CAPÍTULO 13 El reflejo en el espejo retrovisor
El trayecto en el asiento trasero del automóvil fue una marea silenciosa de emociones encontradas.
Elena sentía los nervios a flor de piel; la abrumadora cercanía de Alessandro hacía que sus manos temblaran levemente sobre su regazo.
Intentaba fijar la mirada en el paisaje lluvioso a través del vidrio, pero el perfume del hombre —una fragancia amaderada, sobria y profundamente masculina— invadía el espacio, envolviéndola en una inesperada sensación de relajo.
Cada vez que osaba mirarlo de reojo, se topaba con esos ojos negros y penetrantes que, lejos de intimidarla, le transmitían una paz que creía extinta.
Al verse descubierta, un rubor intenso le encendió las mejillas.
Alessandro no pasó por alto ese detalle.
Una sutil satisfacción le recorrió el pecho al confirmar que su presencia no le era indiferente a Elena.
Sin embargo, el halcón era consciente de que el camino por delante sería largo y complejo.
Las insecurities de ella eran una muralla gruesa, y su nula autoestima como mujer sería lo primero que derribaría una vez que ganara su confianza total.
Para sorpresa de sí mismo, Alessandro también estaba lidiando con sus propios nervios.
Su pierna derecha se movía con un golpeteo rítmico e imperceptible, delatando una ansiedad contenida: estaba a punto de conocer a sus futuras hijas.
¿Cómo reaccionarían esas niñas al ver entrar a un extraño en su hogar?
Al detenerse frente a la fachada de la casa, Romina y Camila venían doblando la esquina de regreso de la escuela.
Elena bajó del vehículo de inmediato y las llamó por sus nombres.
Las adolescentes se quedaron estáticas, asombradas al ver a su madre descender de un automóvil de semejante envergadura.
Una vez que las tres estuvieron reunidas junto a la reja, la imponente figura de Alessandro emergió del auto.
—Buenas tardes. Soy Alessandro, un amigo de su madre —se presentó, manteniendo un tono formal pero cálido.
Romina, la mayor, entornó los ojos con madurez.
Al cruzar mirada con él, percibió de inmediato una firmeza y una seguridad que le devolvieron una extraña tranquilidad; instintivamente supo que ese hombre no traía peligro.
Camila, por el contrario, se cruzó de brazos, midiendo al recién llegado con hostilidad adolescente.
—¿Desde cuándo mamá tiene amigos ricos? —soltó con ironía.
—¡Camila! —la reprimió Elena de inmediato, sintiendo que la vergüenza la consumía—. Esos no son los modales que yo te he enseñado.
Alessandro no se inmutó. Con la parsimonia de quien domina cualquier escenario, caminó hacia la joven de trece años, flexionó las rodillas hasta quedar exactamente a su altura y la clavó con su mirada gélida. Su voz, densa y protectora, sonó con la fuerza de un decreto:
—¿Y acaso tu madre tiene que darte explicaciones de su vida a ti? Tú sí debes dárselas a ella porque eres su hija, pero ella no tiene que rendirte cuentas. Ella es tu madre. Así que baja el tono de voz cuando le hables. ¿Estamos claros?
Camila parpadeó, intimidada por la autoridad inquebrantable de ese hombre.
Tragó saliva y se limitó a asentir con la cabeza.
Elena observó la escena conteniendo el aliento, atónita ante la facilidad con la que Alessandro había puesto límites; ni siquiera el padre de las niñas se había tomado jamás el tiempo de corregirlas con esa firmeza y templanza.
—Entremos —atinó a decir Elena, rompiendo la tensión—. Ahí conversamos mejor.
Al cruzar el umbral, el agudo sentido de observación de Alessandro analizó cada rincón.
La vivienda era humilde, desprovista de lujos, pero impecable, limpia y perfectamente ordenada.
Lo que más le impactó no fue la austeridad de las paredes, sino el aroma: aquella casa olía a hogar, a ropa limpia, a esfuerzo y a familia, no al vacío estéril de su propia mansión.
Los cuatro se sentaron en los sillones desgastados de la sala. Elena, con las manos entrelazadas, les explicó detalladamente a sus hijas los acontecimientos de la mañana, haciendo especial énfasis en la propuesta del nuevo colegio de excelencia.
—In primera instancia, yo me negué —confesó Elena, mirando a Romina—. No quiero que ustedes sufran rechazo o maltrato por nuestra situación. Pero Alessandro me hizo ver que esta es una decisión que también deben tomar ustedes.
Escuchar su propio nombre pronunciado por los labios de Elena con esa timidez y calidez le provocó a Alessandro un vuelco en el corazón, encendiendo una fibra que creía muerta en su interior. Tomó la palabra con serenidad:
—Por eso estoy aquí acompañando a su madre. Queremos buscarlas para ir a conocer las instalaciones del nuevo colegio. ¿Qué les parece?
Los ojos de las niñas se iluminaron. Ambas asintieron de inmediato, entusiasmadas con la idea de ver el lugar, y se levantaron a toda prisa para cambiarse los uniformes escolares.
Al quedarse solos en la sala, Elena se giró hacia Alessandro, acortando la distancia entre ambos.
Bajó la cabeza, con las mejillas encendidas por la pena.
—Señor Valverde, le pido una disculpa por el comportamiento de Camila —susurró con timidez—. Ella se ha vuelto muy reactiva desde la separación...
—No te preocupes por eso, Elena —la interrumpió él con suavidad, obligándola a mirarlo—. Es solo una niña defendiendo su territorio. Lo entiendo perfectamente.
En ese momento, las dos menores regresaron a la sala ya cambiadas de ropa.
Alessandro desvió la mirada hacia ellas y, de manera casi imperceptible, apretó el puño oculto detrás de su espalda.
Sus ojos quirúrgicos captaron el desgaste en los tejidos de sus prendas, los zapatos gastados y los pantalones descoloridos por el uso.
Una furia sorda le subió por el cuello ante la negligencia del exesposo.
"Esto no se va a quedar así", se juró a sí mismo con un voto de posesión absoluta.
"Nadie que lleve mi apellido volverá a vestir con escasez".
Romina, siempre con la mente fija en la estructura de la casa, miró el reloj de la pared con preocupación.
—Mamá... ¿y qué pasará con Isidora? —preguntó por la menor—. ¿Quién la va a recoger del jardín?
Alessandro se adelantó, colocándose el abrigo con elegancia y abriendo la puerta principal para el grupo.
—La recogeremos ahora mismo en el auto —sentenció el halcón, extendiendo la mano para guiar a Elena—. Iremos todos juntos por ella y de ahí nos dirigiremos directos al nuevo colegio. Movámonos.