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La inspectora Laura Sans y el subinspector David Palau habían llegado a la puerta de la comisaría tras un descenso vertiginoso por las escaleras.
—¿Qué coche cogemos, el tuyo o el mío? —preguntó la inspectora con la esperanza de que el subinspector se ofreciera a conducir él su coche y no tener que hacerlo ella sobre la ya menguante capa de nieve que cubría el asfalto.
—¿Y por qué no cogemos uno camuflado de los que tiene el cuerpo? —preguntó sorprendido.
—Pues porque esos coches no me gustan nada. Los han querido camuflar tanto que parecemos unos quinquis cuando los conducimos.
—Pues entonces tendrá que ser con el tuyo, Laura. El mío está en Girona. Hoy he venido en el AVE. No me he querido arriesgar a tener cualquier problema y no ser puntual en mi primer día —respondió aliviado por no tener que conducir.
—Está bien, cogeremos el mío.
Ambos se dirigieron a buscar el Audi Coupé. La inspectora se puso al volante y condujo en silencio concentrándose en el pavimento ligeramente cubierto de nieve. Cuando habían pasado unos minutos y ya controlaba la situación retomó su test.
—¿Fumas ?
—¿Perdón?—respondió el subinspector sorprendido por la naturaleza de la pregunta y por la súbita ruptura del silencio.
—¿Que si fumas?
—¿Es curiosidad o parte del test psicológico de bienvenida? —le replicó con cierta sorna.
—Pues ambas cosas. Es parte del test porque ser fumador o no es un aspecto psicológico importante que define la personalidad de los individuos, y también por curiosidad porque odio el humo del tabaco y no me gusta que se fume en mi presencia.
—Pues por la parte de relación personal vas a estar de suerte porque ni fumo ni me gusta que se fume en mi presencia. Ahí coincidimos. Por la parte del test entiendo que no fumar es algo favorable, aunque eso depende de cómo esté planteado el algoritmo.
—Pues me alegra mucho saber que no fumas, por lo de la relación como compañeros. Una última pregunta, que ya estamos llegando a nuestro destino. ¿Mar o montaña?
—Siento ser un poco “ torracollons” , pero es una pregunta que está planteada de un modo dicotómico, pero creo que en realidad no debería ser así.
A uno le pueden gustar las dos por igual.
A mí me puede encantar ir a esquiar en invierno y hacer trekking en verano por los picos del Pirineo y al mismo tiempo puedo disfrutar como un enano de hacer windsurf, tomar el sol y bañarme en el mar en mis vacaciones estivales.
«Vaya test más de estar por casa que ha creado ella sola.
Ni psiquiatría forense, ni informática, ni nada».
—Bueno, pero si tuvieras que inclinarte por ir al mar o la montaña, ¿qué elegirías? —dijo mostrando un nivel creciente de irritación .
—Pues si no tuviera más remedio que elegir una cosa u otra «que parece que no lo tengo», elegiría la montaña.
—Anotado. Como ya estamos llegando al lugar de los hechos…
—Al lugar del hallazgo del cadáver —dijo interrumpiendo a su compañera, la cual no pareció tomárselo muy bien.
—Sí, al lugar del hallazgo del cadáver —respondió con cierto enfado y mordiéndose la lengua.
En esos momentos llegaron al lugar donde los Mossos habían establecido un perímetro de seguridad. La inspectora detuvo el coche, descendieron y se dirigieron hacia el policía que custodiaba el acceso.
—Somos la inspectora Sans y el subinspector Palau —se dirigió hacia el agente mostrando su placa, a lo que el subinspector sacó la suya del bolsillo y también se la mostró.
—Soy el agente Ramírez. El cadáver ha sido hallado por un vagabundo que, al observar la palidez extrema del finado y dos marcas que parecían dos heridas de mordedura en el cuello, ha huido del lugar y está en paradero desconocido, pero ya hemos pasado su descripción para que sea buscado por nuestros compañeros.
Cuando corría calle abajo se ha cruzado con los operarios del camión de la basura a los que ha advertido del hallazgo.
Ahí están por si quieren interrogarlos —dijo señalando hacia donde estaban los trabajadores de la limpieza.
—Muchas gracias, agente. Eso lo dejamos para más tarde. ¿Ha llegado ya el forense?
—Sí, está examinado el cadáver y sus compañeros de la científica están preparándose para realizar la Inspección Ocular Técnico Policial .
—Gracias de nuevo. Si nos deja pasar —le dijo la inspectora señalando con la mano la cinta policial que delimitaba el espacio.
—Oh, claro. Disculpen.
Ambos se adentraron en el perímetro policial y se dirigieron hacia el fiambre, que en esos momentos estaba custodiado por el Dr. Mur, el forense de guardia y jefe del departamento forense.
—Buenos días, Dr. Mur.
—Inspectora Sans, ¡qué alegría volver a verla!
—Lo mismo digo, Jesús. Es una lástima que siempre que nos vemos haya un cadáver de por medio —dijo con cierta picardía, pero al mismo tiempo inocencia ya que el Dr. Mur sobrepasaba la sesentena y estaba a punto de jubilarse.
—Bueno, bueno. Ya será menos —respondió siguiéndole la broma—. Y, ¿quién es el joven que te acompaña?
—Discúlpame, es el subinspector David Palau, la nueva incorporación de la comisaría. No lleva ni una hora con nosotros y ya está metido en el primer asesinato.
—Subinspector Palau, bienvenido —le dijo alargándole la mano.
—Muchas gracias, Dr. Mur. Es un placer conocerle.
—Igualmente. Pero, vayamos al grano, que la inspectora debe estar ansiosa por conocer los detalles —dijo guiñándole un ojo.
—Qué bien que me conoces, Jesús.
—Pues empecemos por el principio. La víctima ha sido encontrada casi completamente desnuda.
Solo portaba su zapato derecho, italiano y de muy alta calidad, y el calcetín correspondiente.
También llevaba una horrible corbata de seda natural aún ligada al cuello.
El resto de la ropa estaba cubriéndole el cuerpo —la inspectora Sans hizo un gesto de impaciencia —ya voy con la causa de la muerte.
Pues parece ser que el finado murió desangrado.
—¿Desangrado? —preguntaron ambos policías al unísono.
—Sí, exangüe. Completamente desangrado, ni una gota de sangre, como si lo hubieran escurrido —comentó haciendo el gesto de retorcer un trapo para quitarle todo el líquido y secarlo al máximo.
—Y, ¿sabes cómo lo desangraron? —interrogó la inspectora al forense.
—Pues es muy fácil y muy difícil al mismo tiempo.
Fácil porque quedan señales de que le han canalizado diversas venas y arterias, es decir, le habían introducido unos catéteres, unos tubitos, para que saliera el “oro rojo” —dijo entrecomillando sus palabras—, pero difícil porque no sabría decirte a simple vista cuáles han sido utilizadas y cuáles no.
—Vaya, eso nos indica que el asesino seguramente tenga conocimientos médicos —sugirió el subinspector.
—Coincido con usted.
—Contigo. Tutéeme, por favor.
—Coincido contigo, Jesús.
—Bueno, pues el hecho de que haya muerto desangrado dificulta la respuesta a la siguiente pregunta que me iba a formular la inspectora: hora aproximada del fallecimiento.
—Me has leído el pensamiento.
—Eso o que me conozco el procedimiento —sonrieron los tres—. El hecho de que no haya sangre impide la formación de livideces, herramienta muy útil para determinar el tiempo que una persona lleva muerta .
—Vaya, pues eso nos dificultará un poco la investigación.
—Sí, un poco, la verdad. Hay otra cosa que también dificulta mi trabajo: el inusual frío que ha hecho esta noche en Barcelona, pero creo que podré apañármelas.
—Y en cuanto a la víctima, ¿ha sido trasladada o murió aquí? —solicitó el subinspector.
—Por las señales post mortem que hay en el cuerpo todo apunta a que fue trasladado.
—Y sobre las dos heridas que tiene en el cuello, ¿qué puedes decirnos? ¿Son mordeduras?
—A simple vista no lo parecen, dan la impresión de ser unas quemaduras.
—¿Quemaduras?
—Sí, como si le hubieran disparado con una de esas pistolas eléctricas modernas.
—O sea que, de vampiros, nada —afirmó la inspectora.
—Nada de nada.
—¿Sabe si entre la ropa hay algún documento que identifique a la víctima? —cambió de tema el subinspector.
—No, entre la ropa no hay nada que pueda ayudaros a identificar al cadáver, pero…—dejó en suspenso su respuesta.
—¿Pero? —cuestionó inquisitoriamente la inspectora.
—Pero sí había algo que puede ayudar a identificar a la víctima. De hecho, si uno de tus compañeros del coche patrulla no lo hubiera retirado, nada más llegar habrías visto que el cadáver sujetaba algo entre los dientes de su entreabierta boca.
—¡Joder, Jesús! ¿Qué llevaba en la boca? —exigió enérgicamente la inspectora .
—Llevaba el carné de colegiado médico.
—¿Cómo? ¿Que alguien con conocimientos médicos ha pelado un médico?
—Eso parece lo más probable.
—Y, ¿cuál es el nombre del médico?
—Dr. Eugeni Torres Blanco. Cirujano especialista en cirugía cardiovascular, a quien no tenía el gusto de conocer. Es paradójico que un cirujano cardiovascular muera desangrado.
—Jesús, muchas gracias por la información. En cuanto tengas tu informe completo háznoslo llegar y si hay alguna cosa que consideres importante no dudes en llamarme.
—Así lo haré, inspectora. No sufras.
—Adiós, Doctor, ha sido un placer —se despidió el subinspector.
—Una cosa más, Laura—la inspectora se detuvo y se giró para ver al forense—, enhorabuena por la detención del asesino del crucigrama y por la condecoración.
—Muchas gracias, Jesús. El mérito en parte te corresponde a ti, ya que sin tu colaboración hubiera sido imposible. Estamos en contacto.
Ambos Mossos se dirigieron hacia donde les estaban esperando los empleados de la recogida de la basura a los que no pudieron sacar más información de la que habían obtenido los agentes.
Antes de abandonar el lugar, la inspectora Sans caminó hacia uno de los agentes del coche patrulla.
—Agente.
—Dígame, inspectora.
—Supongo que no han tenido tiempo de hablar con los vecinos de la zona .
—No, la verdad es que no —respondió sintiéndose cuestionado por la inspectora.