CAPÍTULO 36 El juicio de la sangre
—¿Cómo que "papá"? —soltó Miguel, con la voz temblorosa, la rabia deformándole el rostro mientras miraba a Romina y a Camila aferradas a Alessandro—. Ese hombre no es su padre.
—¿Y acaso tú sí? —lo cortó Camila de inmediato, dándose la vuelta.
La niña de trece años se plantó frente a él con una mirada gélida que reflejaba la madurez a golpes de su último año—.
¿Acaso tú eres nuestro padre, Miguel? No, no lo eres.
Porque nos abandonaste. Nos dejaste tiradas como si no existiéramos.
Mientras tú estabas muy cómodo "buscando tu paz", él se encargó de nosotras en cuestión de horas.
Él nos dio todo lo que tú nunca tuviste la decencia de brindarnos. ¡Él es nuestro padre, no tú!
Miguel retrocedió un paso, sintiendo que el aire se le escapaba, pero el golpe de gracia lo dio la primogénita. Romina avanzó, colocándose al lado de su hermana, con la frente en alto.
—Por eso ahora somos Valverde, no Coloma —sentenció Romina con una calma que helaba la sangre—.
Así que ya no tienes más responsabilidades con nosotras.
No te debemos nada, ni tú a nosotras. No queremos volver a verte, ni saber de ti, ni recibir tu dinero.
Nosotras ya tenemos una familia real, y en ella tú simplemente no estás.
Las dos jóvenes se giraron dándole la espalda por completo.
Tomaron a Elena y a Alessandro de las manos, guiando a sus padres hacia la salida de la dirección.
Dejaron el establecimiento escolar en un silencio sepulcral, dejando a Miguel Coloma solo en medio del pasillo, convertido en un fantasma del pasado que ya no tenía poder sobre nadie.
Subieron al automóvil de lujo con el pecho inflado.
Alessandro se sentía inmensamente orgulloso de la valentía de sus hijas, de la forma tan implacable en la que le habían dado su lugar frente al mundo.
Fueron de inmediato al jardín infantil a buscar a la pequeña Isidora, quien al verlos llegar a todos juntos en bloque, corrió hacia el auto gritando "¡Tapi!"
y celebrando con sus manitas. El hogar estaba blindado.
Sin embargo, durante el trayecto de regreso a la corporación, el ambiente dentro del habitáculo de cuero se volvió inusualmente silencioso.
Alessandro permanecía más callado que de costumbre, con la mirada fija en el paisaje gris a través del vidrio polarizado.
A pesar de su imponente rudeza, una sombra de incertidumbre psicológica le apretaba el pecho.
Al fin y al cabo, pensaba el magnate, las niñas solo habían compartido una semana con él; mientras que con Miguel, Romina había vivido trece años y Camila once.
El miedo a ser solo un refugio temporal, un impulso del momento nacido de la rabia contra el progenitor, comenzó a flotar en su mente ejecutiva.
Ese rastro de duda no pasó desapercibido para las hermanas.
Romina y Camila intercambieron una de esas miradas rápidas y profundas que solo las dos entendían tras años de protegerse mutuamente en la escasez.
Sin mediar palabra, se movieron en el asiento y rodearon el enorme cuerpo de Alessandro, abrazándolo con fuerza por el cuello y los hombros.
—No te preocupes de nada, papá —le susurró Romina al oído, pegando su mejilla a su abrigo—. Tú eres nuestro papá de verdad. Esa otra persona ya no es nadie para nosotras.
—Miguel no nos ha dado ni la más mínima parte de la atención, el respeto y el cuidado que tú nos has entregado en este poco tiempo —añadió Camila, mirándolo fijo a esos ojos negros penetrantes—.
Nosotras elegimos que tú seas nuestro padre, no él.
No queremos que en tu cabeza vuelvan a fluir esos pensamientos de duda, ¿está bien, papá?
Alessandro tragó saliva, sintiendo que el nudo de la emoción le cerraba la garganta ante la madurez y la lealtad de sus hijas. El veredicto de las niñas era un decreto absoluto: lo habían elegido a él.
—Ahora queremos verte terminar tu reunión de negocios —pidió Camila con una sonrisa traviesa—.
Queremos subir a la sala de juntas para ver cómo trabajas, y que después nos expliques unos ejercicios de matemáticas que no entendimos en la escuela, para que luego nos vayamos todos juntos a casa. ¿Te parece?
—Está bien, mis niñas —respondió el magnate, y una sonrisa mansa y triunfal le iluminó por completo el semblante rudo.
Al llegar al edificio corporativo, Alessandro presionó el intercomunicador del ascensor y reorganizó la agenda.
Entró a la imponente sala de directorios flanqueado por su esposa y sus tres hijas.
Las dos mayores se sentaron en los lujosos sillones de cuero a los extremos de la gran mesa de caoba, ansiosas por verlo en acción, por aprender el lenguaje de los negocios del hombre que ahora llevaba su mismo apellido.
El halcón retomó el control de la junta con una fuerza devastadora, sabiendo que cada contrato que firmaba esa tarde era el cimiento del futuro de las herederas del imperio Valverde.
Mientras tanto, en el otro extremo de la ciudad, Miguel Coloma caminaba por la acera con una furia sorda que ya no podía sostener en el cuerpo.
Tenía los puños ensangrentados de tanto apretarlos.
No podía concebir la humillación: las mismas niñas que hace unos meses lo abrazaban y le decían que lo amaban, hoy ni siquiera lo habían mirado a los ojos; lo habían tratado como a un extraño, despojándose de su apellido en su propia cara.
Entró a las oficinas de la empresa de su pareja, azotando la puerta. Ximena Osandón lo esperaba en el escritorio, con los ojos hinchados de tanto llorar y las cartas de embargo sobre la mesa.
—¿Cómo te fue? ¿Pudiste hablar con ellas? —preguntó Ximena con desesperación, tocándose el vientre de embarazada—. Los bancos nos acaban de bloquear la última línea de crédito. Si no conseguimos un inversionista antes de que termine el día, estamos terminados.
—¡Esas malditas mocosas lo llamaron "papá"! —bramó Miguel, arrojando una silla contra la pared—. ¡Se cambiaron el apellido! Ahora son unas Valverde... Elena se casó con ese maldito magnate y nos bloquearon todo.
Miguel se dejó caer en el suelo de la oficina, sintiendo el frío de la quiebra absoluta.
No tenían capital, ninguna empresa de la ciudad quería cooperar con ellos y el mercado financiero les había cerrado las puertas por orden del halcón.
El cobarde que un día exigió "un momento de paz" abandonando a su familia, ahora se encontraba sepultado en el caos más absoluto de la ruina, dándose cuenta, demasiado tarde, de que al intentar dejar a Elena sin nada, se había quedado sin dinero, sin empresa y, sobre todo, sin hijas.
ZC