CAPÍTULO 17 El pacto del respeto y la protección
—Ok —dijo Romina, rompiendo el silencio tras asimilar cada palabra del empresario—. Yo acepto tu ayuda, pero con algunas condiciones. ¿Puede ser?
Alessandro la miró con fijeza, acomodando a Isidora, quien ya parpadeaba con pesadez sobre su regazo.
—Te escucho —respondió él, con un tono que invitaba a la negociación madura.
—Primero: que las cuotas de descuento no sean altas.
Así mi mamá tendrá suficiente dinero libre para los gastos diarios de la casa —planteó la joven de quince años con firmeza—.
Segundo: nos tienes que dar un mes de adaptación en el nuevo colegio.
Así nos podemos nivelar académicamente con tranquilidad, y después de ese plazo, vendremos a ayudar en lo que sea requerido aquí en la empresa.
Y tercero: si por algún motivo te buscamos a ti para solucionar algún problema o si pasa algo en la escuela, será estrictamente entre nosotros.
No quiero que vayas y se lo cuentes a mi mamá.
Si te busco a ti, es porque no quiero que ella se entere ni se preocupe de más.
Alessandro asintió lentamente, impresionado por la sensatez de la primogénita de Elena.
—¿Y qué pasará si nosotras queremos tomar clases fuera de horario? ¿Qué pasará ahí? —intervino Romina.
—Bueno —respondió Alessandro con voz pausada—.
Si quieren tomar cursos fuera de horario, estará muy bien.
Pero igual se vendrán para acá después de eso.
Yo personalmente, junto a su madre, revisaremos sus calificaciones.
Y sobre esos cursos extra, quiero que se esfuercen por ser las mejores.
Tendrán todas las herramientas necesarias a su alcance.
Pero escúchenme bien: no quiero saber que se dejen pasar a llevar por nadie.
No quiero enterarme de que las están humillando o tratando mal en ese nuevo lugar.
Porque si se callan un abuso, ahí seré yo quien las castigaré a ustedes con trabajo comunitario aquí en la empresa. ¿Estás de acuerdo con eso, Elena?
Elena lo miró y sintió que una ola de felicidad y alivio le inundaba el pecho.
Por primera vez en años, un hombre ponía reglas claras en la vida de sus hijas.
Y aunque Alessandro no fuera su padre biológico, lo que estaba exigiendo no era por capricho; era un decreto absoluto para el bienestar de las niñas.
Quería obligarlas a esforzarse, a sacar lo mejor de sí mismas y a defender su dignidad.
—Otra cosa —continuó Alessandro, desviando la mirada hacia las dos mayores—.
Su madre me comentó la situación por la que han estado pasando.
Romina, tendrás una cita médica con un dermatólogo de excelencia durante la semana.
Vendrás tú en persona a mi oficina a contarme lo que te dijo el médico.
Y tú, Camila... tendrás una hora con un psicólogo, y cumpliremos el mismo procedimiento: quiero que vengan tú a informarme cómo vas.
Esto no corre por cuenta de la empresa ni es una obligación de su madre.
Esto lo hago yo, como un amigo de la familia.
Estos días su mamá tendrá muchas responsabilidades nuevas con la cocina del casino y necesita que ustedes estén sanas. ¿Está bien?
Camila, sintiendo que su trinchera de rebeldía era invadida por la autoridad de ese gigante, se erizó de inmediato. No iba a torcer el brazo tan fácil.
—¡Yo no estoy de acuerdo! —soltó Camila, levantando un poco la voz y clavándole una mirada desafiante—. ¡Porque tú no eres nuestro padre!
La habitación se congeló. Elena abrió los ojos, asustada por el arrebato de la niña de trece años, pero Alessandro ni siquiera se inmutó. La miró con una seriedad tan profunda y gélida que congelaba la sangre. Su voz bajó un octavo, resonando con un poder absoluto.
—En primer lugar, me bajas el tono de voz —sentenció Alessandro de forma tajante—.
Soy mayor que tú. Aunque no soy tu padre, soy un adulto y me he ganado el respeto.
En segundo lugar, no soy tu padre, pero soy amigo de tu madre y puedo tomar estas decisiones si a ella le afectan.
¿O es que acaso no te importa el bienestar de ella?
Yo creo que sí te importa. Esto es lo mínimo que puedo hacer por Elena: alivianarle la carga del mundo que lleva en la espalda. ¿Te quedó claro?
Camila tragó saliva, sintiendo el peso de una autoridad real. Bajó la cabeza, intimidada, pero también extrañamente resguardada.
—La próxima vez que le levantes la voz a tu madre o a mí, el trabajo comunitario en la empresa se aumentará —advirtió el halcón con firmeza—. Estás advertida. Y no mires a tu madre buscando salvación; ella está de acuerdo conmigo.
Elena observaba la escena con un respeto inmenso.
No había violencia en las palabras de Alessandro; no había un reproche destructivo como los que su exmarido solía lanzar cuando se desesperaba por el desorden.
Lo que Alessandro ejercía era una corrección pura, nacida del instinto de protección.
Estaba plantando los límites que las adolescentes necesitaban para sentirse seguras, quitándole a Elena el rol del "policía malo" de la casa.
Isidora terminó de tomar su leche y, con un suspiro profundo, se quedó completamente dormida, rindiéndose al calor del pecho de Alessandro.
La rígida rutina de Elena se había roto esa mañana, pero al mirar a ese hombre rudo sosteniendo a su bebé y enderezando la conducta de sus hijas, Elena supo que el caos que tanto temía se sentía, por primera vez, como la más absoluta paz.