El anestesista insomne 6
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La inspectora y el subinspector salieron del despacho del comisario y se dirigieron por las escaleras hacia el de la inspectora situado dos plantas más abajo. Una vez instalados empezaron a organizar las tareas que tenían por delante.

—Bueno, el primer paso será localizar a la familia de la víctima para realizar la comunicación del suceso e intentar obtener alguna información que nos sea de utilidad.

—Si tenían conocimiento de que el Dr. tuviera algún enemigo, alguien que pudiera tener algún motivo para desear su muerte hasta el punto de cometer un asesinato—añadió el subinspector.

—Otro paso será saber dónde trabajaba.

—Supongo que el colegio de médicos podrá ayudarnos con eso. Yo me encargo de llamar —se ofreció el subinspector.

—Entonces yo voy a bucear en la base de datos para localizar a sus familiares, pero antes necesito un café. ¿Te traigo uno?

—Sí, muchas gracias. Con leche y…

—Sin azúcar —le interrumpió la inspectora.

—Efectivamente, muchas gracias. «Joder, qué cambio».

Cuando regresó la inspectora con los cafés, ambos se dedicaron a llevar a cabo su parte de la tarea. Pasados unos minutos y otro café, parecía que tenían algo.

—David, ya he localizado a la esposa, Carme Bitrià, la Dra. Carme Bitrià. Es especialista en cuidados intensivos y trabaja en…

—¿En el Hospital del Mediterrani? —se le adelantó el subinspector.

—Efectivamente. ¿Igual que la víctima?

—Igual que la víctima. Acabo de saberlo a través del colegio de médicos de Barcelona. ¿Tienes la dirección y el teléfono de la esposa?

—Sí, lo tengo todo, hasta su número de la seguridad social, pero creo que con el teléfono y la dirección será suficiente.

La inspectora le mostró a su compañero la hoja de papel reciclado en la que lo había anotado todo. Si no contenían información importante, aprovechaba todos los folios y les daba una nueva vida. La salud del planeta le preocupaba.

—Como la comunicación de la defunción debe ser en persona, ¿dónde vamos? ¿A su domicilio o a su lugar de trabajo?

—Teniendo en cuenta la hora que es, lo más probable es que esté trabajando. Vayamos al hospital.

—Pues Vamos.

Ambos tomaron sus abrigos y descendieron hacia el coche de la inspectora, quien se vio obligada a conducir de nuevo.

—Mira, uno al que le gusta el zumo de cereales —dijo el subinspector rompiendo el silencio que se había creado en el coche.

—¿Cómo dices?

—Mira la matrícula de ese coche, ¿qué letras tiene?

—CVZ — respondió la inspectora mientras pensaba a qué podían hacer referencia esas letras.

—Pues eso, que le gusta la…

—CerVeZa, que le gusta la cerveza —se adelantó con celeridad la inspectora para que no le diera tiempo al subinspector a completar la palabra y que quedara así muy claro que la había acertado.

—Muy bien, Laura. Lo has pillado rápido. Creo que vas a ser muy buena en este juego, aunque esta era de las fáciles.

—Se me dan bien los juegos y ahora que has sacado una de tus manías…

—Costumbres —le indicó el subinspector—. Si dices manía tiene cierto sentido peyorativo, si dices costumbre es mucho más neutro, no ofendes a la persona y estás diciendo exactamente lo mismo.

—No lo había visto nunca así, pero creo que tienes razón. Pues ahora me toca a mí proseguir con una de mis costumbres. ¿Te parece bien?

—¿Seguimos con tu test? —preguntó con una sonrisa en los labios.

—Premio para el caballero.

—Pues nada, “a jugar” que decía Joaquín Prat.

—¿Quién?

—Cuando era muy pequeño cada tarde me sentaba a ver la tele con mi abuela y había un programa…nada, es igual, dispara. Son cosas de mi infancia.

—De acuerdo. Esta es fácil. ¿ColaCao o Nesquik?

—¿Cómo?

—¿Te la repito?

—No, no. He entendido la pregunta, pero, así a bote pronto me ha sorprendido .

—Pues si lo piensas tiene mucho sentido.

La gente que prefiere el Nesquik, por lo general, vive en la inmediatez de las cosas, tiene más prisa por conseguir sus objetivos y no disfruta del proceso.

En cambio, los que prefieren el ColaCao no son tan ansiosos —entrecomilló la palabra con sus manos alzadas—, pueden esperar a conseguir sus resultados y disfrutan del proceso de remover los grumos con la cucharilla —explicó la inspectora sumida en un halo de seriedad y profundidad.

—¿Perdón? Creo que esa reflexión la ha debido hacer un psicólogo leyendo los mensajes de las galletas de la suerte de un restaurante chino —ambos rieron con el comentario.

—Puede que no sea lo más científico del mundo, pero tiene su lógica.

—El Nesquik.

—Perfecto, gracias. Te hago una más que ya estamos llegando al hospital.

—Sorpréndeme —dijo esbozando una sonrisa.

—¿Carnívoro o ictiófago?

—Pues si estabas pensando que no había entendido la pregunta, te has equivocado. Prefiero la carne al pescado —le aseguró a la inspectora con aire de suficiencia.

—¡Vaya! Eres la primera persona a la que paso el test que entiende esta pregunta —comentó sorprendida.

—Como ya has podido apreciar, me gusta jugar haciendo palabras con las letras de las matrículas y también me gusta conocer la etimología de los vocablos que utilizo.

Haber estudiado una carrera de ciencias despertó en mí esa curiosidad.

Tener que aprender tantas palabras con origen latino y griego era mucho más fácil a medida que conocía su etimología y además así podía adivinar el significado de otras nuevas.

En la facultad jugábamos a inventarnos términos usando raíces griegas y latinas.

—Eres un poco rarito tú, ¿no? —le soltó la inspectora.

—La verdad es que un poco sí.

En ese momento llegaron al aparcamiento del Hospital del Mediterrani y se introdujeron en él tras coger el tique y esperar a que se levantara la barrera. Buscaron el acceso al edificio, aparcaron justo al lado de la puerta y se dirigieron al mostrador de recepción.

—Bon dia! Somos la inspectora Sans y el subinspector Palau. Buscamos la U.C.I. —dijo al mismo tiempo que enseñaba la placa.

—Bon dia! Sexta planta —respondió la recepcionista haciéndose eco de la amabilidad de la inspectora.

—¿Las escaleras?

—¿No prefieren saber dónde están los ascensores?

—No. Si hubiera querido saber dónde están los ascensores se lo hubiera preguntado. Quiero saber dónde están las escaleras —afirmó con brusquedad la inspectora.

La recepcionista, sin abrir boca, le señaló la ubicación de las escaleras.

—No te importa que subamos a pie, ¿verdad?

—No, la verdad es que no me importa, es más, lo prefiero.

—Pues subamos.

—Tú delante. «¿Hace falta ser tan borde?»

Ambos subieron las escaleras hacia el sexto piso con paso firme y sin que se les acelerara la respiración.

—Laura, ¿te puedo decir una cosa sin que te enfades? —ambos se detuvieron .

—Eso me lo preguntas porque sabes que me voy a enfadar.

—Seguramente, pero no te lo tomes a mal, mi intención es buena.

—A ver, dispara.

—¿No crees que has sido muy poco amable con la señora de recepción? —le preguntó algo temeroso de su reacción.

—¿Dices poco amable por no decir borde?

—Eh, bueno, sí —titubeó—, quería decir borde, pero no quería ser borde yo también.

—Quizá tengas razón. No soy consciente de que suelo ser agresiva en los primeros momentos hasta que ya lo he sido y no hay remedio.

Para mí no es fácil ser una mujer de mi rango en un mundo de hombres y debe ser mi manera instintiva de reafirmarme y de crear una barrera de protección —respondió con aflicción.

—Pensaba que el psicólogo era yo —le guiñó un ojo.

—No soy psicóloga, pero he visitado más de uno y, aunque no lo parezca, estoy intentando mejorar mi carácter.

—Parece un gran paso «eso te ayudará a encontrar pareja sin necesidad de hacer tantos test de estar por casa». ¡Enhorabuena!

—Gracias. Que alguien reconozca tus esfuerzos ayuda a seguir con la lucha.

Cuando llegaron al sexto piso se dirigieron hacia la puerta de la U.C.I. e intentaron abrirla. Estaba cerrada con llave.

—Seguramente, por motivos de seguridad, haya que llamar al portero para que nos abran —indicó el subinspector pulsando el botón de comunicación .

Pasados unos segundos alguien respondió al otro lado del telefonillo.

—Sí, ¿quién es? No son horas de visita —una voz varonil les informó de que no eran bienvenidos.

—Policía, abran —respondió la inspectora al mismo tiempo que aproximó su placa a la cámara del intercomunicador.

—¡Laura! —le llamó la atención dándole un pequeño golpe con el codo.

—Buenos días. Somos la inspectora Sans y el subinspector Palau de los Mossos d’Esquadra y es necesario que hablemos con la Dra. Bitrià de manera urgente.

—Mucho mejor —le susurró el subinspector.

—Adelante, les abro. Ahora vengo a buscarlos —dijo la voz varonil al mismo tiempo que se oyó el zumbido que desbloqueaba el cierre de la puerta.

El subinspector empujó la pesada puerta y accedieron al interior de la U.C.I.

Tras un par de minutos, llegó hasta ellos un celador de casi dos metros de altura ataviado con un traje azul, patucos, gorro y mascarilla y que llevaba en sus manos un par de batas y el resto de los complementos para que los policías pudieran acceder a la zona reservada a los médicos.

—Vístanse —les indicó secamente el celador haciéndose a un lado —cuando acaben los acompañaré a la sala de visitas donde se podrán quitar la mascarilla si lo desean.

—Gracias —respondió el subinspector.

—Es que hay algunos que me ponen muy difícil ser amable —le susurró la inspectora a su compañero.

—Hay mucha gente a la que le molesta que los saquen de su rutina y si encima es la policía…

Una vez uniformados el celador los acompañó a la sala de visitas y les invitó a sentarse. En unos minutos hizo acto de presencia una espectacular mujer de metro setenta, larga cabellera rubia recogida bajo un gorro y deslumbrantes ojos azules.

—Hola. Soy la Dra. Carme Bitrià. Espero que sea algo muy importante para que me interrumpan en el trabajo —dijo malhumorada.

«Es que me lo ponen muy difícil» —Somos la inspectora Sans y el subinspector Palau, y sí, el asunto es muy importante. Su marido…

—Exmarido —puntualizó la Dra. interrumpiendo a la inspectora.

—¿Exmarido? No sabíamos que estuvieran divorciados —comentó el subinspector.

—Y no lo estamos. Hacemos vidas separadas y lo único que nos une es nuestro hijo y el lugar donde ejercemos la medicina. Pero ¿cuál es el motivo de su visita?

—Sentimos mucho comunicarle el fallecimiento de su ma… de su exmarido —se corrigió la inspectora.

—Vaya, tarde o temprano tenía que llegar. Llevaba muy mala vida —respondió sin el más mínimo gesto de dolor o sorpresa.

—¿No siente nada por la muerte de alguien con el que ha compartido una etapa de su vida y con el que tiene, tuvieron un hijo en común? —dijo sorprendido el subinspector.

—Sí que siento algo, por supuesto, ¿por quién me toma? Siento alivio y descanso por la muerte de ese hijo de puta. Y, ¿cómo ha muerto? ¿Sobredosis de alcohol o cocaína? ¿Un accidente conduciendo borracho?

—Ha sido asesinado. Han encontrado su cuerpo exangüe tirado al lado de unos contenedores —dijo la inspectora.

—El lugar perfecto para una basura de persona.

No me extraña que lo hayan asesinado. Tenía deudas de juego, debía dinero a sus camellos, ha sido un cabrón con muchas personas.

Ha acosado sexualmente a todas las enfermeras con las que ha coincidido y se ha portado fatal, dejando con el culo al aire a la mayoría de los compañeros con los que ha trabajado.

Les va a resultar difícil encontrar al asesino.

Hay cientos de candidatos —se despachó a gusto la doctora.

—Y a usted, ¿qué le ha hecho? ¿Por qué se han separado?

—Inspectora, a mí me ha hecho muchas cosas.

Me ha sido infiel con la mitad de las enfermeras del hospital, la mitad de las vecinas del edificio donde vivíamos y hasta con las que se suponía que eran mis amigas y, encima, se regodeaba de ello y me hacía quedar como una cornuda delante de todo el mundo.

Cada vez que viene a buscar a su hijo para pasar algún rato juntos, muy de tanto en cuanto porque parece que el niño le molesta, viene con una fulana nueva para restregármela por la cara —explicaba cada vez más acalorada—, y cada dos por tres viene con un coche nuevo, y el muy hijo de puta dice que no tiene dinero y no me pasa ni un euro para la manutención de su hijo.

—Y eso, claro, la saca de sus casillas —le insinuó el subinspector.

—Por supuesto que lo hace. ¿A usted no le sacaría de sus casillas esa situación?

—¿Tanto como para asesinarlo? —la acusó la inspectora obviando la pregunta que le había formulado la doctora .

—¿Me está acusando de asesinar a mi marido, inspectora?

—¿Ahora vuelve a ser su marido? —dijo aumentando el tono acusador.

—Motivos no me faltan, inspectora. Por cómo me ha tratado cuando hemos estado juntos y cómo me ha tratado después de separarnos. Y ahora podríamos decir que tengo otro motivo más —planteó la doctora.

—¿Qué motivo es ese?

—Ahora cobraré la pensión de viudedad y será la manera de que aporte algo para mantener a su hijo. Hará muerto lo que no ha hecho estando vivo —dijo sonriendo.

—Doctora, no nos dé más motivos para sospechar de usted.

—Hagan lo que quieran. Gente interesada en su muerte o que se alegraría por ella, hay mucha. ¿Quieren preguntarme algo más?

—Sí, ¿dónde estuvo el fin de semana?

—En casa con mi hijo.

—¿Hay alguien que pueda corroborarlo?

—Sí, por supuesto. Mi hijo.

—¿Nadie más?

—No, nadie más.

—De acuerdo. Es todo por el momento. Por favor, esté localizable y no abandone el país.

—Si me disculpan, hay pacientes cuya vida corre peligro que necesitan de mi trabajo y no los voy a abandonar —dijo mientras salía de la sala de visitas sin más dilación.

—Joder con la viuda —exclamó la inspectora.

—O exviuda —bromeó el subinspector.

—Muy afectada no parece .

—La verdad es que no, pero motivos para estar contenta sí que tiene.

—Habrá que vigilarla de cerca —sugirió la inspectora.

—Seguramente, pero no creo que sea ella la asesina.

—Bueno, en estos casos no hay que descartar a nadie tan pronto. Vamos, salgamos de aquí que este lugar me incomoda y me estoy agobiando con estos ropajes. Vayamos a ver al director médico.