CAPÍTULO 33 El decreto de la primogénita
Alessandro regresó a la terraza de Le Bernardin con su impecable porte aristocrático, acomodándose los puños de la camisa como si la tormenta emocional que acababa de quebrar su rudeza en el baño jamás hubiese existido.
Se detuvo junto a la silla de Elena, dispuesto a anunciar el regreso a la mansión, cuando Romina se puso de pie.
La primogénita de la familia ya no lucía la mirada sumisa de la escasez; sus ojos reflejaban una seriedad inquebrantable, digna de llevar el apellido que acababa de estampar en el registro civil.
—Lo siento, papá, pero eso no será posible —sentenció Romina con voz firme y clara—. Nana, mis hermanas y yo no iremos a casa todavía. Y ustedes van a tener que aceptar nuestro regalo.
Elena parpadeó, completamente atónita ante el atrevimiento de su hija de quince años. Alessandro, sin embargo, entornó los ojos con una creciente fascinación.
—Como ahora mi apellido es Valverde y a un Valverde nada se le niega —continuó la adolescente, irguiendo los hombros—, me tomé el atrevimiento de reservar de forma inmediata la Suite Presidencial del The Ritz-Carlton New York, Central Park.
Ahí es donde van a pasar su verdadera noche de bodas.
Lo siento, papá, pero tú mismo nos dijiste ayer que en esta familia no pedimos permiso... solo imponemos.
Al ver a la joven levantar los hombros restándole importancia al asunto, imitando de forma idéntica sus propios gestos de mando, Alessandro soltó una carcajada limpia, sonora y profunda, una risa repleta de un orgullo biológico que jamás había experimentado en su vida.
—Sí, hija. Así es —respondió el magnate, mirándola con una devoción inmensa—. Nosotros no pedimos permiso, imponemos. ¿Y cómo lograste conseguir esa suite de inmediato en un hotel de ese calibre, cariño?
—Bueno —explicó Romina con una sonrisa astuta—, solo llamé a la gerencia y les advertí que si no cumplían con mi petición en cinco minutos, tú te encargarías personalmente de hacer que el hotel quedara en la bancarrota absoluta en menos de tres horas. Así que realizaron mi reserva de inmediato.
Alessandro volvió a reír, fascinado por la audacia de su primogénita.
—Así que ya pueden marcharse —concluyó Romina—.
Nosotras nos quedaremos a pasar un rato más con mi tía y mis primos, y más tarde regresaremos a la mansión con Nana.
Los esperamos mañana al desayuno; lo prepararemos nosotras mismas, así que no se lo pueden perder.
Y... ojalá nos traigan la noticia de un nuevo hermano pronto.
Así que, papá, esfuérzate para que sea hombre.
Ya somos demasiadas mujeres en esta casa.
La complicidad y la picardía en las palabras de Romina hicieron que a Elena se le subieran los colores al rostro, quedando completamente roja de la vergüenza, mientras Alessandro negaba con la cabeza, con los ojos brillando de deseo y diversión.
—Lo intentaré, hija —respondió él entre risas, guiñándole un ojo a la mayor—. Te prometo que me esforzaré mucho esta noche.
Sin darle tiempo a Elena de protestar, Alessandro la tomó por la cintura y, de sorpresa, la cargó en vilo entre sus brazos.
Salieron de la terraza de Le Bernardin bajo los aplausos y las risas de la familia, dirigiéndose directamente hacia el automóvil presidencial que ya los esperaba para trasladarlos al destino dictado por su hija.
—Alessandro, estás malcriando demasiado a las niñas —murmuró Elena en el asiento trasero, intentando acomodarse el vestido perla—. Mira lo que acaba de hacer Romina... ella jamás ha sido así de impositiva.
—No importa en lo más mínimo, mi amor —le respondió él, tomándole la mano con confianza—.
Ella solo está adaptándose a su nueva posición en el mundo, y a mí me encanta.
Es mi hija mayor. El día de mañana, ella será quien herede y maneje la sede principal de todos mis negocios globales.
Tiene que aprender a mandar de esa manera.
Al detenerse frente a la imponente fachada de mármol del The Ritz-Carlton frente a Central Park, el gerente general del hotel ya los esperaba en la acera con el personal de guante blanco.
Alessandro descendió, rodeó el auto y volvió a tomar a su esposa en brazos, cruzando el lujoso vestíbulo como manda la tradición.
—Señor Valverde, sea bienvenido —anunció el encargado con una reverencia formal—. Su hija reservó la suite del ático de forma exclusiva. Todo está minuciosamente dispuesto tal como la señorita lo solicitó.
—Bien —respondió Alessandro con su habitual voz gruesa—. Supongo que ya no habrá consecuencias financieras para el hotel, ¿cierto?
El gerente tragó saliva, forzando una sonrisa nerviosa.
—Su hija... dio un poco de miedo por teléfono, señor. Tiene un carácter implacable.
—Eso lo tendrá que ver mi hija en el futuro, no yo —sentenció el halcón con una sonrisa de absoluto orgullo, y avanzó con su esposa hacia el ascensor privado que los condujo directo al ático.
Al abrirse las puertas de la suite, Elena se quedó sin aliento.
El espacio era un derroche de realeza: los inmensos ventanales ofrecían una vista panorámica impresionante de las luces de Manhattan y el follaje oscuro de Central Park.
En el centro del baño principal, revestido en mármol italiano, una gigantesca bañera de hidromasaje ya estaba lista, rebosante de una densa espuma perfumada.
Sobre una mesa de plata descansaba una botella de champaña helada, fuentes con fresas frescas bañadas en chocolate amargo y delicados bocadillos de alta repostería.
Toda la habitación principal estaba meticulosamente decorada con miles de pétalos de rosas rojas, creando una atmósfera de un romanticismo feroz.
Sin perder un solo segundo y sin pedir permiso a las dudas del pasado, Alessandro redujo la distancia física.
Con una calma exasperante, adorando cada minuto del contacto, comenzó a desvestir a su mujer.
Elena, temblando de expectación, estiró sus manos y comenzó a desabrochar uno a uno los botones de su camisa de esmoquin, retirándole la prenda con una timidez que a él le encendía las venas.
Cuando el majestuoso vestido perla de alta costura cayó al suelo, Elena quedó expuesta ante él, vistiendo únicamente el delicado conjunto de lencería blanca fina que Alessandro le había comprado.
Al contemplar su cuerpo maduro, casi sin barreras, el magnate soltó un suspiro denso; estaba a punto de perder por completo el férreo autocontrol que lo caracterizaba.
Por puro reflejo de sus inseguridades de cuarenta años, Elena levantó las manos, intentando cubrirse el abdomen, donde la piel guardaba las marcas indelebles de sus tres partos.
—No te cubras —le ordenó él con una voz ronca que vibraba de pura devoción. Le tomó las muñecas con suavidad y le separó las manos—. Eres hermosa, Elena. Eres perfecta.
—No mientas, Alessandro... —susurró ella, bajando la mirada con timidez—. Mi abdomen ya no es el de una joven. Es grande por los embarazos, y además... está lleno de estrías.
—Eres perfecta —insistió el halcón, obligándola a mirarlo directo a sus ojos negros penetrantes—. No hay una sola imperfección en ti. Mira cómo estoy por ti, mujer. Mira lo que me provocas.
Alessandro la tomó por la cintura y pegó el cuerpo de su esposa contra el suyo, permitiendo que Elena sintiera el calor abrasador y la urgencia de su deseo.
Con movimientos rápidos, él se despojó del resto de su vestimenta y de sus pantalones, quedando únicamente en ropa interior, donde se marcaba con total nitidez la consecuencia de la tentación que ella ejercía sobre sus sentidos.
Con una fuerza limpia, la cargó nuevamente en brazos y la llevó al baño.
Retiró las últimas prendas de lencería y juntos se sumergieron en el agua caliente de la bañera de hidromasaje.
Con sus manos grandes y rudas, Alessandro comenzó a bañarla, recorriendo cada centímetro de su piel con una delicadeza infinita, como si estuviera venerando un santuario.
Elena sintió que la última rigidez de su antiguo control se disolvía en el agua.
Se relajó por completo, apoyó la cabeza en el hombro ancho de su esposo y se entregó al contacto, dejando que él hiciera lo que quisiera con ella.
Jamás en sus cuarenta años se había sentido de esa manera: tan inmensamente amada, cuidada, protegida y, sobre todo, sexy.
Alessandro la tomó por las caderas, la giró sobre el agua y la acomodó de frente, obligándola a horcajadas sobre sus muslos.
Las piernas de Elena rodearon la cintura del magnate de inmediato, y en medio de la espuma, los dos comenzaron una danza de sensualidad pura, un reconocimiento carnal y profundo de sus anatomías.
Elena, libre de la vergüenza de su pasado y contagiada por el fuego del hombre, comenzó a moverse sobre él sin inhibiciones, reclamando el calor que se le había negado durante un año de soledad.
Alessandro no soportó más la deliciosa tortura de la contención.
Sin dejar de besarla con un hambre salvaje, ni de acariciarle la espalda húmeda, la levantó de la bañera y la trasladó directamente a la inmensa cama King, entre los pétalos de rosas rojas.
Allí, en la penumbra del ático frente a Central Park, dio inicio un juego de pasión devastador entre los dos.
Los años de madurez de ambos salieron a relucir en cada caricia, en cada gemido y en cada embestida; aquello no era simplemente la fusión de dos cuerpos sedientos, era la entrega total y el pacto definitivo de dos almas que habían decidido adueñarse de la luz para no volver a caminar en la soledad.