CAPÍTULO 14 La primera palabra
El trayecto hacia el jardín infantil se convirtió en una aventura inolvidable para las adolescentes.
Romina y Camila jamás se habían subido a un automóvil de semejante envergadura.
Para ellas, todo en ese habitáculo era un descubrimiento: la suavidad del cuero de los asientos, las luces tenues del tablero y el silencio absoluto con el que el motor devoraba las calles.
Querían tocarlo todo, maravilladas por un mundo que hasta esa mañana les resultaba completamente ajeno.
Elena las observaba desde su asiento con una expresión cargada de ternura. Ver a sus hijas así de felices, con los ojos brillando de ilusión, le generaba un nudo de emoción en la garganta. Eran lujos que ella, ni en sus mejores sueños de costuras y colaciones, habría podido ofrecerles.
Mientras tanto, en el extremo opuesto del asiento, Alessandro mantenía la vista fija en las niñas, pero su mente ya volaba hacia el futuro.
"¿Qué reacción tendrán cuando vean mi casa?"
, se preguntaba en silencio, con una determinación posesiva que le recorría las venas.
"Dentro de muy poco, esa mansión será de ellas".
El halcón ya estaba planificando mentalmente la remodelación de su hogar: pensaba en cómo decorar las habitaciones de cada una de sus futuras hijas, adaptándolas a sus edades y gustos.
Estaba transformando su frío santuario en una casa familiar.
En su plan no existía ningún margen de error.
Esas mujeres serían sus mujeres; esas niñas, sus hijas; y Elena, su esposa. De eso estaba completamente seguro.
Al detenerse frente al jardín infantil, Elena bajó del vehículo escoltada por Alessandro. Entraron juntos al establecimiento y hablaron con la educadora de párvulos para autorizar el retiro anticipado de Isidora.
A los pocos minutos, la puerta del aula se abrió. Al ver a su madre, la pequeña de dos años soltó un grito de alegría.
—¡Mamá! —gritó con su media lengua, corriendo con sus pasos torpes hasta tirarse en sus brazos.
Elena la levantó, abrazándola con fuerza contra su pecho. Isidora, con la curiosidad innata de su edad, desvió de inmediato la mirada hacia el imponente hombre de traje gris que acompañaba a su madre. Clavó sus ojos inocentes en él y luego miró a Elena, buscando una respuesta.
—Él es un amigo, cariño. Se llama Alessandro —le explicó Elena con voz suave.
Alessandro dio un paso al frente, rompiendo su habitual distancia gélida. Una sonrisa mansa le iluminó el rostro al quedar frente a la pequeña.
—Hola, muñeca —le dijo con una ternura que jamás usaba con nadie—. Eres hermosa, igual que tu madre y tus hermanas. Pero tú lo eres más... Aunque no se lo digas a ellas, será nuestro secreto.
Al escuchar las palabras de aquel gigante bondadoso, Isidora soltó una risita cristalina y, de manera imprevista, estiró sus pequeños brazos hacia él, pidiendo que la cargara.
Elena reaccionó con timidez, abriendo la boca para negarse y evitar incomodar al dueño de la corporación, pero Alessandro fue más rápido.
Con una naturalidad pasmosa, tomó a la bebé entre sus brazos grandes y firmes, acomodándola contra su amplio pecho.
Isidora alzó sus manitas y tocó con timidez la mejilla de Alessandro, delineando la línea de su mandíbula. Luego, mirándolo fijamente a los ojos negros, balbuceó con esfuerzo:
—¡Tapi!
Alessandro parpadeó sorprendido, conmovido por la dulzura de la pequeña. La miró con fijeza y suavizó la voz por completo:
—Cariño, ¿qué es Tapi?
La pequeña frunció el ceño con terquedad, se apegó más al abrigo de Alessandro y repitió con total claridad, desafiando cualquier lógica:
—¡No tío! ¡No papi! ¡Tapi!
Elena se quedó sin aliento. Sintió que el mundo se detenía por completo; a los dos años, debido al trauma silencioso del abandono de su padre y al estrés que se respiraba en la casa, Isidora no emitía palabras.
El jardín infantil y los controles médicos lo habían registrado como un retraso severo en el lenguaje.
Y ahora, frente a este hombre que apenas conocía, acababa de pronunciar sus primeras expresiones del alma, inventando un nombre exclusivo para él.
—No puede ser... —logró articular Elena, con los ojos inyectados en lágrimas de emoción—. Ella... ella no hablaba nada, señor Valverde. Es la primera vez que dice algo así.
Alessandro, visiblemente conmovido en cada fibra de su cuerpo, acarició el cabello de la pequeña con sus dedos rudos.
—Entonces, "Tapi" será —sentenció él con una voz cargada de un afecto tan puro que desarmó la última resistencia de Elena—. Vamos donde tus hermanas, ¿te parece?
La pequeña Isidora se limitó a asentir con la cabeza.
Pero cuando Elena estiró los brazos para recibirla de vuelta y aliviarle la carga al empresario, la bebé se negó rotundamente.
Escondió el rostro en el cuello de Alessandro y se aferró a él con fuerza, dejando claro que de esos brazos protectores no se iba a mover.