CAPÍTULO 24 El peso del nuevo amanecer
Esa noche tuvo un cierre de oro, inundado de risas que llenaron cada rincón de la inmensa propiedad.
Elena miró el reloj y, con suavidad, anunció que ya era hora de marcharse; la pequeña Isidora necesitaba descansar para estar lista al día siguiente.
Al escuchar aquello, la bebé corrió de inmediato hacia Alessandro, trepando por sus piernas hasta refugiarse en sus brazos.
No tenía la más mínima intención de moverse de allí.
Mientras Elena acomodaba sus pocas pertenencias, Romina dio un paso al frente, mirando al magnate con timidez pero con una firmeza madura en los ojos.
—Alessandro... ¿será posible que tú nos vayas a dejar a la nueva escuela mañana? —preguntó la joven de quince años—. No queremos llegar solas el primer día.
Alessandro sintió que un orgullo inmenso, casi biológico, le henchía el pecho al escuchar la petición de la primogénita de Elena. Que la mayor depositara esa confianza en él era el mayor triunfo de su jornada.
—Claro que sí, hija —respondió con una voz cargada de un afecto inquebrantable—.
Mañana paso por todas ustedes temprano. Las vamos a dejar a la escuela todos juntos, como una familia, y luego nosotros iremos a dejar a Isis al jardín para irnos directo a la corporación.
Lo más probable es que, cuando lleguemos a su casa ahora, sus cosas ya estén allá.
El viaje de regreso a la vivienda se realizó en una calma expectante.
Las niñas miraban por la ventana con una pizca de tristeza por abandonar la calidez de esa mansión que ya sentían suya, pero con la ilusión encendida de saber que volverían muy pronto.
Al detenerse frente a la humilde fachada de la casa de Elena, un gran camión de reparto cerrado se estaba estacionando justo frente a la reja.
El chofer del camión descendió con una planilla en mano, mirando el vehículo de lujo.
—¿Despacho para el señor Alessandro Valverde? —preguntó con respeto.
—Entren las cosas de inmediato —ordenó Alessandro, recuperando su imponente modo jefe.
Todos ingresaron a la vivienda mientras los operarios comenzaban a descargar cajas y cajas de cartón grueso, selladas y relucientes. La sala de Elena, usualmente vacía, se llenó de un volumen impresionante de paquetes.
—¿Qué es todo esto, mamá? —preguntaron las dos mayores, abriendo los ojos de par en par ante la magnitud del cargamento.
—¿Por qué no las abren y lo descubren? —sugirió Alessandro con una sonrisa contenida, manteniendo a Isidora sujeta en su hombro.
Cada caja venía meticulosamente rotulada con un nombre impreso.
Romina rasgó la cinta de la primera caja que llevaba su nombre; al abrirla, se quedó sin aliento al encontrar jeans de excelente calidad, vestidos hermosos, blusas finas y chaquetas abrigadas para el invierno.
Camila, contagiada por la emoción, abrió la suya y descubrió una impresionante variedad de calzado: zapatos formales, botas de cuero y tenis de último modelo para sus actividades físicas.
Romina abrió un segundo paquete y sus ojos se humedecieron al ver los impecables uniformes oficiales de la nueva escuela de excelencia, acompañados de mochilas ergonómicas y cajas completas con materiales de estudio, cuadernos de alta gama, estuches y libros de texto nuevos.
Camila, por su parte, encontró en su siguiente caja sudaderas cómodas, jeans modernos y todo tipo de ropa de uso diario.
Alessandro no había escatimado en un solo centavo; les había comprado un guardarropa completo a las dos.
La pequeña Isidora, sentada en el sofá, miró el despliegue con sus ojitos brillantes, dio un pequeño salto y balbuceó con esfuerzo:
—¿Yo? ¿Yo?
—Sí, también hay para ti, cariño —le aseguró el halcón con una ternura infinita.
Elena abrió las cajas destinadas a la menor del hogar.
Venían repletas de vestidos infantiles preciosos, conjuntos de algodón suave, zapatitos delicados, chaquetas acolchadas y decenas de moñitos de colores para su cabello; absolutamente todo lo que una niña de su edad requería para verse y sentirse cuidada.
De pronto, Romina divisó una última caja de gran tamaño que descansaba junto al pasillo.
—Mamá... mira. Esto es para ti —dijo la adolescente, señalando la etiqueta que rezaba el nombre de Elena.
Elena palideció. Miró a Alessandro con una profunda incertidumbre, sintiendo que el orgullo y la timidez la paralizaban ante semejante despliegue de opulencia.
Alessandro dio un paso hacia ella, sosteniéndole la mirada con un brillo de profunda aprobación, y la animó con un leve asentimiento de cabeza para que la abriera.
Con las manos temblorosas, Elena rompió el sello.
Al remover las capas de papel seda, se topó con hermosos vestidos ejecutivos, jeans de corte perfecto, zapatos de tacón elegantes, chaquetas de lana fina y abrigos de diseñador.
—Alessandro... esto es demasiado —balbuceó Elena, con las lágrimas asomando en sus ojos desmaquillados—. Es mucho dinero, no puedo aceptarlo...
—No lo es, Elena —la cortó él con esa firmeza protectora que no admitía discusiones—. Es estrictamente lo que ustedes requieren para comenzar esta nueva vida. Es su derecho.
Al escuchar aquellas palabras que borraban de un plumazo la humillación de la escasez, las niñas no pudieron contenerse más.
Se abalanzaron en masa a abrazarlo, rodeando el imponente cuerpo del magnate.
Romina, que siempre había sido la más reservada, se aferró con una fuerza inusitada al torso de Alessandro, hundiendo el rostro en su camisa.
—Muchas gracias, papá... de verdad —susurró Romina con la voz quebrada por la emoción—. Te prometo que me esforzaré el doble en la nueva escuela para que estés muy orgulloso de mí.
Alessandro sintió que una oleada de calor le invadía el pecho, disolviendo los últimos restos de su gélida soledad. Apretó el abrazo, conteniendo la respiración ante la entrega total de sus nuevas hijas.
—Ya lo estoy, hija —le respondió al oído con una sinceridad absoluta—. Ya lo estoy, y mucho.
Romina se aferró con mayor firmeza a su cuerpo, sellando en esa humilde sala un pacto de pertenencia que ninguna notificación judicial ni ningún fantasma del pasado lograría romper jamás.