CAPÍTULO 25 El eco del vacío y el óleo del mañana
Al soltarse de los brazos de Alessandro, las niñas se apresuraron a tomar las pesadas cajas de cartón.
Cargando sus nuevos tesoros, caminaron hacia el pasillo con una agilidad y un entusiasmo que habían permanecido dormidos por meses.
Sin embargo, antes de cruzar la puerta de sus habitaciones, se detuvieron.
Una a una, regresaron al centro de la sala para despedirse formalmente del magnate con un beso tierno en la mejilla, un gesto que sellaba la rendición absoluta de sus sospechas adolescentes.
—Buenas noches —dieron las dos menores con voces suaves y aliviadas.
—Buenas noches, mis amores —les respondió Alessandro en un susurro, con el semblante completamente dulcificado.
Romina tomó con cuidado a la pequeña Isidora entre sus brazos, acomodándola contra su hombro, y las tres desaparecieron tras el umbral de los dormitorios, dejando tras de sí un rastro de risas contenidas.
En ese instante, el silencio regresó a la sala, pero ya no era el silencio denso y hostil del desamparo.
Los dos adultos se quedaron solos en medio de la habitación, rodeados por el eco de una abundancia imprevista.
Elena cruzó los brazos sobre su pecho, intentando contener la avalancha de emociones que le apretaba la garganta.
Miró al hombre que permanecía erguido frente a ella, magnífico en su estatura y en su elegancia ruda.
—Gracias... de verdad, muchas gracias —dijo Elena, tragando saliva—. Por favor, mándame la factura de todo esto. Necesito saber cuánto fue.
—Eso lo veremos el próximo mes, Elena. Quédate tranquila —respondió con evasión—. Está bien si lo dejamos para cuando saquemos las cuentas formales para los descuentos de tu sueldo.
Por dentro, el halcón sonreía con astucia.
Sabía perfectamente que esa factura jamás llegaría a las manos de Elena; en su mente posesiva e inquebrantable, estaba decretado que ella no tendría que pagar un solo centavo por el bienestar, la vestimenta o la educación de sus hijas.
Lo que era suyo, ya le pertenecía a ellas.
Ambos caminaron lentamente hacia la puerta de salida, recortando la distancia en el pequeño vestíbulo.
Elena levantó el rostro, dispuesta a insistir y a desglosar una nueva letanía de agradecimientos y disculpas por lo que consideraba un abuso de su confianza, pero Alessandro fue más rápido.
Con un movimiento pausado y firme, extendió su mano grande y colocó su dedo índice suavemente sobre los labios de ella, silenciándola en el acto.
La cercanía física hizo que a Elena se le cortara la respiración.
—Ellas me llaman papá desde hoy. Son mis hijas —sentenció Alessandro, clavando sus ojos negros penetrantes en los de ella con la fuerza de un juramento—.
Esto es lo mínimo que puedo hacer por ellas, Elena.
No les quites su alegría por unos pocos pesos.
El dinero va y viene en esta vida, pero la alegría de esas niñas, su risa y la mirada de paz que tuvieron hoy... eso no tiene precio.
Elena se quedó inmóvil, hipnotizada por la intensidad de sus palabras y por el calor de su dedo que aún rozaba su piel.
—Mañana temprano vengo por ustedes —añadió él con una suavidad mansa—. Te llamaré al celular en cuanto venga saliendo de mi propiedad.
Alessandro se inclinó un poco más hacia ella.
Con una ternura infinita, depositó un beso largo, cálido y protector justo en medio de su frente.
Luego, se dio la vuelta y cruzó el umbral de la reja, caminando hacia su automóvil de lujo sin mirar atrás.
No lo hacía por frialdad; lo hacía porque su instinto posesivo lo estaba traicionando.
No quería dejarlas ahí. Deseaba con cada fibra de su ser quedarse en esa humilde casa esa misma noche, cerrar la puerta bajo llave y no separarse nunca más de las cuatro mujeres que habían desmantelado su gélida existencia.
Al subirse al asiento trasero del auto, Alessandro se acomodó contra el cuero y cerró los ojos.
Al inspirar, notó que toda su ropa estaba completamente impregnada: el perfume sutil de Elena, la fragancia juvenil de las mayores y el aroma a colonia de bebé de Isidora se habían quedado adheridos a los tejidos de su costosa vestimenta.
Eran pequeños detalles, hilos invisibles que le llenaban el corazón de una plenitud que el dinero jamás le había comprado.
Recordó la forma en que la bebé se aferraba a su cuello, el tono con el que Camila lo había llamado "papi" y, sobre todo, el instante en que Romina, siendo la más difícil y reservada, lo había aceptado como su padre.
"Mañana mismo dejaré en claro en la escuela que ellas son mis hijas", se juró el halcón en medio de la oscuridad del trayecto, con una sonrisa triunfal dibujada en los labios perfectos.
"Nadie en esta ciudad volverá a tener el derecho de humillarlas ni de mirarlas por encima del hombro. Tienen mi apellido detrás".
Al llegar a su inmensa mansión, el silencio estéril de los pasillos ya no le pareció una condena, sino un espacio en tregua.
Caminó con paso firme, ignorando el desorden de cables y herramientas que las niñas habían dejado en el área de juegos en su retirada vespertina.
Subió directamente al tercer piso y se encerró en su estudio privado de arte.
Se detuvo frente al caballete y contempló por varios minutos la pintura abstracta que Camila había plasmado unas horas antes.
Una profunda emoción le apretó el pecho al ver el rayo amarillo que representaba su propia irrupción en esa tormenta.
"La mandaré a enmarcar mañana a primera hora con el mejor artesano de la ciudad", decidió.
Acto seguido, Alessandro se despojó del saco de traje gris fino, se remangó las mangas de la camisa blanca y tomó una paleta de madera limpia.
Agarró los pinceles y, guiado por una inspiración salvaje y liberadora, comenzó a pintar por primera vez en años.
Sus trazos iniciales fueron densos, oscuros, cargados de la gélida soledad en la que había vivido, plasmando la pena, el vacío y la angustia sorda de un hombre que lo tenía todo en el plano material pero que carecía de un hogar real.
Sin embargo, a mitad del lienzo, el óleo cambió de rumbo.
Alessandro incorporó tonos vivos, destellos de luz pura y colores cálidos que representaban el brillo de esas cuatro mujeres que, de la nada y en menos de doce horas, habían venido a reventar sus esquemas rígidos y a darle un color verdadero a su vida.
Cuando el óleo terminó de secarse bajo los focos del taller, Alessandro dio un paso atrás, contemplando la obra compartida con el alma de su nueva hija.
Dejó caer el pincel con una satisfacción inmensa y se dijo a sí mismo, con la mandíbula apretada de orgullo, que mañana mandaría a enmarcar ambas piezas.
Iba a llenar las inmensas y frías paredes de ese estudio con las pinturas y las huellas que ellos, como una verdadera familia, harían juntos a partir de ese nuevo amanecer.