EL ANCLA EN LA TORMENTA CAPÍTULO 35 El muro de la verdad
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CAPÍTULO 35 El muro de la verdad

Al detenerse el vehículo frente a las imponentes rejas de la mansión, el bullicio interno del hogar ya se percibía desde el jardín.

Al cruzarse el umbral, Elena y Alessandro se encontraron con una escena que irradiaba pura calidez: Romina y Camila se movían con soltura en la cocina bajo la atenta y alegre guía de Nana, mientras la pequeña Isidora permanecía sentada en el gran sillón, devorando sus caricaturas de la mañana.

En cuanto las adolescentes divisaron a la pareja entrar de la mano, detuvieron sus labores y exhibieron una enorme sonrisa de complicidad.

—Bien —decretó Romina, adoptando una postura erguida y madura—. Se ven perfectos. Señor Valverde, espero que haya cumplido minuciosamente con todas mis peticiones en el hotel.

—Sí, señorita Valverde —respondió Alessandro con un semblante totalmente serio, aunque sus ojos negros brillaban de diversión—. Cumplí con todo. Le aseguro que me esforcé mucho la noche anterior para poder traer un nuevo integrante a esta familia de amazonas.

—¡Alessandro! —excluyó Elena, con las mejillas encendidas de pura vergüenza, cubriéndose el rostro con las manos ante la picardía del magnate.

—Lo que sí, señorita Valverde —continuó el halcón, ignorando las quejas de su esposa—, es que la gerencia del hotel quiere saber formalmente si usted cumplirá con sus amenazas financieras o no. ¿Ustedes están satisfechas con el servicio?

Romina miró a Elena con un brillo de profunda alegría en los ojos.

—Eso es un sí, Señora Valverde —respondió la joven de quince años con total soltura—. Perfecto. No habrá consecuencias para el hotel; al contrario, emitiremos excelentes recomendaciones por su buen servicio.

Ese fue el detonante para que el magnate rompiera en una carcajada limpia de diversión y de un orgullo inmenso al ver a su primogénita manejarse con esa audacia. Alessandro rodeó la cintura de Elena con su brazo rudo, atrayéndola hacia su cuerpo para depositarle un tierno beso en la frente.

—¿Y tú qué? ¿Te prestas para estos juegos de las niñas? —le murmuró ella, simulando molestia, aunque el corazón le latía de pura felicidad.

Así comenzó la primera mañana oficial de la Familia Valverde.

Compartieron el desayuno contundente entre risas, bromas matutinas y anécdotas del hotel, y luego se reunieron en la sala para planificar la agenda familiar.

Juntos tomaron una decisión unánime: no habría luna de miel para los esposos hasta que las niñas salieran formalmente de vacaciones escolares; de esa manera, toda la familia viajaría unida a disfrutar del descanso.

—¡Perfecto! —excluyeron las mayores, celebrando la idea.

—Aunque eso significa que tendrán varias horas a solas aquí en la casa para seguir practicando —añadió Camila con una mirada traviesa.

—Seguiré sus órdenes estrictas, señoritas —concluyó el magnate con una reverencia cómplice.

Minutos después, la familia abordó el automóvil presidencial.

La primera parada fue la escuela de excelencia.

Alessandro y Elena ingresaron a la dirección para dejar un documento notarial inquebrantable: informaron formalmente que únicamente ellos dos estaban autorizados para retirar o acercarse a Romina y Camila, bloqueando cualquier intento de terceros.

La misma directriz estricta se aplicó en el jardín infantil de Isidora, blindando los entornos de las tres menores ante cualquier amenaza del pasado.

Tras asegurar los perímetros de sus hijas, la pareja se dirigió a las oficinas de la corporación. Entraron al vestíbulo corporativo tomados de las manos, ignorando los murmullos de respeto del personal. Alessandro escoltó personalmente a Elena hasta el área de la cocina industrial.

—Te espero a la hora del almuerzo, mi amor —le dijo con voz gruesa.

—Sí —respondió ella, acomodándose el delantal.

Frente a la mirada atónita de los empleados del casino, Alessandro la tomó por la nuca y le dio un beso en los labios antes de retirarse hacia el piso ejecutivo.

Elena, con el pecho apretado de emoción, se puso manos a la obra de inmediato junto a las dos ayudantes que su esposo le había contratado, coordinando con un orden excelente el menú de los trescientos cincuenta trabajadores.

El tiempo transcurrió con fluidez entre ollas e insumos. Sin embargo, cerca de la una de la tarde, el teléfono privado de Alessandro en el piso presidencial interrumpió una importante reunión de directorio. Su jefe de seguridad personal estaba en la línea.

—Señor Valverde, tenemos una alerta en la escuela de las mayores —informó el escolta con voz urgente—. Hay un hombre intentando burlar el perímetro de seguridad para acercarse a las niñas. Se identificó ante el personal como el padre biológico.

La mirada de Alessandro se tornó de un negro gélido y peligroso. Se puso de pie en el acto, interrumpiendo la sesión de negocios sin la menor contemplación.

—Entreténganlo ahí mismo. No dejen que se mueva. Vamos para allá —ordenó con una autoridad que helaba la sangre—. Mi familia me necesita.

El magnate bajó de inmediato a la cocina, tomó a Elena de la mano y, sin darle tiempo a asustarse, la subió al auto de lujo.

Se dirigieron a toda velocidad hacia el establecimiento escolar.

Al llegar, Elena avanzó firme, aferrada al brazo protector de Alessandro.

En el vestíbulo principal de la dirección se encontraba Miguel Coloma, exigiendo a gritos y con prepotencia que le permitieran ver a sus hijas.

Al ver irrumpir al matrimonio, el rector de la escuela se retiró discretamente, dejándolos solos en el pasillo.

Alessandro se plantó frente al individuo con toda su imponente estatura de traje azul, cubriendo el cuerpo de Elena con sus hombros anchos.

—¿A cuáles hijas reclamas tú? —soltó el halcón con una voz densa que cortaba el aire—.

Que yo sepa, el único hijo que tienes en camino es el que está esperando tu amante y prometida, Ximena Osandón.

Porque las dos jóvenes que estudian en este establecimiento de excelencia son mis hijas.

Llevan mi apellido legítimo en sus documentos y no tienen absolutamente nada que ver contigo.

La información cayó como un bloque de cemento sobre Miguel Coloma. El hombre se quedó pálido, desencajado y sin aire en los pulmones, tambaleándose un paso hacia atrás.

—¿Cómo... cómo sabes eso? ¿De qué apellido estás hablando? —balbuceó con terror, dándose cuenta de que su red de manipulación financiera y familiar había sido destruida antes de empezar.

En ese preciso instante, las pesadas puertas del pasillo se abrieron.

Romina y Camila salieron de sus aulas cargando sus mochilas nuevas.

Al ver la escena, las dos ignoraron por completo la presencia física de su progenitor; para ellas, el hombre que las había abandonado buscando "paz" ya era un fantasma invisible en el espacio.

—¡Papá! —gritaron las dos mayores al unísono, corriendo con una alegría desbordante directo hacia los brazos de Alessandro.

El magnate las recibió contra su amplio pecho, envolviéndolas en un abrazo firme y ciego de puro afecto, mientras clavaba su mirada de halcón en el rostro derrotado de Coloma.

—¿Cómo les fue en sus clases de hoy, mis amores? —preguntó Alessandro con una ternura inmensa, borrando la última sombra del pasado frente al hogar que él mismo había restaurado para darles la libertad.