CAPÍTULO 34 El amanecer de la realeza
Así pasaron la noche: entregándose, amándose, sanando y reconstruyéndose con cada caricia en la penumbra del ático.
Elena jamás había experimentado una actividad íntima tan devoradora y plena.
En su pasado, Miguel solo cumplía con una rutina rápida de una sola vez en la noche y nada más; un acto estéril donde él jamás se preocupaba por el placer o el sentir de ella.
Alessandro, en cambio, era un torbellino de atención: un hombre imponente que, desde su espalda, adoraba cada centvímetro de su piel, transformando el amor en un lenguaje de amparo definitivo.
Consumida por el esfuerzo y la liberación absoluta de sus tensiones, Elena cayó finalmente en un sueño profundo y reparador.
Sin embargo, el descanso duró pocas horas.
Al despertar con los primeros rayos de sol filtrándose por el ventanal frente a Central Park, Elena abrió los ojos y se quedó inmóvil.
Todos los recuerdos de la noche anterior la asaltaron de golpe: la forma en que Alessandro la había cuidado tras el agotamiento, cómo la había limpiado con delicadeza, adorado y tocado cada una de sus estrías como si fueran marcas de oro puro.
No había sido solo pasión; había sido sentir el cariño y la devoción de otra persona impregnándose en su alma a través de las caricias.
En ese instante, el imponente cuerpo de Alessandro se movió sobre las sábanas de seda y se pegó aún más a ella, rodeándole la cintura con su brazo rudo.
Fue ahí donde Elena sintió, con total nitidez contra sus muslos, las inevitables consecuencias biológicas que traen los hombres en las mañanas debido a la testosterona.
Sin darse cuenta, guiada por un instinto de mujer que llevaba diez años dormido, Elena se movió sensualmente alrededor de él, respondiendo a su calor.
El contacto encendió la mecha de inmediato.
Alessandro abrió sus ojos negros, fijos en ella con una posesión salvaje, y dio inicio a una nueva danza matutina de besos hambrientos, caricias urgentes, pasión y entrega total entre las sábanas revueltas.
Públicas en todas las pantallas de la ciudad estaban las fotos de ellos dos del día anterior, demostrando el blindaje de su matrimonio.
Se arreglaron despacio, entre besos cortos, caricias en la mejilla y risas cómplices.
Alessandro se colocó un traje gris oscuro de tres piezas y Elena lució un elegante conjunto de pantalón y blusa de seda que resaltaba la luminosidad de su piel desmaquillada.
Salieron del hotel tomados de las manos, con los dedos entrelazados con una firmeza indestructible.