CAPÍTULO 15 Fantasmas del pasado y el peso del orgullo
Al regresar al automóvil, el chofer abrió la puerta trasera con rapidez.
Elena entró primero, acomodándose en el asiento con el corazón todavía acelerado por lo que acababa de presenciar en el pasillo del jardín infantil.
Romina, que ya estaba lista para recibir a la menor del hogar, se giró con los brazos extendidos para preguntar por ella.
Sin embargo, las palabras se le congelaron en la garganta al ver entrar a Alessandro.
El imponente hombre de traje gris se acomodó en el asiento cargando a la bebé, quien venía completamente fundida contra su pecho.
—Ven, pequeña, pásate conmigo —le dijo Romina con suave tono, intentando aliviar al empresario.
Isidora no solo ignoró el llamado de su hermana mayor, sino que hundió aún más su rostro en el cuello de Alessandro, rodeándole los hombros con sus bracitos.
—No. ¡Tapi! —decretó la pequeña con firmeza.
Romina y Camila se quedaron mudas, con la boca abierta y los ojos fijos en la escena. El silencio dentro del habitáculo de cuero se volvió sepulcral.
—¿Qué es "Tapi", Isidora? —preguntó Romina, parpadeando con incredulidad.
—¡Tapi! No tío... no papi... ¡Tapi! —repitió la bebé, dejando claro que ese era el nombre que ella misma había inventado para su protector.
Al escuchar a su pequeña hermana pronunciar sus primeras palabras consecutivas tras meses de un silencio absoluto y doloroso, Romina y Camila se abrazaron de inmediato en el asiento trasero.
Las lágrimas de emoción asomaron en sus ojos adolescentes; sabían perfectamente lo mucho que Elena había sufrido y gastado en médicos intentando que la niña hablara.
Ver que sus primeras expresiones salían del alma para dirigirse a este hombre rudo y desconocido las conmovió profundamente.
Alessandro, por su parte, sentía el pecho más que inflado.
Una satisfacción inmensa y un orgullo casi biológico le recorrieron el cuerpo al confirmar que la inocencia de esa niña lo había elegido a él como el pilar de seguridad que la casa tanto necesitaba.
El automóvil continuó su marcha hasta detenerse frente a las imponentes rejas del nuevo colegio de excelencia.
Al bajar, las niñas se encontraron con una infraestructura de primer nivel que parecía sacada de una película: salones digitales de última generación, laboratorios equipados con tecnología de punta y talleres diseñados científicamente para prepararlas para el mundo laboral y universitario.
Romina y Camila caminaban por los pasillos observándolo todo con un anhelo evidente en sus miradas, pero guardaban un silencio riguroso, omitiendo cualquier comentario que delatara su emoción.
Alessandro, que avanzaba firme sin soltar a Isidora ni un solo segundo, no les quitaba los ojos de encima.
Estaba estudiando quirúrgicamente cada una de sus reacciones para descifrar sus verdaderos gustos.
Notó de inmediato que Romina se demoraba mucho más tiempo contemplando las canchas deportivas de alto rendimiento y el salón de robótica y tecnología.
Camila, por su parte, demostrando una faceta más analítica y curiosa, se quedó ensimismada al recorrer la gigantesca biblioteca de dos pisos y las estaciones de computación avanzada.
Sin embargo, detrás de la fascinación de las dos jóvenes, había una sombra de tristeza.
En sus cabezas juveniles rondaba el mismo pensamiento amargo: "No encajamos aquí. No tenemos los medios para costear estos lujos, somos de una escuela de comunidad".
—¿Qué piensan, niñas? —preguntó Elena, rompiendo el silencio del recorrido con evidente nerviosismo.
Alessandro, siempre pendiente de la tensión en los hombros de Elena y del cansancio que ya arrastraba, intervino con voz autoritaria pero protectora:
—Elena, volvamos a la empresa y hablemos allá con calma. Las niñas deben tener hambre y ya es tarde para la leche de Isidora, ¿les parece, jovencitas?
—Sí, mamá —respondió Romina, intentando sonar madura—. Isidora ya debe tener hambre y sueño... Pero por nosotras no te preocupe, comimos algo rápido en la escuela antes de salir, no tenemos hambre.
Alessandro, que conocía perfectamente el informe socioeconómico de la casa y sabía que esa era una digna mentira para no generar un gasto extra, arqueó una ceja con severidad.
—Pero tu madre no ha probado bocado en todo el día —sentenció el halcón, clavando su mirada en las dos mayores—.
Así que les propongo lo siguiente: vamos a mi empresa y comemos algo todos juntos.
Si ustedes insisten en que no tienen hambre, se sientan a la mesa, dejan que su madre almuerce tranquila mientras preparamos la leche de Isidora y, después de que la bebé descanse, yo mismo las voy a dejar a su casa. ¿Estamos claros?
El tono posesivo y protector de Alessandro no dejaba espacio a las objeciones del orgullo. Elena miró a sus hijas y luego a "Tapi", sintiendo que la estructura rígida de su vida se estaba desmoronando ante la llegada de un hombre que se negaba rotundamente a dejarla sola en la tormenta.