CAPÍTULO 23 Las huellas en la puerta
Elena no podía detener el llanto. Era un torrente que arrastraba el cansancio de las madrugadas a las seis de la mañana, la humillación de los murmullos vecinales, el miedo a la escasez y el dolor de ver la piel de Romina arder por la psoriasis.
En los brazos de Alessandro, cada sollozo desgarrador era un eslabón que se rompía de su antigua armadura de control.
Encontró en ese pecho ancho su soporte definitivo, el ancla que detuvo su deriva de casi un año como una hoja al viento.
Cuando la tormenta en su pecho finalmente comenzó a amainar, el peso de su rigidez intentó volver por reflejo. Elena se apartó un milímetro, limpiándose los ojos con timidez, y miró al magnate con una profunda incertidumbre.
—Alessandro... por favor, discúlpame —balbuceó con la voz ronca—. Tu hija... Camila ocupó tus materiales sin permiso, entró a tu habitación privada, están desordenando toda tu casa... Y para colmo, acabo de manchar tu camisa fina con mis lágrimas. Qué vergüenza contigo.
Alessandro, manteniendo esa caballerosidad imponente y atenta que lo caracterizaba, no la dejó retroceder. Extendió sus manos grandes y cálidas, tomó el rostro desmaquillado de Elena y la obligó a mirarlo directo a sus ojos negros penetrantes.
—Aquí ellas pueden ser libres, Elena —le dijo con una voz gruesa que derramaba una ternura absoluta—.
Aquí pueden jugar, pueden pintar libremente, pueden gritar y disfrutar de su libertad y de su niñez.
A mí me encanta tener la casa así de ruidosa.
Ni te imaginas la agonía que significaba para mí llegar cada tarde a esta inmensa propiedad y encontrar solamente silencio.
Alessandro deslizó sus pulgares por las mejillas de ella, borrando el rastro de la humedad.
—La camisa no importa en lo más mínimo —continuó con un tono de posesión protectora que le erizó la piel a la mujer—.
En esta tela está la prueba de que fui importante para ti.
Que me necesitaste, que te apoyaste en mí aun sin conocerme de toda la vida, y que te desahogaste.
Nunca más vuelvas a pedir disculpas por ver a las niñas reír, jugar o desordenar.
Esta casa es de ellas; pueden hacer lo que quieran aquí adentro, al igual que tú.
Así que no quiero volver a escuchar un "disculpa" de tu boca.
¿Estamos claros? Ahora, vamos por las niñas para cenar todos juntos.
Antes de soltarla, Alessandro se inclinó y le dio un beso largo, cálido y pausado en la frente, sellando un pacto silencioso de amparo. Tomó la mano trabajada de Elena entre las suyas y, entrelazando sus dedos, la guió hacia el cuarto de juegos contiguo.
Al abrir la puerta, se encontraron con las tres hermanas sumergidas en un universo de risas y complicidad, ajenas por completo a las miserias del pasado. Alessandro se paró en el umbral, erguido y magnífico, pero con una sonrisa mansa.
—Niñas, vamos a comer. Después, si quieren, pueden volver a subir a jugar un rato más.
Camila, sosteniendo una pelota de juego entre las manos, miró al magnate y dio un paso al frente con una timidez que contrastaba con la rebeldía que había mostrado en la cocina de su madre.
—Papi... —susurró la niña de trece años—. ¿Puedo venir a pintar nuevamente al estudio?
—Claro que sí, cariño —le respondió Alessandro en el acto, y el nudo de la emoción volvió a apretarle la garganta al escuchar el apelativo—.
Mañana mismo mandaré a comprar más óleos, pinceles y lienzos en blanco para que puedas pintar cuando tú quieras...
siempre y cuando tu mamá te dé permiso. Esta casa es de ustedes.
Pueden venir cuando quieran, esté yo o no esté en la ciudad.
Mañana mismo dejaremos registradas sus huellas digitales en la cerradura inteligente de la puerta principal para que puedan entrar al edificio y a la casa sin ningún inconveniente.
Minutos después, el gran comedor de la propiedad se llenó de vida.
Sentados a la mesa, todos compartieron los platos que Elena y Alessandro habían preparado con tanta complicidad.
Incluso Nana tomó asiento junto a ellos por orden estricta del dueño de casa, convirtiendo la cena en un festín de risas, anécdotas y miradas de alivio.
Romina y Camila devoraban la carne con un apetito que ya no estaba frenado por el miedo a que faltara comida al día siguiente.
Las cuatro mujeres se sentían, por primera vez en meses, cómodas, seguras y respetadas en un espacio ajeno.
Y Alessandro, mirando la mesa llena y escuchando el bullicio de las voces femeninas rebotar en las paredes de mármol, sintió que el frío estéril de su riqueza desaparecía por completo.
Ya no estaba solo en esa tremenda casa. Había encontrado a su familia, y estaba dispuesto a mover un imperio entero con tal de mantener esa escena intacta para siempre.