EL ANCLA EN LA TORMENTA CAPÍTULO 16 El precio de las mentiras y la moneda del esfuerzo
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CAPÍTULO 16 El precio de las mentiras y la moneda del esfuerzo

El trayecto de regreso a la corporación se sumergió en un silencio denso, desprovisto de la fascinación inicial.

La chispa en los ojos de Romina y Camila se había apagado por completo.

En su lugar, sus rostros adolescentes lucían sombríos, cargados de una mezcla amarga de impotencia y rabia contenida.

Alessandro las observaba a través del espejo retrovisor, estudiando cada microexpresión, cada puño apretado sobre las faldas gastadas.

Isidora, ajena a la tensión, no se soltó del cuello de Alessandro en ningún momento; sus manitas seguían enredadas en la tela fina de su saco.

Al detenerse en el estacionamiento subterráneo de la empresa, el chofer abrió la puerta de Alessandro.

El magnate descendió con la bebé en brazos y, con la caballerosidad implacable que lo caracterizaba, abrió la puerta para Elena y las jóvenes.

Una vez más, colocó su mano firme y protectora en la parte baja de la espalda de Elena para guiarla, mientras con el otro brazo sostenía a la pequeña.

Los empleados del edificio que se cruzaban con ellos en el vestíbulo ejecutivo no podían ocultar su estupefacción.

Los murmullos corrieron como pólvora: el jefe implacable, el hombre rudo que siempre caminaba en absoluta y gélida soledad, avanzaba ahora flanqueado por tres mujeres y cargando a una bebé que parecía pertenecerle de toda la vida.

Al entrar al despacho presidencial, la mesa auxiliar ya estaba meticulosamente dispuesta.

El aroma que flotaba en el aire hizo que a las dos mayores se les hiciera agua la boca: salmón sellado, puré de papas cremoso, ensaladas frescas, fuentes con frutas de la estación, yogur, cereales y un termo con leche tibia para la menor.

Era un almuerzo contundente, diseñado con todo lo necesario para nutrir cuerpos que llevaban meses midiendo las porciones.

Los estómagos de Romina y Camila emitieron un quejido involuntario de hambre.

—Sentémonos, comamos y conversemos. Está bien —ordenó Alessandro con calma, rompiendo la rigidez.

Todos tomaron asiento en torno a la mesa.

Alessandro, acomodando a Isidora sobre su propia pierna porque la pequeña se negó rotundamente a alejarse de él, vertió la leche en el biberón mientras con la mano libre preparaba un plato de yogur con frutas maduras para la bebé.

Romina y Camila dieron el primer bocado, emitiendo un gemido casi imperceptible ante la exquisitez de los sabores, algo que jamás en sus pensamientos más ambiciosos habrían imaginado comer un día de semana.

Elena las miraba comer, sintiendo que el nudo en su propio estómago comenzaba a ceder por el alivio de verlas alimentarse así.

Cuando los platos quedaron casi vacíos, Alessandro dejó los cubiertos sobre la mesa. Su mirada gélida se tornó cálida, pero mantuvo la firmeza de un hombre habituado a la verdad absoluta.

—¿Qué piensan, niñas, de lo que vieron con su madre? —preguntó, clavando sus ojos negros en las dos mayores—. Queremos la verdad. No queremos mentiras ni verdades a medias en esta mesa. Queremos saber realmente qué pasa por su mente.

Camila, con la rebeldía transformándose en una dolorosa madurez, fue la primera en romper el pacto de silencio. Los ojos se le llenaron de lágrimas que se negó a dejar caer.

—A mí me gustó la escuela. Me gustó todo —soltó Camila con la voz trémula—.

Pero seamos honestas: no encajaremos ahí.

Nos van a humillar por ser pobres. Y no me importa, mamá —añadió girándose hacia Elena—, yo estoy orgullosa de ti y de lo que haces por nosotras...

pero no hay dinero para esos gastos. Dinero que hoy, simplemente, no tenemos.

Romina asintió a su lado. Sus ojos estaban inyectados en sangre por el esfuerzo monumental de contener el llanto. La humillación de la escasez les pesaba más que los libros escolares.

Alessandro guardó silencio un segundo. Luego, apoyó las manos en la mesa y tomó la palabra, barriendo la desesperación de la habitación con su voz imponente.

—Escuchen las tres mi propuesta. Déjenme terminar y después me dicen qué opinan.

Primero: ustedes ya saben que su madre trabajará aquí conmigo —las niñas asentieron con la cabeza—.

Bueno, el sueldo de su madre será muy alto, ya que tendrá la responsabilidad de alimentar a toda la empresa.

Entonces, como todos sus miedos son por dinero, la solución que les doy es esta: la empresa les va a comprar los uniformes, los materiales y todo lo que ustedes necesiten para la nueva escuela.

Elena abrió la boca para objetar, sintiendo que el orgullo se le subía al cuello, pero Alessandro la detuvo con una mirada intensa antes de continuar de cara a las adolescentes:

—Pero esto no será gratis. Lo primero: los gastos de esos útiles y uniformes serán descontados de forma mensual del sueldo de su madre.

Lo segundo: después de salir de clases, se vendrán directo para acá, a esta empresa, y ayudarán en lo que se requiera en el área de cocina o administración después de que terminen sus deberes escolares.

Y lo tercero: se van a esforzar en mantener sus notas.

Sabemos que el nivel de educación es mayor en la nueva escuela, por ende tendrán que nivelarse, estudiar el doble y mantener su rendimiento.

Y no se van a volver a callar nada de lo que pase en la escuela.

Porque ante cualquier problema, está su madre...

y ahora estoy yo. No las voy a dejar solas.

Camila lo miró fijo, directo a esos ojos negros penetrantes, buscando la trampa que su desconfianza adolescente le advertía que debía existir.

—¿Qué sacas tú con todo esto? —desafió la niña de trece años, sosteniéndole la mirada al magnate.

Elena palideció ante el atrevimiento de su hija, pero Alessandro no se molestó. Al contrario, la valentía de la menor le provocó un respeto profundo.

—Lo que yo saco es que ustedes tengan un futuro —respondió Alessandro con total honestidad—.

Que el día de mañana, después de terminar sus estudios, tengan las capacidades para trabajar aquí si así lo deciden.

¿Qué saco yo? El ver a su madre tranquila.

Verla trabajar con seguridad, con tranquilidad, y que pueda darle un buen ejemplo de vida a esta pequeña que tengo en mis brazos.

Eso es lo que gano yo. Además, en ustedes veo potencial, ¿por qué no habría de darles la oportunidad de explotarlo?

Ustedes a lo mejor están pensando que esto es caridad.

Pues no lo es. Es apoyo. Como les dije, no es caridad...

porque lo van a pagar con el esfuerzo y el trabajo de su madre. Aquí nadie les está regalando nada.

Elena sintió que las lágrimas que había estado conteniendo toda la mañana finalmente rodaban por sus mejillas desmaquilladas.

Pero esta vez no eran lágrimas de desesperación, sino de un agradecimiento tan vasto que no le cabía en el pecho.

Ese hombre rudo y dominante acababa de salvar la dignidad de su familia convirtiendo la ayuda en un trato comercial de honor, permitiéndoles mantener la cabeza en alto a través del trabajo.