El anestesista insomne 3
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Supuso que no tenía mucho sentido que llegara a la hora del cambio de turno cuando nadie pudiera estar pendiente de él y por eso le esperaban a las nueve.

Debía presentarse ante la Inspectora Sans.

Había oído hablar de ella y se decía que era una mujer muy dura y de difícil trato, cosa que le hizo pensar que tenía que ser cauteloso.

Cuando llegó a la puerta de la comisaría se detuvo y observó el añoso edificio que albergaba a su futuro lugar de trabajo.

Le gustó lo que vio y eso le animó a no perder más el tiempo y afrontar su nuevo destino.

Sin pensárselo, subió las escaleras que le llevaban a la puerta de entrada y accedió al interior.

Se dirigió hacia el mostrador donde se encontraba un agente de segunda actividad.

—Bon dia! Soy el subinspector Palau y hoy es mi primer día en esta comisaria —dijo dirigiéndose al agente, el cual no hizo ningún gesto y mucho menos le respondió.

«¿Qué le pasa a este hombre? ¿Tendrá dificultades de oído?»pensó.

—La inspectora Sans me está esperando —insistió el subinspector Palau—. ¿Sería usted tan amable de indicarme dónde puedo encontrarla?

—Primera planta, por esas escaleras —le indicó con la cabeza sin levantarla del ordenador en el que estaba jugando al solitario.

—Menuda nevada, ¿no? —el subinspector intentó de nuevo que hubiera un mínimo de comunicación, pero el agente de recepción ni se inmutó.

El subinspector Palau subió por las escaleras que daban acceso a un único pasillo.

Se detuvo un instante y como no tenía más opciones continuó andando por el corredor hasta una salita donde había cuatro agentes uniformados sentados cada uno en una mesa con su respectivo ordenador a los que saludó sin dirigirse a nadie en concreto.

Los cuatro agentes le respondieron casi con la compenetración de un coro.

—Soy el subinspector Palau y voy a ser vuestro nuevo compañero.

—Bienvenido, subinspector. Yo soy el agente Puig, Jaume Puig —se presentó uno de ellos. Uno tras otro se acercaron al subinspector dándole la bienvenida.

—Muchas gracias por vuestro recibimiento, compañeros.

Cuando he visto el trato que me ha dispensado el agente de recepción he estado a punto de darme media vuelta y volverme a Girona.

¿Qué cojo…? —se detuvo y decidió que esa no era la palabra más adecuada en su primer día de trabajo—. ¿Qué le ocurre a ese hombre?

—¿Al agente López? —le preguntó el caporal Joan Martínez—, nada, que es un amargado. Bueno, le pasa que preferiría estar patrullando, pero por su edad y estado físico le han obligado a pasar a segunda actividad y no lo lleva muy bien.

—Además, su mujer le pone los cuernos y él, como sigue enamorado de ella, no la quiere dejar —le dijo el agente Víctor Pérez.

—Está loquito por ella y la mitad de sus vecinos también —apostilló el caporal Lluís Lluch «y seguro que se masturba pensando en su mujercita».

—¡Qué bruto eres, Lluís! —le espetó el agente Puig.

—Pero si es así y todos estaréis de acuerdo conmigo.

—Seguramente tengas razón, pero no debemos entretener al subinspector. No quedaría bien que en su primer día llegara tarde y menos si debe presentarse a la inspectora Sans, que es de armas tomar. Con ella sí que es amable Fausto. Debe ser que le recuerda a su mujer.

—He oído rumores sobre la inspectora. Que es una mujer muy dura y de carácter muy fuerte.

—Has oído bien. Seguramente por eso sigue soltera y sin compromiso, aunque ella busca candidato.

—Ah, ¿sí? —preguntó sorprendido.

—Nosotros es lo que creemos —dijo el agente Pérez.

—Cuando tiene bajo su mando a alguien nuevo ella le hace un test —continuó el agente Puig—.

Seguro que tras la presentación te dirá que tiene que hacerte unas preguntas.

Te dirá que es un test para conocerte mejor, para saber qué tipo de compañero eres, cuál es tu personalidad.

Es una prueba para mejorar la comunicación y que ella pueda facilitar tu integración en el tándem que tenéis que formar.

—Pero eso son paparruchas. Nosotros sabemos que lo que hace es un test de compatibilidad porque está buscando novio —rieron todos.

—Gracias por la información. Lo tendré en cuenta, pero ahora debo ir a su encuentro. No quiero llegar tarde mi primer día. Causar una buena primera impresión es muy importante y eso solo lo puedo hacer una vez. ¿Dónde está su despacho?

—Cierto, una primera impresión, buena o mala, solo se puede causar una vez —apuntó el caporal Martínez por si sus compañeros no habían pillado el chiste del subinspector—. Sigue por el pasillo que te ha traído hasta aquí y la segunda puerta a la izquierda es su despacho.

—Muchas gracias. Nos vamos viendo y cuando podamos quedamos para tomar una cerveza. Yo invito.

—Te tomamos la palabra, que aquí no invita nadie.

El subinspector se despidió de ellos y se dirigió hacia el despacho de la inspectora.

Tras recorrer unos escasos cinco metros llegó hasta el despacho y se detuvo un breve instante. Hizo una inspiración profunda, alzó su mano derecha y golpeó firmemente la puerta con sus nudillos. «Una buena impresión es muy importante y mejor ser enérgico que tibio».

—Adelante —una voz que desprendía seguridad se oyó al otro lado de la puerta.

El subinspector Palau hizo girar el redondo pomo de la puerta y la abrió lo suficiente como para poder introducir su cabeza en el despacho.

—¿Da usted su permiso? «qué retrógrado ha sonado eso» —dijo dirigiéndose a la mujer que había sentada a una gran mesa de despacho.

—Entra, entra. Tú debes ser el subinspector Palau. Te estaba esperando. Pasa y siéntate —le indicó la inspectora tuteándole, cosa que le sorprendió. «Me tutea y ni siquiera me conoce. Esta quiere marcar terreno rápidamente y que quede claro quién es el superior aquí».

—Bon dia! Soy el subinspector David Palau. Usted debe ser la inspectora Sans, ¿cierto? —preguntó amablemente, aunque sabía sobradamente la respuesta.

—Efectivamente. Inspectora Laura Sans —le dijo mientras se levantó de la silla y se acercó hacia él para estrecharle la mano.

—Mucho gusto, inspectora.

—Lo mismo digo. Siéntate y así podremos charlar más cómodamente —le indicó la silla situada delante de la enorme mesa metálica en la que solo había un ordenador portátil y un teléfono de escritorio.

Ninguna foto de un esposo o hijos. Ningún adorno.

Nada que no fuera estrictamente necesario.

Lo que hoy en día dirían, minimalista—. Bienvenido a tu nueva comisaría.

—Muchas gracias. Estoy muy ilusionado con mi ascenso y con mi nuevo destino, además me han hablado muy bien de usted. Su fama de buena policía le precede.

—Gracias, David, pero no hace falta que me dores la píldora .

—No era esa mi intención, inspectora. «Mierda, eso te lo podías haber callado».

—Bueno, de cualquier manera, razón no te falta.

Quiero decir que mi último caso fue muy sonado.

Salía cada día en la prensa y eso me hizo tener una fama que nunca busqué ni deseé.

Por cierto, ahora que vamos a trabajar juntos será mejor que nos tuteemos.

Por el hecho de que yo sea tu jefa no tienes por qué tratarme de usted.

Eso genera una barrera que dificulta la comunicación e impide que nos conozcamos bien, nos podamos compenetrar y obtener mejores resultados.

—Por supuesto, estoy de acuerdo contigo. «Nos tuteamos, pero que quede bien claro que yo soy tu jefa». Tutearse facilita el entendimiento y siempre he pensado que el tratar de usted a alguien no significa que se le tenga más respeto.

—Vaya, David. Creo que nos vamos a llevar bien. Por cierto, ¿te importa si te hago un test? Siempre lo hago con mis nuevos compañeros. A mí me sirve para conocer mejor a la persona con la que trabajo, facilitar el trato e integrar mejor a la nueva incorporación en el equipo. ¿Te parece bien?

—Por supuesto. Todo lo que sea por el bien del grupo, bienvenido sea. «Aquí tenemos el famoso test de la inspectora Sans».

—¿Te apetece tomar algo mientras empezamos con el test?

—Un café estaría bien, gracias. «No esperaba ese gesto de amabilidad».

—Pues ahí, en el pasillo, seguro que la has visto cuando venías hacia aquí, hay una máquina de café. Yo lo tomo con leche y sin azúcar. Te espero aquí preparando el test.

—Enseguida vuelvo —respondió sorprendido con la jugada de la inspectora .

El subinspector Palau se levantó de la silla y se dirigió hacia el pasillo.

Cuando salió del despacho se paró un momento y se dijo a sí mismo: «Joder, cómo le gusta marcar territorio.

Seguro que se ha meado en todos los rincones de la comisaria».

Levantó la cabeza y divisó la cafetera. Cuando pasó por delante antes estaba tan imbuido en sus pensamientos que ni siquiera la había visto.

Retomó la marcha y al pasar por delante del despacho del escamot el agente Pérez le dijo riendo, pero sin maldad:

—¿Qué, a buscar café para hacer el test?

—Efectivamente. Con leche y sin azúcar.

—No te lo tomes como algo personal. Es así con todo el mundo. Se tiene que hacer la dura. Inspectora a su edad y en un mundo de hombres no debe ser fácil.

—No, seguro que no. Hasta luego.

—Ciao.

El subinspector sacó dos cafés con leche sin azúcar y entró en el despacho sin llamar a la puerta. Él también quería marcar territorio.

—Aquí tienes tu café, Laura. Con leche y sin azúcar —le dejo el café sobre la mesa y se sentó en la silla esperando con curiosidad las preguntas que le iba a formular la inspectora.

—Muchas gracias, David —tomó la taza y dio un pequeño sorbo, pero como todavía estaba muy caliente la volvió a dejar sobre la mesa. Tomó el ratón de su ordenador y se preparó para anotar en un Excel las respuestas del subinspector.

—A ver, primera pregunta. Esta es muy sencilla, ¿diestro o zurdo? —le preguntó mirándole a los ojos.

—Diestro —respondió David sin titubear .

—Perfecto. Esta era fácil, pero ya me da información sobre ti.

—De acuerdo.

—Vamos con la segunda. ¿Prefieres ducharte por la noche antes de irte a dormir o por la mañana cuando te levantas?

—Bueno, depende del día y de las circunstancias.

No es lo mismo un día que trabajo, que seguramente me duche cuando me levante si tengo tiempo, que un día que no trabajo.

Al igual que puedo ducharme por la tarde si el día ha sido intenso y estoy cansado o mi olor corporal es más fuerte de lo que debiera ser —contestó pensando que esa pregunta no tenía mucho sentido.

—Puede que tengas razón, pero si tuvieras que responder una de las dos opciones, ¿cuál sería?

«Puede que tenga razón, dice». —Pues prefiero ducharme por la mañana.

—Siguiente, que es ya la tercera —cuando iba a formular la pregunta David la interrumpió.

—Perdona, Laura —dijo con la mayor suavidad posible ya que no quería enfadar a su superiora el primer día—, supongo que sabes que soy licenciado en Psicología por la Universitat de Barcelona, ¿verdad?

—Sí, eso he visto en tu currículum. ¿Por qué me lo preguntas? —dijo algo sorprendida.

—Porque un buen test de personalidad es algo que no es fácil de hacer para que realmente mida lo que queremos conocer de la persona a la que se le realiza.

—Agradezco tu preocupación por la validez o utilidad de mi test, pero puedo decirte que lo he creado junto con los especialistas en psiquiatría forense de los Mossos y, ayudada por nuestros informáticos, he creado un algoritmo que, utilizando las respuestas introducidas, nos indica la idoneidad de la persona para cubrir el puesto —dijo algo molesta con la observación del subinspector.

«Espero que no se haya enfadado, pero eso que dice me suena a cuento chino, a que ha hecho un “Juan Palomo”». —Discúlpame, Laura. He olvidado que en Girona no tenemos tan fácil acceso a los especialistas del cuerpo.

—No te preocupes, ya te digo que entiendo que no te fíes de mi test.

—No es eso, es que —en ese momento le sonó el teléfono móvil a Laura y le hizo un gesto con la mano para que esperara y permaneciera en silencio.

La inspectora escuchó lo que le decían desde el otro lado de la línea telefónica con gran atención al mismo tiempo que su cara iba adquiriendo un semblante de seriedad cada vez mayor.

—Sí, Jordi. Ahora mismo vamos para allá. No te preocupes, estoy preparada para un nuevo caso. Me voy con el subinspector Palau que está en mi despacho. Ya te lo presentaré en otro momento —Laura cortó la comunicación mientras se levantaba de la silla.

—¿Todo bien?

—Era el inspector Pou. Han encontrado un cadáver en los bunkers del Carmel y tenemos que ir para allá —le comunicó mientras se dirigía hacia la puerta—. Venga, ¿a qué esperas? Trabajas aquí, ¿no?

—¡Voy! —exclamó David saliendo a la carrera detrás de la inspectora.