El anestesista insomne 8
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Tras llegar a la octava planta y hacerse con el menú del día, se sentaron a una mesa situada en un enorme ventanal con unas vistas espectaculares del mar Mediterráneo y empezaron a degustar su comida.

—Recapitulemos —inició la conversación la inspectora—, tenemos el cadáver de un médico que, presuntamente, ha sido asesinado por su profesión, de ahí lo del carné de colegiado en la boca.

—Correcto.

—Que ha sido desangrado como un vil cochino por alguien con conocimientos médicos. Una enfermera especializada, un anestesista, un uciólogo «¿se dirá así?» o algún cirujano.

—Así es, porque la opción de haber contratado a un sicario para llevar a cabo este tipo de crimen me parece harto difícil y absurda. Ah, y creo que el término es intensivista.

—Gracias, me has leído el pensamiento. Concuerdo contigo, David. Y, según nos han indicado su exesposa y el director médico, la lista de candidatos es enorme.

—Bueno, podría ser peor. Si le hubieran clavado un cuchillo ahora estaríamos hablando del triple de candidatos a justiciero del año.

—No, si el que no se consuela es porque no quiere —le dijo la inspectora guiñándole un ojo—. Dado que hasta las tres y media no podemos avanzar en la investigación, ¿qué te parece si seguimos con mi test?

—¿De verdad, Laura? —preguntó con cara de disgusto.

—David, para ti puede parecer una tontería, pero para mí es muy importante.

Dices que mis preguntas no tienen ningún rigor científico, y puede ser, pero a mí me ayudan mucho a conocer a mi compañero.

Ten en cuenta que los policías ponemos nuestras vidas en manos de nuestros colegas y no siempre son lo que parecen.

Los hay que cuando más los necesitas se esconden y te dejan a merced de los peores peligros —explicó aceleradamente y con gestos de dolor en su rostro.

—Perdóname, Laura. No sabía que fuera tan importante para ti. Lo siento mucho —se disculpó sinceramente.

—Es normal que pienses que se me va la olla con lo del test, porque seguro que los del “ escamot ” te han dicho que lo paso porque estoy buscando novio, pero la verdad es la que te acabo de explicar.

No quiero que me vuelva a pasar esto por no conocer bien a mi compañero —la inspectora se levantó disimuladamente la camiseta y le mostró una cicatriz que iba desde el esternón hasta el pubis y rápidamente se tapó.

—Pero ¿qué te pasó? —preguntó muy sorprendido.

—Nada que me guste recordar ni explicar.

—De acuerdo. Respeto tu intimidad. Si alguna vez quieres hablar de ello, recuerda que además de tu compañero soy psicólogo.

—Muchas gracias, lo tendré en cuenta. ¿Ahora puedo continuar con el test? Y si quieres lo analizamos juntos.

—Me parece perfecto. Adelante.

—Pues ahí va. Esta pregunta me viene que ni pintada por el lugar en el que estamos.

Imagina que estás en una celebración en la que hay un buffet libre.

Coges un plato y te sirves lo que quieras de todo lo que hay preparado y luego vas a sentarte a dar buena cuenta de todo ello.

Tú, qué tipo de persona eres, ¿de los que empiezan por lo que más les gusta y dejan para el final lo que les gusta menos?

«como la perra que tuve de pequeña», o, en cambio ¿eres de los que empiezan por lo que menos les gusta y dejan sus manjares favoritos para el final?

—Vaya, muy buena pregunta. De aquí se puede sacar mucho juego y análisis psicológico. Soy de los que empieza por lo que menos les gusta y dejo para el final lo que más me gusta. ¿Qué dice tu test sobre eso?

—Las respuestas por sí solas no dicen nada.

Tienen que analizarse en la globalidad de los ítems que forman parte del algoritmo.

Una persona que empiece por lo que menos le gusta siempre estará comiendo lo que menos le satisface del abanico de posibilidades que tiene delante de sí, pero al mismo tiempo podría interpretarse como que es una persona paciente, que no tiene prisa por llegar a su objetivo y que va disfrutando del viaje.

Por otra parte, una persona que empieza por lo que más le gusta siempre estará disfrutando de su mejor opción, siempre elige lo que más le aporta, pero al mismo tiempo podría interpretarse que es una persona impaciente, que necesita una satisfacción inmediata.

—Joder, Laura. Veo que tu test está muy elaborado, que has pensado y razonado las preguntas «al menos esta».

—Así es, David. Soy una persona muy concienzuda y que medita mucho las cosas. La última y acabo, ¿te parece?

—Me parece bien.

—Tú vas conduciendo tu coche y el lugar donde quieres aparcar es una zona de aparcamiento en batería; si las circunstancias te lo permiten, ¿aparcas de culo para luego estar ya encarado y salir de frente o aparcas de frente y luego tendrás que hacer la maniobra para incorporarte a la circulación?

—Yo, si puedo, aparco de culo y ya estoy preparado para salir corriendo cuando vuelva a coger el coche.

—Perfecto. Anotado —dijo dándose pequeños golpecitos con el índice derecho en la sien.

—¿Ya tienes suficiente información para saber si te puedes fiar de mí?

—Dos últimas preguntas. Te lo prometo.

—Pero, si me habías dicho que esta era la última.

—Tienes razón, pero ahora va en serio —dijo con media sonrisa.

—¿Y no habrá dos más después?

—No, seguro que no.

—Venga, dale.

—¿Nutella o Nocilla? ¿Coca-Cola o Pepsi?

— Really , George? —dijo sorprendido, como si le hubieran roto los esquemas.

—Naaah! Estas son de relleno —rieron a carcajadas los dos—. Ya sabes que si no hay un número mínimo de ítems las estadísticas no son fiables y el algoritmo necesita ese “relleno”.

—Nocilla y Pepsi. Sé a qué te refieres. No puedes decir que un jugador de baloncesto es muy bueno porque haya metido un tiro libre. Si no ha lanzado un número mínimo de ellos, la estadística no es valorable.

—Efectivamente, así es. Cosas de los números.

—Me alegra saber que ya tienes todo lo necesario para que tu algoritmo sepa que seré un buen compañero .

—Y yo también. Se acabaron las preguntas algorítmicas de mi manía de hacer un test a mi nuevo compañero, pero quiero que tú continúes con tu jueguecito de las matrículas. Quiero ver hasta qué punto puedes ser retorcido en tu manía —le guiñó un ojo.

—Laura, veo que vuelves a la terminología negativa. Si en lugar de manía dices costumbre y en lugar de retorcido lo expresas como nivel de elaboración, la cosa adquiere un cariz mucho más positivo y enriquecedor —rieron ambos.

—Tienes razón, me gustaría saber a qué nivel de elaboración puede llegar tu costumbre de hacer putos jueguecitos con las matrículas —estallaron en carcajadas.

—Venga, vamos a comer que en breve nos esperan en la U.C.I.