EL ANCLA EN LA TORMENTA CAPÍTULO 27 El apellido en la pizarra
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CAPÍTULO 27 El apellido en la pizarra

Alessandro tomó la mano de Elena al salir de la casa y no la soltó en todo el trayecto.

Con el otro brazo cargaba a la pequeña Isidora, que iba colgada de su cuello como si fuera su lugar en el mundo.

En el asiento trasero, Romina y Camila conversaban en voz baja, con los nervios lógicos de quienes están a punto de pisar un colegio de excelencia por primera vez.

Al llegar al imponente establecimiento, Alessandro descendió del vehículo con la bebé en brazos y, sin soltar a Elena, avanzó con paso firme, seguido por las dos mayores.

Los pasillos del colegio, usualmente repletos de miradas críticas, parecieron abrirse ante la avasalladora presencia del magnate.

Entraron directamente al despacho del rector. Alessandro no anduvo con rodeos. Se plantó frente al escritorio e impuso las condiciones para el ingreso inmediato de las jóvenes, presentándolas con una autoridad que no admitía réplicas:

—Ellas son Romina y Camila Valverde —sentenció, adueñándose de sus identidades para protegerlas del mundo.

El rector, intimidado por el peso del apellido y el poder del hombre, asintió de inmediato y les hizo entrega de los horarios, las asignaciones de aula y todo el material necesario para el inicio de clases.

Una vez que Alessandro dejó todo bajo un control milimétrico, se giró hacia las adolescentes.

Se despidió de cada una con un beso y un abrazo protector.

Acto seguido, sacó dos cajas de su abrigo y le entregó un teléfono celular de última generación a cada una.

—Ya están guardados los números de su madre y el mío —les dijo, clavando sus ojos negros en ellas—. No importa la hora ni el momento, si pasa algo, me llaman. Yo llegaré aquí en cuestión de minutos. ¿Está claro?

—Sí, papá —respondieron las dos al unísono, con una seguridad que les ensanchaba el pecho.

Los adultos regresaron al auto para ir a dejar a la menor al jardín infantil. Al llegar, Isidora se aferró con fuerza a la solapa de Alessandro, negándose rotundamente a separarse de él. El hombre la bajó al suelo con extrema paciencia y se agachó a su altura.

—Juntos vendremos a buscarte más tarde, muñeca —le prometió con una sonrisa mansa.

—¿Tú? —balbuceó la pequeña, fijando sus ojos inocentes en él.

—Sí, mi amor. Yo vendré a buscarte junto con mamá. ¿Está bien?

Isidora asintió con la cabecita, convencida por su palabra, y caminó hacia su educadora. Elena y Alessandro subieron nuevamente al vehículo con rumbo a la corporación. El silencio dentro del habitáculo fue roto por la duda que a Elena le venía quemando el pecho.

—¿Es verdad lo del matrimonio? —preguntó Elena, mirándolo de reojo con incredulidad.

—Sí —respondió él de inmediato, sin apartar la vista del frente—. Yo no jugaría con algo así, Elena. Mañana a las diez de la mañana serás mi esposa.

—No puede ser... —balbuceó ella, sintiendo que su estructura colapsaba—. Nos conocimos ayer, Alessandro.

—¿Y qué importa eso? —la cortó él con su voz gruesa y segura—.

Hay parejas que se conocen toda una vida y terminan en un fracaso absoluto.

Otras se conocen solo por algunos días y funcionan para siempre.

Eso es lo que nos pasará a nosotros. Somos adultos, Elena.

Yo sé perfectamente lo que quiero, y las quiero a ustedes cuatro en mi vida.

—¿Estás seguro de lo que estás haciendo?

—insistió Elena, con los ojos inyectados en un rastro de temor—.

Yo soy una mujer divorciada. No quiero que mis hijas pasen nuevamente por lo mismo.

Yo las vi sufrir, las vi desilusionadas cada vez que su padre no llegaba a verlas en los fines de semana.

Vi cada proceso de ellas, cómo se tragaban y guardaban su dolor para no causarme problemas a mí.

Yo no quiero volver a vivir eso. Yo lo puedo soportar todo, Alessandro...

pero ellas no. Yo no puedo aceptar una locura así.

Yo no estoy sola en el mundo; hay tres vidas detrás de mí, ellas son mi única responsabilidad.

Alessandro ordenó al chofer detener el auto justo frente al edificio de la empresa. Se giró por completo hacia ella, acortando cualquier distancia física, y le tomó las manos con una firmeza arrolladora.

—Cariño —le dijo, y la palabra sonó como un bálsamo en el pecho de Elena—.

Esas niñas me llaman papá desde ayer. Por lo tanto, son mi responsabilidad también.

Y en mi vida, en mi vocabulario, la palabra divorcio o infidelidad simplemente no existen.

Tú serás mi esposa para toda la vida, y esas niñas serán mis hijas legítimas.

Juntos las vamos a criar. Nunca más las verás sufrir; las verás florecer, las verás tomando responsabilidades y aprendiendo cosas nuevas.

El dinero no compra la felicidad, Elena, pero sí te abre muchas puertas, y esas son las puertas que yo quiero mantener abiertas de par en par para mis hijas.

Sé perfectamente que tienes miedo, pero con los días te darás cuenta de que esto no es un capricho mío.

Esto es algo real. Confía en mí, Elena. Yo no te voy a defraudar como lo hicieron en tu pasado.

Vamos a formar una hermosa familia, te lo aseguro.

Elena lo miró en silencio, sintiendo que la muralla de sus inseguridades terminaba de desmoronarse ante la certeza de sus palabras.

Ingresaron al edificio de la corporación.

Alessandro la tomó de la mano y la escoltó personalmente hasta el área de la cocina industrial, guiándola hasta una pequeña oficina privada que había mandado a habilitar exclusivamente para ella en ese sector.

Sobre el escritorio, descansaba una carpeta gruesa.

—Aquí tienes toda la información de los trabajadores y sus restricciones alimenticias —le explicó de cara al inicio de sus labores—.

Si necesitas cualquier insumo o material extra, házmelo saber de inmediato para que te lo hagan llegar.

Nosotros esperaremos a que las mayores salgan de clases para comer todos juntos arriba en mi oficina, y después iremos en el auto a buscar a Isi al jardín, ¿te parece?

Quiero saber de primera mano cómo les fue a las niñas en su primer día de escuela.

—Está bien —alcanzó a decir Elena, acomodándose la blusa con timidez—. Cuando lleguen las niñas, subimos de inmediato a tu oficina para comer juntos.

En ese momento, antes de girarse para subir al piso ejecutivo, Alessandro se acercó a ella de forma imprevista.

Redujo la distancia al mínimo y le dio un beso en los labios.

Fue solo un roce, un contacto suave, cálido y pausado, pero lo suficientemente intenso como para que a Elena le saltara el corazón dentro del pecho, rompiendo de golpe la simetría helada de sus últimos cuarenta años.