El anestesista insomne 2
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Tras conducir su Audi Coupé con ciertas dificultades por las inusualmente nevadas calles de Barcelona, la inspectora Laura Sans aparcó justo en la puerta de aquel vetusto edificio situado en el Eixample, el cual había sido reconvertido en comisaría de los Mossos d’Esquadra.

La inspectora tenía un aspecto juvenil a pesar de rondar ya la cuarentena.

A ello ayudaba que se cuidaba mucho, hacía ejercicio casi a diario y siempre llevaba vestimenta deportiva.

Era soltera y, muy a su pesar, el único cuerpo con el que tenía algún compromiso era con el de los Mossos d’Esquadra.

Tras subir las escaleras del coloso de piedra accedió al edificio y, al pasar por la recepción, el agente allí ubicado, un hombre con sobrepeso, frente despejada y de una edad próxima a los sesenta, reclamó su atención.

—¡Inspectora! —le llamó saliendo del mostrador —¡Buenos días!

—¡Buenos días, Fausto! —le contestó girándose hacia él.

—Permítame que la felicite por su condecoración. Hizo usted un gran trabajo en la investigación y detención del asesino del crucigrama.

—Muchas gracias, Fausto —le respondió con una amabilidad forzada—. Es un honor cuando se reconocen los esfuerzos realizados, pero lo más importante es haber sacado de la circulación a ese indeseable .

—En eso tiene usted razón, inspectora —ambos asintieron con la cabeza.

—Cambiando de tema, Fausto. Vaya nevada que ha caído esta noche en Barcelona, ¿no? Yo pensaba que en esta ciudad eso no pasaba. En mi Lleida natal no nieva mucho, pero pensaba que aquí no lo hacía nunca.

—Tiene razón, inspectora. No es nada habitual que nieve, pero de vez en cuando lo hace.

Además, hemos estado a punto de batir el récord de precocidad en una nevada en Barcelona.

La vez que más pronto ha nevado fue el 21 de noviembre de 1999 y además no fue moco de pavo, se acumularon hasta diez centímetros en algunas zonas elevadas de la ciudad —comentó orgulloso el agente de tener esa información.

— Déu-n’hi-do! —exclamó la inspectora al conocer los datos—. ¿Qué buena memoria tienes, Fausto? «Lo ha escuchado en la radio, seguro» pensó.

—Gajes del oficio, inspectora. La memoria es una cualidad indispensable para un buen policía —comentó con cierta altivez y orgullo.

—Estoy completamente de acuerdo contigo.

—Por cierto, el Comisario Pou la está esperando en su despacho.

—De acuerdo, Fausto. Ahora mismo subo. Y, haz el favor de tutearme. Me incomoda que un compañero de trabajo me trate de usted por el solo hecho de tener un rango superior al suyo.

—Disculpe, perdón; disculpa, Laura, pero es la costumbre de un veterano del cuerpo policial y de la vida. Que tengas un buen día .

—Igualmente, Fausto. Otra cosa, esta mañana, a las nueve en punto, vendrá a presentarse el subinspector David Palau que será nuestro nuevo compañero en la comisaría. ¿Serías tan amable de indicarle dónde se encuentra mi despacho?

—Por supuesto, inspectora. Descuide que así lo haré —respondió el agente tratándola de usted de nuevo, como si la noticia de la llegada de un nuevo miembro a la comisaría no le hubiera gustado en absoluto.

La inspectora se dirigió hacia las escaleras para acceder al tercer piso, donde estaba ubicado el despacho del Comisario Pou.

Siempre subía por las escaleras. Ella era una persona atlética, enamorada del trekking y no se fiaba mucho de los ascensores.

Su vestimenta, tejanos, zapatillas deportivas Salomon, camisetas de montaña y otros complementos revelaban su amor por las rutas de senderismo.

Tras subir las tres plantas, sin el más mínimo signo de fatiga, saludó a la secretaria y se plantó delante de la puerta del Comisario Pou. Con los nudillos de su mano derecha dio tres golpes a la puerta.

—Adelante —una voz profunda la invitó a entrar.

La inspectora accedió al despacho con el ímpetu que la caracterizaba.

—¡Buenos días, comisario! —saludó a su superior sin ningún matiz que indicara una diferencia de rango.

—Adelante, Laura. Pasa y siéntate —le respondió indicándole la silla que había frente a su mesa.

La inspectora se sentó relajadamente, denotando una gran confianza y complicidad con su superior.

—Veo que no has seguido mi consejo, y casi orden, de tomarte dos semanas de vacaciones después de la detención del asesino del crucigrama —le dijo con cierto paternalismo.

—Jordi, ya sabes que mi trabajo lo es todo para mí y cuando acabé de cubrir las etapas del GR-11 que no había hecho todavía, decidí que era momento de volver al trabajo.

Además, hoy se incorpora el nuevo subinspector y prefiero estar aquí.

No me gusta dejar las cosas en manos de los demás y menos si son desconocidos.

—Por mí no hay ningún problema, si realmente crees que estás recuperada del estrés que supuso la investigación y que has cargado las pilas para lo que venga.

—Gracias, Jordi. Sí, estoy recuperada y deseosa de volver a la acción.

—Pues no se hable más. Bienvenida de nuevo —dijo a modo de despedida.

—Muchas gracias, Jordi —respondió levantándose de la silla y dirigiéndose hacia la puerta.

—Otra cosa, Laura. Cuando se presente el subinspector me gustaría conocerlo. ¿A qué hora está previsto que llegue?

—Por supuesto, Jordi. Mi intención era subir con él después de darle la bienvenida y charlar un rato para conocerlo. Su llegada está prevista a las nueve. Quería tener tiempo para organizarme las cosas y hacer el briefing sin distracciones.

«Y hacerle tu famoso test» pensó el comisario.

—Hasta luego entonces.

Laura se dirigió hacia las escaleras para bajar al primer piso, donde estaba su despacho y la sala común en la que su “ escamot ” trabajaba .

Entró en sus dependencias y empezó a organizar el desorden que había después de sus pequeñas vacaciones.