CAPÍTULO 28 El sabor de la victoria
Elena se plantó en su nueva oficina privada frente a las pantallas táctiles y las carpetas físicas.
Con su rigurosa mente estructurada, analizó quirúrgicamente las nóminas digitales y los perfiles de los trescientos cincuenta trabajadores.
Al notar que la gran mayoría de las restricciones alimenticias compartían las mismas alergias base, trazó una estrategia de menús semanales con una precisión matemática.
En cuanto el plan estuvo diseñado, se amarró el delantal, se recogió el cabello bajo el gorro reglamentario de cocina y se dispuso a conquistar el casino corporativo.
Mientras el resto de las cocineras descansaban en sus turnos tras haber cubierto los desayunos, Elena se adueñó de las enormes ollas de acero inoxidable.
Comenzó a sellar la carne, a picar los vegetales frescos y a sazonar las salsas espesas que acompañarían el menú del día, además de hornear los postres artesanales para el personal.
Fue una jornada extenuante, de un desgaste físico tremendo, pero por primera vez en años, cada gota de sudor no venía acompañada de angustia; Elena estaba feliz.
Treinta pisos más arriba, Alessandro no le quitaba los ojos de encima a través de los monitores de seguridad de su despacho presidencial.
Al verla moviéndose sola entre las gigantescas instalaciones industriales, cargando fondos pesados, su instinto posesivo y protector se encendió de inmediato. Presionó el intercomunicador.
—Contraten a dos ayudantes de cocina de forma inmediata para el área de la señora Elena —ordenó con su imponente voz de mando—. No quiero que realice esfuerzos innecesarios.
Solo cuando vio a través de la pantalla que las nuevas ayudantes se integraban y aligeraban la carga de Elena, el halcón se relajó.
Se concentró en liquidar sus propios pendientes ejecutivos a una velocidad militar; quería tener la tarde completamente despejada para escuchar a sus futuras hijas y cumplir la promesa sagrada que le había hecho a la pequeña Isidora.
No iba a faltar a su palabra con esa niña.
El tiempo voló en el casino. Elena estaba tan concentrada en la sazón que no se percató de las horas hasta que las puertas se abrieron a las doce en punto y los primeros grupos de empleados comenzaron a formar fila.
Con un orden y una pulcritud excelentes, Elena comenzó a montar y servir los platos solicitados.
El verdadero pago a su esfuerzo llegó de inmediato: los rostros de los trabajadores se transformaban al dar el primer bocado.
La voz sobre la exquisita calidad de la nueva chef corrió como pólvora por los pasillos de la corporación.
Decenas de empleados se acercaron a la barra exclusivamente para felicitarla y agradecerle por el almuerzo.
Con el corazón ensanchado de orgullo, Elena dejó su área de trabajo impecable y reluciente para sus compañeras del turno de la tarde y bajó en el ascensor hacia la recepción del primer piso para esperar a las adolescentes.
Mientras aguardaba junto a los grandes ventanales de cristal, notó que los empleados que pasaban a su lado la miraban con un respeto absoluto, casi reverencial; el rumor de que había llegado por la mañana de la mano del gran jefe ya era una ley indiscutible en el edificio.
A los pocos minutos, la puerta giratoria se abrió. Romina y Camila cruzaron el umbral con mochilas nuevas y rostros serios, completamente inexpresivos. El corazón de Elena dio un vuelco salvaje, asustada por la posibilidad de que hubieran sufrido algún tipo de rechazo en su debut escolar.
—¿Cómo les fue, mis amores? —preguntó Elena de inmediato, acortando la distancia con nerviosismo.
—Conversemos arriba, mamá —respondió Camila con un tono cortante y maduro—. Así contamos la historia una sola vez.
Mientras se dirigían al ascensor privado, pasaron justo al lado de Bruno, el administrativo de contabilidad, quien se encontraba pasando el trapeador por los pasillos con un delantal de aseo y el rostro desencajado por la humillación.
Al ver pasar a las jóvenes junto a Elena, el hombre las clavó con una mirada de odio puro y resentimiento, pero no se atrevió a emitir una sola palabra, apretando el mango del trapeador con fuerza.
Al llegar al piso ejecutivo, Samanta, la asistente de Alessandro, las recibió con una sonrisa amable.
—Pasen de inmediato, señoritas. El señor Valverde las está esperando.
Al cruzar la pesada puerta de madera, se encontraron con la mesa auxiliar perfectamente dispuesta para los cuatro. Alessandro se levantó de su sillón presidencial en el acto, abriendo los brazos con una calidez imponente.
—¿Cómo les fue en su primer día, jovencitas? —preguntó el halcón, clavando sus ohms negros en las dos mayores.
En ese mismo instante, la seriedad de las adolescentes se desmoronó por completo. Las dos rompieron el silencio y explotaron en gritos de pura alegría y entusiasmo, hablando al mismo tiempo.
—¡Nos trataron súper bien, papá! —excluyó Camila, saltando en su sitio—. Las instalaciones son increíbles, los profesores nos trataron con mucho respeto.
—Es verdad —añadió Romina, con los ojos brillando de emoción—.
Aunque el nivel académico es altísimo, hay muchísimo que estudiar para estar a la altura de los demás.
Ya nos inscribimos en algunos talleres extracurriculares de nivelación y unos compañeros de clase se ofrecieron voluntariamente a prestarnos sus apuntes y ayudarnos con las materias que tenemos rezagadas. ¡Estamos felices, de verdad!
Las jóvenes le aseguraron a Elena que no habían recibido ni una sola mala palabra, ni un solo desprecio ni mirada de reojo por su origen humilde o su situación familiar; el blindaje del apellido Valverde había funcionado como un escudo impenetrable.
El almuerzo transcurrió entre risas, anécdotas escolares y una complicidad que llenó de luz el despacho presidencial.
En medio del bullicio de las niñas, Elena levantó la mirada y se topó con los ojos negros de Alessandro, quien la observaba con una sonrisa mansa y triunfal desde la cabecera de la mesa.
—Te lo dije, mi amor —le susurró él con la mirada, transmitiéndole toda su inquebrantable seguridad.
Elena soltó un largo suspiro y, por primera vez en cuarenta años, sintió que sus hombros se relajaban por completo.
Ver a sus hijas desbordantes de felicidad por este nuevo cambio fue la confirmación definitiva de que su antigua historia de escasez y soledad había quedado sepultada bajo los cimientos de ese imperio.