pruébalo, a mí me divierte y me distrae.
—Mientras no nos quite el foco del caso.
—No será así, verás. A mí también me sirve para recordar matrículas de sospechosos y me ejercita la memoria.
—Volviendo al caso, voy a llamar al Dr. Mur a ver si nos puede aportar algo.
La inspectora cogió su teléfono y tras elegir el número del forense entre los favoritos apretó el botón verde de llamada y puso el manos libres. Tras doce tonos descolgaron el teléfono al otro lado.
—Inspectora, buenas tardes o buenas noches, que ya no sé ni qué hora es. Lo siento, pero no he podido responder antes porque estoy con la autopsia del Dr. Torres.
—Disculpa, Jesús. Si quieres te vuelvo a llamar más tarde.
—No, no te preocupes. Mi ayudante ha respondido la llamada y me ha acercado el aparato al oído. ¿Qué se te ofrece?
—Solo llamaba por si habías realizado ya la autopsia y tenías información concluyente que darme, pero veo que te pillo con las manos en la masa.
—Nunca mejor dicho. Pues por ahora solo puedo decirte lo que hemos hablado esta mañana en el Carmel, pero mañana por la mañana a primera hora redactaré el informe, pero si te quieres pasar por el Anatòmic te haré un resumen de viva voz .
—Pues quedamos así. Mañana tenemos que ir al Mediterrani, pero antes pasaremos a verte y con la información que nos aportes quizá podamos afinar más los interrogatorios.
Se despidieron hasta el día siguiente.
—Es un trabajador incansable el forense, ¿verdad?
—Sí que lo es. Hablando de cansancio. Yo empiezo a necesitar un descanso y tú creo que para ser tu primer día ya has tenido bastante. ¿Te quedas en Barcelona o vuelves a Girona?
—Sí, yo también empiezo a acusar la fatiga.
Por ahora iré y vendré cada día desde Girona.
Allí tengo un piso en propiedad y la mitad de mi sueldo se va en pagar la hipoteca, por lo que no me da para pagar también un alquiler aquí.
Buscaré alguna cosa por Barcelona y cuando encuentre algo que esté bien y pueda pagar, pondré mi piso en alquiler.
—Pues te deseo suerte. Para encontrar algo bueno, bonito y barato vas a tener que peregrinar antes a Lourdes y con el caso recién iniciado no va a poder ser.
—Gracias por los ánimos.
—De nada. Si quieres te llevo a Sants y yo me paso un momento por la comisaría y redacto el informe del día.
—Pues te estaría muy agradecido. Mañana ya vendré con mi coche, así no dependo de horarios y puedo hacer de chófer.
—Me parece perfecto.
Tras dejar al subinspector en la puerta de la estación de Sants la inspectora tuvo la intención de ir a la comisaría unos minutos para poner en papel lo que había acontecido durante el día.
Cuando pasó por delante del edificio vio que en la puerta estaba Mònica Cardós apostada y continuó conduciendo sin detener el coche.
—¡Mierda! —exclamó furibunda— ¿Cómo coño se ha enterado la prensa? La madre que parió a la periodista esa de los cojones. Debe tener algún infiltrado en el cuerpo.
Tomó el teléfono y marcó otro de sus números favoritos.
—Jordi, acabo de pasar por delante de la comisaría y ya tenemos a la prensa carroñera esperando su carnaza.
—¡Joder! Otra vez no.
—Pues sí. Esperemos que esta vez no se metan por el medio y nos dificulten la investigación como pasó con el asesino del crucigrama.
—Ni que hagan cundir el pánico entre la población. Si sale en toda la prensa que hay un vampiro en acción vamos a tener un problema.
—¿Qué hacemos, Jordi?
—Tú por el momento irte a casa y que no te vea la prensa. Yo bajaré en breve e investigaré qué saben. Si “la información es poder”, la frase se aplica en ambos sentidos.
—De acuerdo, Jordi. Cualquier cosa me avisas y mañana por la mañana nos vemos en tu despacho.
—De acuerdo, Laura.
—Hasta mañana, comisario. «Mierda, no sé si estoy preparada para lidiar con esto de nuevo».
La inspectora malhumorada condujo velozmente por las calles de Barcelona, ya oscuras, hacia su pequeño apartamento.
Una vez allí se dirigió directamente hacia su habitación y se desvistió.
Se puso delante de un espejo de cuerpo entero y observó su desnudez.
Sus preciosos ojos verdes eran incapaces de admirar la belleza de su escultural figura.
La visión de su atlética anatomía se veía eclipsada por una enorme cicatriz que le había marcado el abdomen y la confianza.
El miedo a que algo así se pudiera repetir lo ocultaba mostrándose distante y dura con los que la rodeaban, pero no sabía hacerlo de otra manera.
Su nuevo compañero le había causado muy buena impresión y tenía la esperanza de que fuera el apoyo que necesitaba para olvidarse para siempre de sus heridas, de las internas y de las externas.
Después de mirarse en el espejo con ojos llorosos y de acariciarse la cicatriz durante un tiempo en el que parecía estar hipnotizada, recobró la consciencia de dónde estaba y se dirigió al cuarto de baño.
Llenó la bañera con agua caliente y le añadió un kilo de sal y pasó en ella la siguiente hora.
Después comió algo rápido y se fue a descansar.
Tenía por delante un nuevo caso que resolver.