El anestesista insomne 7
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Tras descender a la primera planta se acercaron a un mostrador donde preguntaron a una joven la localización del despacho del director médico quien les dio las indicaciones pertinentes.

La inspectora llamó a la puerta.

—Adelante —respondió el Dr. Vidal, director médico del centro.

Ambos policías accedieron al despacho y se presentaron.

—Pasen y siéntense, les estaba esperando. El comisario Pou me anunció su visita y me solicitó que colaborara con ustedes en todo lo que pudiera. ¿Qué puedo hacer para ayudarles? —preguntó sinceramente.

—Como usted ya sabrá, esta mañana han encontrado muerto a unos de sus médicos, el Dr. Eugeni Torres —el Dr. Vidal asintió con la cabeza— y todo parece indicar que ha sido asesinado.

—Sí, eso me ha comentado el comisario Pou, pero es algo que no me ha sorprendido. Bueno, entiéndame, sí me ha sorprendido que lo hallaran muerto, pero una vez sabes que ha fallecido la idea de que alguien haya acabado con su vida te viene rápidamente a la mente.

—¿Por qué no le sorprende que lo hayan podido asesinar?

—Subinspector Palau, el Dr. Torres tenía muchos enemigos.

Era un magnífico cirujano cardiovascular, tenía unas manos de oro, podía resolver los casos más complicados que pudiera haber.

Él decía que sus padres habían acertado bautizándolo como Eugeni porque era un “ geni” y tenía razón, era un genio, pero era una mala persona.

En el trabajo despreciaba a sus compañeros, a las enfermeras, a los anestesistas, a todo el mundo.

Era un mujeriego y un jugador empedernido.

El póquer era su perdición y tenía muchas deudas con gente muy peligrosa.

También se rumoreaba que flirteaba con las drogas y que sus camellos estaban hartos de que no les pagara.

A la que no pagaba tampoco era a su mujer la manutención de su hijo.

Por cierto, la Dra. Bitrià, su mujer, ¿es conocedora de la muerte de su marido?

—Sí, venimos de hablar con ella y no parece muy afectada ni muy sorprendida por su muerte.

—No me extraña. Cuando estaban juntos, ahora llevan un tiempo separados —ambos policías asintieron— él le era infiel con toda mujer que se le ponía por delante y no se ocultaba, es más, se vanagloriaba de sus conquistas y eso le hizo mucho daño.

—Podemos decir que era un auténtico cabronazo y que hay centenares de personas que se alegran de que ya no esté entre nosotros —resumió la inspectora.

—Hablando en plata, así es.

—Doctor, tras la primera inspección del cadáver, el forense nos ha sugerido un perfil del asesino más reducido que todo ese abanico de posibilidades que usted nos sugiere.

El Dr. Torres ha muerto desangrado y le habían canalizado diversas arterias y venas por las que supuestamente perdió toda la sangre de su cuerpo, lo cual nos hace pensar que el asesino sea alguien relacionado con la medicina, que tenga esos conocimientos, y dado que el Dr. Torres sólo trabajaba en este hospital, lo más probable es que sea un trabajador suyo.

—Tiene mucha lógica esa deducción.

—Además, hay otro aspecto que apoya esta teoría, le pedimos sea muy discreto en este punto, y es que el Doctor Torres fue hallado con su carné del colegio de médicos entre sus dientes.

—¡Santo Dios! ¿El carné en la boca? —exclamó sorprendido—. No se apuren que ese detalle no saldrá de este despacho.

—Se lo agradecemos.

—Eso parece indicar que su muerte está más relacionada con asuntos laborales que externos al hospital y reduce el número de sospechosos —apuntó el Dr. Vidal.

—Y por eso estamos en el hospital, porque creemos que el asesino es uno de sus empleados, pero el hospital es tan grande que querríamos que usted nos ayudara a reducir el cerco. ¿Hay algún perfil de trabajador que se acerque a lo que estamos buscando?

—Como muy bien dice, el hospital es muy grande, hay más de dos mil empleados, pero con la habilidad de canalizar venas, muchos menos, y si le habían canalizado arterias y venas centrales, los sospechosos se reducen más todavía.

—¿A qué tipo de profesionales se refiere?

—Los sanitarios que realizan habitualmente este tipo de maniobras son por un lado las enfermeras, pero no todas, suelen hacerlas las enfermeras de la U.C.I.

y las de la reanimación posquirúrgica. Con ello no quiero decir que no haya otras enfermeras capacitadas para ello, pero no forma parte de su rutina.

—Y, ¿por el otro lado?

—Por el otro lado algunas especialidades médicas. Los más acostumbrados son los anestesistas, los especialistas en cuidados intensivos y algunos cirujanos.

—Por lo tanto, la Dra. Bitrià cumple con los requisitos para considerarla sospechosa.

—Eso deben decidirlo ustedes —afirmó el Dr. Vidal.

—Doctor, necesitaríamos que nos ayudara a organizar los interrogatorios.

Sería genial, «genial igual no es la mejor palabra dado el nombre de la víctima», sería magnífico que nos reuniera el personal para poder concentrar los interrogatorios en tiempo y espacio y así agilizar el trabajo de la investigación —solicitó el subinspector.

—Lo que ustedes digan. Si quieren lo preparo todo para mañana por la mañana, pero deben tener en cuenta que muchos de esos profesionales trabajan por turnos y no todos van a estar presentes.

Intentaré que el turno de tarde venga un par de horas antes y así quizá puedan hablar con la mayoría del personal mañana mismo, si les parece bien.

Si quieren ir adelantando trabajo podrían empezar esta misma tarde con la U.C.I.

y mañana por la mañana con el quirófano, que es cuando se concentra la mayoría del personal, y el turno de mañana de cuidados intensivos.

Los turnos de noche ya miraríamos de organizarlo cuando más les conviniera. ¿Lo hacemos así?

—Nos parece perfecto.

—Entonces ahora llamaré a la supervisora de la U.C.I. para que después del pase de turno, sobre las 15:30, lo tenga organizado para que les atiendan.

—Muchas gracias, Dr. Vidal —ambos policías le estrecharon la mano y se dirigieron hacia la puerta del despacho.

—Si necesitan cualquier cosa más ya saben dónde localizarme. Aquí tienen mi tarjeta por si les resulta más fácil llamarme. Si tienen hambre pueden ir a la cafetería del hospital a comer algo. Está en la octava planta.

—Muchas gracias. Eso haremos.

Ambos policías salieron del despacho y por el pasillo llegaron al vestíbulo de la primera planta.

—¿Ascensor o escaleras? —preguntó la inspectora dirigiéndose hacia las escaleras sin darle opción a que eligiera el ascensor.

—Yo también prefiero las escaleras —sonrió mientras seguía a la inspectora.