El anestesista insomne
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El sol despuntaba en esa fría mañana de noviembre.
La nieve caída durante la noche había cubierto casi por completo su cuerpo semidesnudo.
Únicamente portaba uno lujoso zapato italiano hecho a medida y una corbata de rayas rojas y negras que había sido confeccionada con la mejor seda que unos gusanos pudieran secretar, gusanos que se hubieran avergonzado de haber sabido quién llevaba la seda que tanto esfuerzo les había costado producir.
El resto de su exclusivo atuendo estaba desparramado sobre su cuerpo.
Ahí, al lado de un contenedor de basuras, yacía el cadáver de uno de los más reconocidos cirujanos del país.
Sus manos, otrora calientes y sudorosas por el estrés de las vidas que bailaban en el filo de su bisturí, estaban irremediablemente frías por el tiempo que llevaban sin recibir la sangre que ya no impulsaba ese corazón que se había parado bruscamente horas atrás.
Unas manos que nunca más empuñarían el escalpelo y que ya no serían el instrumento que obra el milagro de salvar una vida que fluye inexorablemente hacia el descanso eterno.
Un sintecho araba la nieve con las raídas y pesadas botas que le habían dado en un centro de caridad, mientras buscaba algo que pudiera aliviar su frío y su hambre.
Se acercó al contenedor que vigilaba al cadáver casi desnudo, abrió la tapa y se inclinó hacia su interior.
Removió el contenido con sus sucias y agrietadas manos cubiertas con unos guantes hechos jirones y, tras unos segundos buceando en los escombros, salieron tristemente vacías y descendió del contenedor.
Retomaba ya el camino hacia su siguiente objetivo cuando algo llamó su atención entre la nieve.
Era un zapato que parecía de los buenos.
Se acercó hacia él y lo observó constatando que era de mucha calidad.
Él sabía de esas cosas porque no siempre había sido un vagabundo.
Extrañado por su hallazgo miró a su alrededor un par de veces antes de atreverse a cogerlo.
No vio a nadie que le hiciera sentir intranquilo y se decidió a hacerse con el zapato.
Lo asió fuertemente e intentó esconderlo bajo su viejo abrigo, una de las pocas cosas que conservaba de su antigua vida, pero no pudo hacerlo.
Ese zapato todavía estaba en el pie de su dueño.
Se asustó y dio un salto hacia atrás, pero la necesidad era más fuerte que su miedo y volvió hacia el cuerpo.
Esta vez fue más cauteloso. Inspeccionó el cadáver y le dio la sensación de que estaba demasiado pálido.
No había visto muchos muertos, pero creía recordar que tenían algo más de color.
Resiguió el cuerpo hacia arriba, estudiándolo y retirando lentamente los ropajes del finado.
Cuando llegó al cuello, vio que este presentaba dos puntos oscuros a nivel de la yugular izquierda.
Dos puntos como si sobre ese cuello se hubieran clavado dos incisivos.
Dos puntos como si… Horrorizado salió corriendo calle abajo al grito de ¡VAMPIROS!