El anestesista insomne 9
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Tras haber dado buena cuenta del menú y del enésimo café, descendieron a la sexta planta y realizaron el mismo ritual que habían hecho unas horas antes cuando habían hablado con la Dra.

Bitrià. Ahora con la que hablaban era con la enfermera jefe del turno de tarde de la Unidad de Cuidados Intensivos.

—Sra. Ferragut, no sé si lo sabe, pero estamos investigando la muerte del Dr. Torres —le comunicó la inspectora.

—Sí, ya nos ha llegado la noticia. Un hospital es un patio de vecinos gigante. Aquí las noticias vuelan.

—Vaya, no me gustaría tener ningún secreto que ocultar si trabajara aquí —añadió el subinspector.

—Dos telediarios le duraría.

—Estamos investigando personal sanitario que pudiera tener motivos para asesinar al Dr. Torres, ¿sabe de alguien que los tuviera?

—Inspectora Sans, el Dr. Torres era la persona más odiada que conozco. Gente con motivos para desear su muerte hay a patadas, otra cosa es tener el valor para hacerlo.

—¿Podría hacernos una pequeña lista con la gente que trabaja aquí y en su turno que tuviera problemas con el Dr. Torres?

—Mire hacia allí, hay ocho enfermeras. Todas tienen motivos.

A todas las ha acorralado en un rincón y ha intentado propasarse con ellas.

Cada vez que sube, subía —se corrigió— a visitar un paciente que hubiera operado sucedía lo mismo.

De vez en cuando conseguía engatusar a alguna y tener una relación consentida, pero eso era las menos de las veces.

¿Ven aquella enfermera pelirroja de allí?

—ambos asintieron—. A aquella la dejó embarazada y en cuanto lo supo no quiso saber nada más de ella.

—Y, ¿sólo ha tenido problemas con enfermeras?

—No, que va. Los ha tenido con todos los intensivistas del servicio.

Si un paciente no evolucionaba como él deseaba o incluso fallecía, les montaba un buen espectáculo, los acusaba de negligentes y matasanos y les amenazaba con denunciarlos.

Decía que su reputación como cirujano estaba en juego y que ellos le creaban mala fama.

—¿Podría decirnos el nombre de alguno de esos intensivistas? —solicitó el subinspector.

—Por supuesto, pero para ir un poco al grano les diré dos con los que casi llegaron a las manos: el Dr. Josep Feliu y el Dr. Enric Costa. Casualmente están los dos hoy de guardia y podrán hablar con ellos si el estado de sus pacientes se lo permite.

—Eso sería estupendo. ¿Sabe de alguien más, ya sea de turno de tarde, noche o mañana en el que debiéramos poner más atención?

—Los médicos hacen su turno de mañana y luego, los que están de guardia, siguen hasta el día siguiente, 24 horas, por lo que yo los conozco a todos y, sin ser policía, no creo que ninguno tuviera razones más importantes que estos dos para asesinar al Dr. Torres. A parte de su mujer, la Dra. Bitrià.

—Sí, ya hemos hablado con ella. Eso en cuanto a médicos, pero ¿y en cuanto a enfermeras ?

—Miren, ya les digo, todas las enfermeras de los tres turnos están en el mismo saco, pero yo no perdería el tiempo y me centraría en esos dos doctores. Y en la Dra. Bitrià.

—Eso tendremos que decidirlo nosotros, ¿no cree? —le increpó la inspectora.

—Por supuesto, ese es su trabajo. Yo solo intentaba que no perdieran el tiempo —respondió a la inspectora sin la más mínima acritud, acostumbrada a las situaciones de estrés y las presiones de los médicos—.

Si les parece voy a ver si los doctores Feliu y Costa pueden dedicarles unos minutos —se alejó hacia la zona de los boxes.

—Laura, la enfermera sólo quería ayudar.

—Lo sé, lo siento, pero no me gusta que me digan lo que debo y no debo hacer en mi trabajo.

Tras varios minutos de espera apareció un doctor de metro noventa, musculado y de rostro atractivo que se presentó a los policías.

— Soy el Dr. Josep Feliu, intensivista. Me ha dicho Marta que querían hablar conmigo.

—Así es. Estamos investigando el asesinato del Dr. Torres.

—Sí, ya me ha llegado la noticia. Estas cosas vuelan a la velocidad de la luz. ¿En qué puedo ayudarles?

—Por el modo de acabar con la vida del Dr. Torres su asesino probablemente sea un médico o una enfermera.

—Supongo que una doctora y un enfermero también serán sospechosos, ¿no? —se defendió ante la diana que sentía llevar en la frente.

—Por supuesto, es solo una manera genérica de hablar —puntualizó la inspectora— ¿Ha tenido usted algún problema con el Dr. Torres? ¿Algún enfrentamiento con él ?

—¿Quién no ha tenido un problema o un enfrentamiento con él? Era una mala persona, un…

—Mujeriego, jugador, drogadicto…—le interrumpió el subinspector.

—Así es —afirmó con rotundidad el Dr. Feliu.

—Pero el Dr. Torres ha sido asesinado, lo que significa que uno o una de esos o esas —dijo la inspectora marcando bien las palabras para englobar ambos sexos —al final ha decidido que ya tenía suficiente y se lo ha hecho pagar.

Ahora responda a la pregunta, ¿ha tenido usted algún enfrentamiento con el Dr. Torres?

—Pues la verdad es que sí, para que voy a engañarles. Además, fue aquí mismo y hubo muchos testigos.

—Cuéntenos.

—Pues fue hace unas dos semanas. El Dr. Torres había hecho una complicadísima cirugía cardíaca que le había llevado más de diez horas.

El paciente era pluripatológico y de avanzada edad, por lo que las posibilidades de supervivencia eran bajas.

Tras dos días ingresado aquí, en la U.C.I.

, parecía que empezaba a remontar, pero luego su salud cayó en picado y, desgraciadamente, falleció.

Cuando el Dr. Torres lo supo vino gritando, pidiendo explicaciones de por qué había fallecido su paciente.

Que él había hecho un magnífico trabajo, que le había dedicado más de diez horas de su valiosísimo tiempo para que ahora nosotros lo dejáramos morir.

—Y eso a usted le molestó mucho.

—Claro que me molestó mucho —respondió alzando la voz—, a nadie le gusta que le acusen de hacer mal su trabajo y menos si no es así. Nosotros nos desvivimos por nuestros pacientes, ya sean jóvenes o ancianos. Cada fallecimiento es un duro golpe …

—Y llegaron a las manos —no le dejó proseguir la inspectora.

—Cuando quise explicarle cómo había sido la evolución del paciente se abalanzó sobre mí e intentó agredirme. Yo sólo intenté sacármelo de encima. Por suerte vino el resto del personal y lo sujetaron.

—Y supongo que después del altercado ya no se sentía solo molesto con el Dr. Torres.

Supongo que se sentiría muy enfadado, incluso lleno de ira y si hubiera podido lo hubiera matado allí mismo, pero como había testigos prefirió dejarlo para otro momento, ¿no es así, Dr. Feliu? —le increpó con dureza la inspectora.

—Pero ¿qué dice? ¿Está usted loca?

—¿Me acaba de llamar loca? —dijo con suavidad la inspectora.

—Usted me acaba de acusar de asesinato.

—Motivos parece tener para estar muy enfadado con el fallecido y hay gente que por mucho menos ha matado —comentó el subinspector.

—Piensen lo que quieran, pero yo no maté a ese despojo humano. Seguramente se lo merecía, pero yo no voy por la vida de justiciero. Mi labor es mantener con vida a la gente, no matarla.

—Está bien, doctor, cálmese que sus pacientes le necesitan centrado. Una última cosa, ¿dónde estuvo usted todo el fin de semana?

—Este fin de semana he hecho muchas cosas. He ido al gimnasio, a correr por Collserola, a comer y cenar con amigos …

—Y entre toda esa actividad, ¿no habrá tenido un ratito para matar al Dr. Torres? —le soltó la inspectora con una sonrisa en la cara intentando suavizar la situación.

—Inspectora, ya sé que su obligación es apretar en los interrogatorios para intentar solucionar sus casos, pero no se lleve una mala impresión de mí. Yo no soy un asesino y yo no maté al Dr. Torres.

—De acuerdo, Dr. Feliu. Vuelva a su trabajo y permanezca localizable. Muchas gracias.

El Dr. Feliu abandonó la sala de visitas y se acercó la enfermera Marta Ferragut quien les comunicó que el Dr. Costa les podría atender en unos minutos.

—¿Qué opinas, David?

—Hay dos cosas que me han llamado la atención: la primera es lo bien que has encajado que el doctor te llamara loca.

—Gracias, estoy intentando seguir tus consejos —le dio una palmadita en el hombro—. ¿Y la segunda?

—Lo mal que ha encajado el doctor la acusación. Una persona acostumbrada al estrés, a tener la vida de otros en sus manos debería haber mantenido el control. Seguro que ha vivido situaciones mucho peores.

—Quien se pica, ajos come.

—¿Crees que ha podido ser él?

—Por el momento no tenemos mucho contra él, pero mientras no avance la investigación no podemos descartar nada ni a nadie. Yo lo pondría en el grupo de los sospechosos principales junto con la Dra. Bitrià .

—Estoy de acuerdo contigo, Laura. Mira, ese que se acerca debe de ser el Dr. Costa —ambos se levantaron de sus sillas para recibir al siguiente sospechoso.

—Bona tarda! Soy el Dr. Enric Costa, intensivista.

—Mucho gusto —el subinspector fue quien hizo las presentaciones tras el saludo—, siéntese, por favor.

—Doctor, vayamos al grano, que usted tiene trabajo y nosotros ya nos vamos haciendo una idea de cómo era la víctima ya que todo el mundo relata lo mismo.

Nos consta que usted ha tenido algún problema grave con el Dr. Torres.

¿Qué podría explicarnos sobre lo ocurrido? —le preguntó la inspectora sin rodeos.

—Mire, inspectora. Ya le habrán dicho que el Dr. Torres era…

—El mismísimo Belcebú —le cortó el subinspector.

—No es broma, era la peor persona que he conocido nunca y con él he tenido no uno sino varios encontronazos y siempre por lo mismo: pacientes que no han evolucionado como él esperaba.

Nosotros no hacemos milagros, la gente muere a pesar de todos nuestros esfuerzos, pero él no lo entendía, era incapaz de comprender que una cirugía no es solo suturar, poner los injertos y endoprótesis.

Todo eso se realiza sobre una persona, un ser vivo que tiene sus patologías, sus debilidades y que en medicina las cosas no siempre son dos más dos cuatro.