CAPÍTULO 18 El rastro del cazador
Tras aquel intenso momento de tensión, Romina se acercó a Alessandro de forma prudente.
—Déjame a la niña para acomodarla en el sillón —le pidió en un susurro, estirando los brazos para no perturbar el sueño de su hermana menor.
—No te preocupes, yo me encargo —respondió Alessandro con suavidad, rechazando la oferta con un leve gesto.
Con un cuidado extremo que nadie habría esperado de un hombre de sus dimensiones, se puso de pie y acomodó a Isidora sobre el largo sofá de cuero de su oficina.
Acto seguido, se desabrochó el saco gris de diseñador, se lo quitó y cubrió el pequeño cuerpo de la bebé.
Isidora, buscando refugio contra el frío de la tarde, inhaló el aroma amaderado de la prenda y se aferró con fuerza a la tela, hundiéndose en un sueño profundo.
Aquella escena le robó a Alessandro una sonrisa genuina, una expresión de pura ternura que iluminó su rostro rudo por completo.
—Niñas, ¿quieren conocer el resto de la empresa? —preguntó Alessandro, irguiéndose y volviéndose hacia las dos mayores.
A Romina y a Camila se les iluminaron los ojos al instante. Alessandro presionó el intercomunicador de su escritorio y llamó a su asistente personal, quien entró al despacho en cuestión de segundos.
—Acompaña a las señoritas y muéstrales todas nuestras instalaciones —le ordenó formalmente—.
Además, quiero que reagendes absolutamente todos mis compromisos de hoy para la próxima semana.
Deja mi agenda de la tarde completamente libre, especialmente la hora de las cuatro. Quiero ese bloque desocupado.
—¿Por qué a las cuatro, señor Valverde? —preguntó la asistente, extrañada ante una petición tan inusual en un hombre hiperproductivo.
—A esa hora estaré aquí mismo con las niñas, revisando sus tareas escolares —sentenció Alessandro, clavando su mirada en la empleada—.
Así que den la orden en recepción: cuando cualquiera de estas mujeres llegue al edificio, entrará directamente a mi despacho sin ser anunciada, a la hora que sea.
Si me encuentro en medio de una reunión de directorio, la reunión se detendrá de inmediato mientras solucionamos lo que ellas necesiten. ¿Quedó claro?
La asistente abrió los ojos con sorpresa.
—Sí, señor. Quedó perfectamente claro —respondió, asintiendo con sumisión.
Romina y Camila se intercambiaron una mirada de asombro que decía claramente: "Después hablaremos de esto".
No era el momento de cuestionar nada, pero al salir del despacho escoltadas por la secretaria, sus hombros adolescentes se veían notablemente más ligeros.
Se marcharon sintiéndose, por primera vez en meses, aliviadas, cuidadas y felices.
En cuanto la pesada puerta de madera se cerró, dejando el despacho en un silencio sepulcral, Alessandro caminó lentamente hacia Elena. Se detuvo a escasos centímetros de ella, reduciendo la distancia, y la miró a los ojos con una mezcla de respeto y disculpa.
—Elena... te pido una disculpa por el comportamiento que acabo de tener con tus hijas —dijo con voz gruesa y baja—.
Sé perfectamente que no me corresponde actuar así porque no soy su padre.
Por eso te pido perdón, y también por todas las atribuciones que me he tomado esta mañana sin preguntarte antes.
Elena lo miró con el corazón desbocado y una profunda incertidumbre pintada en el rostro.
Le costaba procesar que un hombre de semejante calibre, un magnate imponente que controlaba un imperio económico, le estuviera pidiendo disculpas a ella.
Ella no se sentía nadie; se veía como una simple mujer desaliñada, una posible empleada que ni siquiera había firmado un contrato formal de trabajo.
—Lo siento... —balbuceó Elena, bajando la mirada para ocultar sus ojos hinchados—.
Lo siento por todos estos problemas de los que te acabas de enterar.
No tendrías por qué haber escuchado nuestras miserias.
Recién te conozco hace un par de horas y ya tomaste las riendas de la disciplina de mis hijas.
Mi pequeña Isidora no se ha despegado de ti en todo el día...
y las mayores, aunque su orgullo no las deje decirlo abiertamente, están profundamente agradecidas por darles una salida a su situación.
Solo soy casi tu empleada, señor Valverde...
Por eso le pido que, si me contrata, me descuente hasta el último peso de lo que gaste en sus uniformes y útiles. No quiero caridad.
Alessandro guardó silencio, contemplando la dignidad intacta de esa madre soltera. Extendió una mano y, de forma imperceptible, rozó el hombro de Elena para infundirle calma.
—Tranquila por eso —le respondió con una voz que transmitía una seguridad absoluta—.
El primer mes de trabajo no te voy a descontar absolutamente nada para que puedas ordenar tus finanzas en casa.
A partir del segundo mes, nos sentaremos y evaluaremos los descuentos de forma pausada.
Todo lo necesario para el nuevo colegio de las niñas llegará a tu casa antes de que termine el día de hoy.
Mañana temprano un transporte escolar exclusivo las pasará a buscar a tu puerta y, al terminar la jornada, las traerá directo para acá, a la empresa.
Elena levantó la cabeza, atónita ante el nivel de planificación del hombre.
—Además —continuó Alessandro, acortando aún más la distancia física—, mañana pasaré yo mismo a buscarte a tu casa.
Iremos juntos a dejar a la pequeña Isidora al jardín infantil y luego nos vendremos juntos a las oficinas.
Para cuando llegues, te tendré lista toda la documentación del casino corporativo, incluyendo el listado de los empleados y sus restricciones alimenticias.
Así que quédate tranquila. Mañana leeremos el contrato juntos y lo firmaremos, ¿te parece bien?
Elena asintió tímidamente, hipnotizada por la intensidad de su mirada.
—Está bien... señor Valverde —susurró.
Alessandro soltó una sonrisa suave, cargada de una posesividad protectora que le recorrió el cuerpo.
—Y no me llames señor Valverde. Soy Alessandro. Nada más.